4º Domingo de Adviento (ciclo C)
Lucas 1, 39-45

39En aquellos días, María se levantó y se dirigió apresuradamente a la serranía, a un pueblo de Judea. 40Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. 41Cuando Isabel oyó el saludo de María, la criatura dio un salto en su vientre; Isabel, llena de Espíritu Santo, 42exclamó con voz fuerte: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre. 43¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? 44Mira, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura dio un salto de gozo en mi vientre. 45¡Dichosa tú que creíste! Porque se cumplirá lo que el Señor te anunció.
Detenernos en tres «lugares» del asombro
Papa Francisco
El Evangelio de este domingo de Adviento subraya la figura de María. La vemos cuando, justo después de haber concebido en la fe al Hijo de Dios, afronta el largo viaje de Nazaret de Galilea a los montes de Judea, para ir a visitar y ayudar a su prima Isabel. El ángel Gabriel le había revelado que su pariente ya anciana, que no tenía hijos, estaba en el sexto mes de embarazo (cf. Lc 1, 26.36). Por eso, la Virgen, que lleva en sí un don y un misterio aún más grande, va a ver a Isabel y se queda tres meses con ella. En el encuentro entre las dos mujeres —imaginad: una anciana y la otra joven, es la joven, María, la que saluda primero: El Evangelio dice así: «Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel» (Lc 1, 40). Y, después de ese saludo, Isabel se siente envuelta de un gran asombro —¡no os olvidéis esta palabra: asombro. El asombro. Isabel se siente envuelta de un gran asombro que resuena en sus palabras: «¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?» (v. 43). Y se abrazan, se besan, felices estas dos mujeres: la anciana y la joven. Las dos embarazadas.
Para celebrar bien la Navidad, estamos llamados a detenernos en los «lugares» del asombro. Y, ¿cuáles son los lugares del asombro en la vida cotidiana? Son tres. El primer lugar es el otro, en quien reconocemos a un hermano, porque desde que sucedió el Nacimiento de Jesús, cada rostro lleva marcada la semejanza del Hijo de Dios. Sobre todo cuando es el rostro del pobre, porque como pobre Dios entró en el mundo y y dejó, ante todo, que los pobres se acercaran a Él.
Otro lugar del asombro —el segundo— en el que, si miramos con fe, sentimos asombro, es la historia. Muchas veces creemos verla por el lado justo, y sin embargo corremos el riesgo de leerla al revés. Sucede, por ejemplo, cuando ésta nos parece determinada por la economía de mercado, regulada por las finanzas y los negocios, dominada por los poderosos de turno. El Dios de la Navidad es, en cambio, un Dios que «cambia las cartas»: ¡Le gusta hacerlo! Como canta María en el Magnificat, es el Señor el que derriba a los poderosos del trono y ensalza a los humildes, colma de bienes a los hambrientos y a los ricos despide vacíos (cf. Lc 1, 52-53). Este es el segundo asombro, el asombro de la historia.
Un tercer lugar de asombro es la Iglesia: mirarla con el asombro de la fe significa no limitarse a considerarla solamente como institución religiosa que es, sino a sentirla como Madre que, aun entre manchas y arrugas —¡tenemos muchas!— deja ver las características de la Esposa amada y purificada por Cristo Señor. Una Iglesia que sabe reconocer los muchos signos de amor fiel que Dios continuamente le envía. Una Iglesia para la cual el Señor Jesús no será nunca una posesión que defender con celo: quienes hacen esto, se equivocan, sino Aquel que siempre viene a su encuentro y que ésta sabe esperar con confianza y alegría, dando voz a la esperanza del mundo. La Iglesia que llama al Señor: «Ven Señor Jesús». La Iglesia madre que siempre tiene las puertas abiertas, y los brazos abiertos para acoger a todos. Es más, la Iglesia madre que sale de las propias puertas para buscar, con sonrisa de madre a todos los alejados y llevarles a la misericordia de Dios. ¡Este es el asombro de la Navidad!
En Navidad Dios se nos dona todo donando a su Hijo, el Único, que es toda su alegría. Y sólo con el corazón de María, la humilde y pobre hija de Sión, convertida en Madre del Hijo del Altísimo, es posible exultar y alegrarse por el gran don de Dios y por su imprevisible sorpresa. Que Ella nos ayude a percibir el asombro —estos tres asombros: el otro, la historia y la Iglesia— por el nacimiento de Jesús, el don de los dones, el regalo inmerecido que nos trae la salvación. El encuentro con Jesús, nos hará también sentir a nosotros este gran asombro. Pero no podemos tener este asombro, no podemos encontrar a Jesús, si no lo encontramos en los demás, en la historia y en la Iglesia.
Angelus, 20.12.2015
Mujeres creyentes
José A. Pagola
Después de recibir la llamada de Dios, anunciándole que será madre del Mesías, María se pone en camino sola. Empieza para ella una vida nueva, al servicio de su Hijo Jesús. Marcha “deprisa”, con decisión. Siente necesidad de compartir con su prima Isabel su alegría y de ponerse cuanto antes a su servicio en los últimos meses de embarazo.
El encuentro de las dos madres es una escena insólita. No están presentes los varones. Solo dos mujeres sencillas, sin ningún título ni relevancia en la religión judía. María, que lleva consigo a todas partes a Jesús, e Isabel que, llena de espíritu profético, se atreve a bendecir a su prima en nombre de Dios.
María entra en casa de Zacarías, pero no se dirige a él. Va directamente a saludar a Isabel. Nada sabemos del contenido de su saludo. Solo que aquel saludo llena la casa de una alegría desbordante. Es la alegría que vive María desde que escuchó el saludo del Ángel: “Alégrate, llena de gracia”.
Isabel no puede contener su sorpresa y su alegría. En cuanto oye el saludo de María, siente los movimientos de la criatura que lleva en su seno, y los interpreta maternalmente como “saltos de alegría”. Enseguida, bendice a María “a voz en grito” diciendo: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre”.
En ningún momento llama a María por su nombre. La contempla totalmente identificada con su misión: es la madre de su Señor. La ve como una mujer creyente en la que se irán cumpliendo los designios de Dios: “Dichosa porque has creído”.
Lo que más le sorprende es la actuación de María. No ha venido a mostrar su dignidad de madre del Mesías. No está allí para ser servida sino para servir. Isabel no sale de su asombro. “¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?”.
Son bastantes las mujeres que no viven con paz en el interior de la Iglesia. En algunas crece el desafecto y el malestar. Sufren al ver que, a pesar de ser las primeras colaboradoras en muchos campos, apenas se cuenta con ellas para pensar, decidir e impulsar la marcha de la Iglesia. Esta situación nos esta haciendo daño a todos.
El peso de una historia multisecular, controlada y dominada por el varón, nos impide tomar conciencia del empobrecimiento que significa para la Iglesia prescindir de una presencia más eficaz de la mujer. Nosotros no las escuchamos, pero Dios puede suscitar mujeres creyentes, llenas de espíritu profético, que nos contagien alegría y den a la Iglesia un rostro más humano. Serán una bendición. Nos enseñarán a seguir a Jesús con más pasión y fidelidad.
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Saborear y anunciar la Navidad
Romeo Ballan, mccj
A las puertas de Navidad, la Palabra de Dios nos ofrece hoy tres claves de lectura para comprender, saborear y anunciar a otros el misterio que celebramos. Estas claves se llaman: María, la carne y la pequeñez.
1- Ante todo, María, que el evangelista Lucas nos presenta durante la Visitación a su parienta Isabel (Evangelio). En un clima de fe y de intensa alegría, se produce el encuentro entre dos mujeres que han llegado a ser madres gestantes por una especial intervención de Dios: Isabel en su ancianidad, María en su virginidad. Ambas están llenas del Espíritu Santo (v. 41; Lc 1,35), atentas para acoger las señales de su presencia, prontas a alabarlo y a darle gracias por sus obras grandes (v. 42-48). Estos elementos hacen de la Visitación un misterio de fe, alegría, servicio, anuncio misionero. María, apresurada en el viaje (v. 39), llevando en su vientre a Jesús, es imagen de la Iglesia misionera, que lleva al mundo el anuncio del Salvador.
“Dichosa tú, que has creído”, exclama Isabel (v. 45). Esta es la primera bienaventuranza que aparece en los Evangelios. Por la fe María ha concebido en su corazón al Hijo de Dios aun antes de engendrarlo en la carne. Ha creído, es decir, se ha fiado, se ha abandonado a Dios. Las palabras de María: “heme aquí, soy la sierva, hágase…” (v. 38) están en sintonía con el ‘Sí’ de Jesús, el cual, según el autor de la carta a los Hebreos (II lectura), al entrar en el mundo ha dicho: “aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad” (v. 7). Este es el único culto que agrada a Dios, el culto de los auténticos adoradores del Padre “en espíritu y verdad”, como el mismo Jesús lo revelará también a la mujer samaritana (Jn 4,23).
2- La carne es la segunda clave del misterio de la Navidad. Desde hace mucho tiempo -podemos decir desde siempre– Dios no se deleita con el perfume del incienso o con el humo de las carnes de animales inmolados en el templo, como repite la carta a los Hebreos (v. 6.8). Él quiere habitar en un templo de carne, en el corazón de las personas, ser el centro de cada pensamiento y de toda aspiración, la razón de cada elección y decisión, la raíz de toda alegría. Solamente llegando a este nivel, se puede hablar de una auténtica conversión del corazón, una conversión que va mucho más allá de unos gestos externos meramente rituales, de prácticas superficiales o de fórmulas abstractas repetidas de memoria.
Jesús es el verdadero adorador del Padre: desde el primer instante de su ingreso en el mundo, no le ofrece animales o incienso (v. 5-6), sino se presenta a sí mismo, en su cuerpo, como ofrenda de amor para santificar a todos (v. 10), sin excluir a nadie, porque Él “no se avergüenza de llamarles hermanos” (Heb 2,11). Los Padres de la Iglesia en los primeros siglos, con gran sentido teológico y antropológico, solían repetir: “Caro salutis est cardo” (la carne es la base de la salvación). Así ponían en evidencia que Dios ha querido manifestar concretamente su salvación, haciéndola pasar a través de la carne humana del Hijo de Dios, que es hijo de María.
3- Esta maravillosa obra de salvación se realiza en la pequeñez, por medio de signos pequeños y pobres, de personas y realidades humildes. Un ejemplo bíblico del día es Belén (I lectura), aldea chica, pero cuna de uno que “pastoreará con la fuerza del Señor”, dará tranquilidad y paz a su pueblo, “se mostrará grande hasta los confines de la tierra” (v. 3). Belén es un pueblecito insignificante, pero Dios lo escoge para que allí nazca el que es ‘la más Bella Noticia’ para todos los pueblos. En el origen de este acontecimiento está María; que exulta y canta, consciente de que Dios “ha puesto los ojos en la pequeñez de su esclava” (v. 48).
También hoy, Dios realiza sus grandes obras por medio de instrumentos pobres, gestos humildes, situaciones humanamente desesperadas. Y uno se pregunta: entonces, ¿quién se salva? Aquellos que, con corazón sincero y bien dispuesto, acogen el misterio de ese Niño, nacido en Belén hace más de 2000 años; aquellos que escuchan su mensaje, se convierten en constructores de paz, portadores de alegría, mensajeros de su misericordia, misioneros que lo anuncian. ¡Como María, como los pastores!
RICOS DE SU POBREZA
Fernando Armellini
“Respóndeme, porque soy pobre” (Sal 86,1), reza el salmista. Sorprende el argumento que usa con el fin de convencer a Dios para que intervenga en su favor: soy pobre.
Para obtener acceso a los palacios de los reyes, de los mandatarios de este mundo, se necesitan recomendaciones sólidas, títulos meritorios, credenciales de peso. Con Dios no es así: el único certificado necesario para ser recibido en audiencia es “ser pobre”.
Sus simpatías son para los pequeños, los indefensos, los abandonados. Él es “el Padre de huérfanos y protector de las viudas” (Sal 68,6); prefiere a quienes no cuentan, a los despreciables a los ojos de los hombres. “El Señor te ha elegido –dice Moisés a los israelitas– no por ser más numeroso que cualquier otro pueblo (son, en realidad, el más pequeño de todos los pueblos), sino porque el Señor te ama” (Dt 7,7-8).
“Los pensamientos del Señor no son como nuestros pensamientos y sus caminos no son nuestros caminos” (Is 55,8). Por esto son difíciles de entender. Gedeón, llamado a realizar una ardua misión, objeta asombrado: “¡Oh, Señor! ¿Cómo puedo yo librar a Israel? ¡Precisamente mi familia es la menor de Manasés, y yo soy el más pequeño de la casa de mi padre!” (Jue 6,15).
Las lecturas de hoy nos presentan una serie de situaciones y personajes insignificantes en los que Dios ha hecho maravillas. Son una invitación a reconocer –como hizo María– nuestra pobreza y a disponernos para recibir la obra de Salvación que el Señor viene a realizar.
Evangelio: Lucas 1,39-45
Si interpretamos este relato como parte de una crónica, la pregunta lógica sería: ¿Por qué lo escribió Lucas? Es de alabar, ciertamente, el gesto de María corriendo a felicitar a su primapor haber recibido de Dios el suspirado don de la maternidad. Pero el hecho en sí no deja de serun episodio marginal; no constituye un hito importante en la vida de Jesús y no es un punto de referencia para nuestra fe.
Una segunda observación: Algunos detalles de esta historia son, cuando menos, extraños. Una emoción fuerte –aseguran las madres– provoca sensaciones incluso en el feto y puedeestimular en éste algún movimiento; pero ¿cómo saber que ha sido un salto de alegría? Tampoco es fácil de explicar la prisa de María (v. 39) para ir a la casa Isabel, que está en el sexto mes de embarazo. Generalmente se dice que ella corrió en ayuda de su prima. Pero ésta es una explicación poco convincente: ¿Cómo puede una niña de trece años (ésta sería la edad aproximada de María) tratar de sustituir a las amigas y a los parientes experimentados y maduros que seguramente Isabel tendría en Ain Karim? En todo caso, no se entendería la indicación de Lucas: “María se quedó con ella tres meses y después de volvió a casa” (Lc 1,56)justamente en los momentos de parto, cuando su prima hubiera tenido mayor necesidad de suasistencia.
Una tercera y más importante observación: María e Isabel, en vez de conversar de manera sencilla, como sucede entre amigas y primas, intercambian palabras cuidadosamente elegidas de la Biblia, aluden a acontecimientos y personajes del Antiguo Testamento con una finura y competencia realmente impresionantes. Más que una simple charla entre mujeres del pueblo,parece que estamos ante un diálogo entre dos eruditos de la Biblia, y eruditos bien preparados.
Prestemos atención: el Evangelio no pretende suministrar información para satisfacer nuestra curiosidad sino que es un texto de catequesis. Su objetivo es alimentar la fe del discípulo que quiere comprender quién es ese Jesús al que estamos llamados a dar a nuestra adhesión. Para captar el mensaje es siempre necesario tener en cuenta el lenguaje utilizado en el momento en el que fue escrito y prestar mucha atención a las referencias, a veces explícitas, a veces un poco veladas, al Antiguo Testamento. Después de esta introducción vamos a tratar de entender lo que Lucas nos quiere enseñar en el pasaje de hoy.
Vamos a comenzar con la observación, aparentemente trivial y superflua, con la que se inicia el relato: apenas entrada en casa de Zacarías, María saludó a Isabel (v. 40). Si se hubiera tratado de un simple “¡buenos días!”, el evangelista no lo hubiera señalado. Si lo destaca, significa que, para él, este saludo es significativo y, de hecho, en el siguiente versículo lo repitede nuevo: cuando Isabel oyó el saludo, el Bautista saltó de gozo.
Los judíos de aquella época, como los de hoy, cuando se encuentran, se saludan con una sola palabra: Shalom-Paz. Paz significa el cúmulo de bienes que Dios ha prometido a su pueblo y que debe materializarse en la venida del Mesías: “En sus días –dice el salmista– florecerá la justicia y abundará la paz, hasta que se apague la Luna” (Sal 72,7). El Mesías es llamado por el profeta Isaías “Príncipe de Paz”(Is 9,5).
En labios de María, la palabra paz es una proclamación solemne: es el anuncio de que ha llegado al mundo el Mesías esperado y, con Él, el reinado de la paz del que hablaron los profetas.
Como María en las montañas de Judea, como los ángeles que cantaron en Belén “Paz en la tierra a los hombres que Dios ama” (Lc 2,14), hoy los discípulos de Cristo solo deben hablarpalabras de paz. “En cualquier casa en que entren –recomienda Jesús– digan primero: «Paz a esta casa»” (Lc 10,5).
El saludo de Isabel a María –¡Bendita tú entre las mujeres!– no es original. En el Antiguo Testamento hay dos mujeres que son saludadas de la misma forma: Yael (cf. Jue 5,24) y Judit (cf. Jdt 13,18). ¿Qué hicieron de extraordinario? Lograron nada menos que (¡algo inaudito para las mujeres!) destruir a los opresores de su pueblo. La Biblia no menciona estas historias para aprobar la guerra sino solo para mostrar con ejemplos comprensibles a la mentalidad de la época cómo Dios suele realizar hazañas maravillosas utilizando instrumentos frágiles e inadecuados.
Aplicando esta misma frase a María, Lucas dice que ella pertenece a la categoría de losinstrumentos débiles y pobres con quienes Dios suele llevar a cabo sus obras de Salvación. Através de María, Dios ha realizado el acontecimiento más importante de la historia: dar su Hijo a los hombres.
Isabel prosigue: “¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a mí?” (v. 43). Esta frase también está copiada del Antiguo Testamento. Fue pronunciada por David en una ocasión muy solemne, cuando era transportada a Jerusalén el Arca de la Alianza en la que se creía que el Señor estaba presente. Al recibirla, el rey exclamó: “¿Cómo puede venir a mí el arca del Señor?”(2 Sam 6,9).
También hay otros detalles significativos que sitúan la visita de María en paralelo con la historia del Arca de la Alianza: tanto María como el Arca permanecen tres meses en una casa de Judea. El Arca es recibida con danzas, gritos de alegría, canciones de fiesta, y es fuente de bendiciones para la familia que la recibe (cf. 2 Sam 6,10-11). Y María, entrando en casa de Zacarías, hace saltar de alegría al pequeño Juan (que representa a todo el pueblo del Antiguo Testamento jubiloso por la venida del Mesías).
Es evidente, por tanto, que Lucas tiene la intención de presentar a María como la nuevaArca de la Alianza. Desde que Dios ha elegido hacerse hombre, ya no habita en edificios de piedra, en un templo, en un lugar sagrado, sino en el vientre de una mujer. El hijo de María es el mismo Señor.
A dondequiera que llega María –la nueva Arca de la Alianza– hay una explosión de alegría:el Bautista exulta de felicidad (v. 41), Isabel grita su alegría al recibir la visita del Señor (v. 42), los pobres se alegran porque ha llegado el momento de su liberación (vv. 46-48).
Es la alegría que caracteriza a los tiempos mesiánicos. La experimentará también Zacaríasbendiciendo al Señor porque “ha visitado y redimido a su pueblo” (Lc 1,68). Será anunciada por el ángel a los pastores: “Les doy una Buena Noticia, una gran alegría para todo el pueblo” (Lc 2,10). Simeón se alegrará cuando tome en sus brazos al niño y contemple con sus ojos “la salvación preparada por Dios antes de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles” (Lc 2,29-32).
Acoger al Señor que viene no significa renunciar a la alegría sino abrir la puerta a la verdadera alegría.
María es proclamada ‘bienaventurada’ porque creyó lo que “el Señor te anunció” (v. 45). ¡Cuántas promesas ha hecho Dios por boca de sus profetas! Sin embargo, cuando éstas han demorado en realizarse, los hombres comenzaron a dudar de la fidelidad del Señor, pensaronque todo fue un malentendido o incluso un engaño. Comenzaron a poner su confianza en sus razonamientos, en sus proyectos, en sus opciones… Y, así, se encaminaron inexorablemente adesastres sistemáticos.
María, por el contrario, es bendita porque se ha fiado de Dios, ha cultivado la certeza de que, a pesar de todas las apariencias de lo contrario, la palabra del Señor se cumpliría.
Bienaventurada la que ha creído. Esta es la primera bienaventuranza que se anuncia en el evangelio de Lucas y –notemos– se formula en tercera persona (no: Tú eres bienaventurada…). Esto indica que la felicidad no está reservada a María sino que debe extenderse a todos los que confían en la Palabra del Señor. En el evangelio de Juan, esta misma bienaventuranza se encuentra al final. El Resucitado, dirigiéndose a Tomás, afirma: “Dichosos los que no vieron y creyeron” (Jn 20,29). La fe auténtica –la testimoniada por María– no necesita visiones, demostraciones, pruebas. Se basa en la escucha de la Palabra y se manifiesta en la adhesión incondicional a la misma.
No es fácil creer, especialmente cuando a uno se le pide ir en contra del “sentido común”. Se necesita mucho coraje para creer que se realizarán las promesas hechas por Dios a los constructores de paz, a los no violentos, a los que ponen la otra mejilla, a los que no se vengan, a los que dan su vida por amor. María muestra que vale la pena confiar siempre en la Palabradel Señor: “¡Dichosos más bien, los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen! (Lc 11,28).
El pasaje del evangelio termina con los primeros versos del himno de alabanza al Señor que Lucas ha puesto en labios de María. Ha sido ella la primera en darse cuenta de las maravillas realizadas por el Señor y en entonar un himno de alabanza.
Todo comienza a partir de la mirada que Dios le dirige, una mirada completamente diferente a la de los hombres. Éstos miran hacia quienes pueden enriquecerlos. Dios vuelve sus ojos a los que no cuentan para nada, a los despreciados, estériles, improductivos, a los que seencuentran en situaciones desesperadas. Judit oraba así: “Tú eres el Dios de los humildes, socorredor de los pequeños, protector de los débiles, defensor de los desanimados, salvador de los desesperados” (Jdt 9,11).
María ha comprendido que no es la perfección espiritual ni los méritos los que atraen la mirada de Dios sino la necesidad humana. Ella se sitúa así entre los pobres y se hace la portavoz de sus sentimientos de gratitud.