1º Domingo de Adviento (ciclo C)
Lucas 21, 25-28,34-36


Adviento

25 Habrá señales en el sol, la luna y las estrellas, y en la tierra las naciones paganas serán presa de angustia, en vilo por el estruendo del mar y el oleaje, 26 mientras los hombres quedarán sin aliento por la temerosa expectación de lo que se le viene encima al mundo, pues las potencias del cielo vacilarán.
27 Entonces verán llegar al Hijo del hombre en una nube con gran potencia y gloria (Dn 7,13-14).
28 Cuando empiece a suceder esto, poneos derechos y alzad la cabeza, porque está cerca vuestra liberación.
34 Andaos con cuidado, que no se os embote la mente con el vicio, la borrachera y las preocupaciones de la vida, y el día aquel se os eche encima de improviso; 35 porque caerá como un lazo sobre todos los que habitan la faz de la tierra.
36 Ahuyentad el sueño y pedid fuerza en cada momento para escapar de todo lo que va a venir y poder manteneros de pie ante el Hijo del hombre.

Una convicción indestructible sostiene desde sus inicios la fe de los seguidores de Jesús: alentada por Dios, la historia humana se encamina hacia su liberación definitiva. Las contradicciones insoportables del ser humano y los horrores que se cometen en todas las épocas no han de destruir nuestra esperanza.

Este mundo que nos sostiene no es definitivo. Un día la creación entera dará “signos” de que ha llegado a su final para dar paso a una vida nueva y liberada que ninguno de nosotros puede imaginar ni comprender.

Los evangelios recogen el recuerdo de una reflexión de Jesús sobre este final de los tiempos. Paradójicamente, su atención no se concentra en los “acontecimientos cósmicos” que se puedan producir en aquel momento. Su principal objetivo es proponer a sus seguidores un estilo de vivir con lucidez ante ese horizonte.

El final de la historia no es el caos, la destrucción de la vida, la muerte total. Lentamente, en medio de luces y tinieblas, escuchando las llamadas de nuestro corazón o desoyendo lo mejor que hay en nosotros, vamos caminando hacia el misterio último de la realidad que los creyentes llamamos “Dios”.

No hemos de vivir atrapados por el miedo o la ansiedad. El “último día” no es un día de ira y de venganza, sino de liberación. Lucas resume el pensamiento de Jesús con estas palabras admirables: “Levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación”. Solo entonces conoceremos de verdad cómo ama Dios al mundo.

Hemos de reavivar nuestra confianza, levantar el ánimo y despertar la esperanza. Un día los poderes financieros se hundirán. La insensatez de los poderosos se acabará. Las víctimas de tantas guerras, crímenes y genocidios conocerán la vida. Nuestros esfuerzos por un mundo más humano no se perderán para siempre.

Jesús se esfuerza por sacudir las conciencias de sus seguidores. “Tened cuidado: que no se os embote la mente”. No viváis como imbéciles. No os dejéis arrastrar por la frivolidad y los excesos. Mantened viva la indignación. “Estad siempre despiertos”. No os relajéis. Vivid con lucidez y responsabilidad. No os canséis. Mantened siempre la tensión.

¿Cómo estamos viviendo estos tiempos difíciles para casi todos, angustiosos para muchos, y crueles para quienes se hunden en la impotencia? ¿Estamos despiertos? ¿Vivimos dormidos? Desde las comunidades cristianas hemos de alentar la indignación y la esperanza. Y solo hay un camino: estar junto a los que se están quedando sin nada, hundidos en la desesperanza, la rabia y la humillación.

SIN MATAR LA ESPERANZA

Jesús fue un creador incansable de esperanza. Toda su existencia consistió en contagiar a los demás la esperanza que él mismo vivía desde lo más hondo de su ser. Hoy escuchamos su grito de alerta: «Levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación. Pero tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y la preocupación del dinero».

Las palabras de Jesús no han perdido actualidad, pues también hoy seguimos matando la esperanza y estropeando la vida de muchas maneras. No pensemos en los que, al margen de toda fe, viven según aquello de «comamos y bebamos, que mañana moriremos», sino en quienes, llamándonos cristianos, podemos caer en una actitud no muy diferente: «Comamos y bebamos, que mañana vendrá el Mesías».

Cuando en una sociedad se tiene como objetivo casi único de la vida la satisfacción ciega de las apetencias y se encierra cada uno en su propio disfrute, allí muere la esperanza.

Los satisfechos no buscan nada realmente nuevo. No trabajan fondo nos va bastante bien. Desde esta perspectiva, oír hablar de que un día todo puede desaparecer «suena» a «visiones apocalípticas» nacidas del desvarío de mentes tenebrosas.

Muchas veces había pensado en la importancia que tiene el contexto socio-político en nuestra manera de leer el Evangelio, pero sólo tomé conciencia viva de ello cuando estuve viviendo una temporada un poco más larga en Ruanda.

Todavía recuerdo bien la sensación que tuve al leer el texto evangélico de este primer domingo de Adviento. No es lo mismo escuchar este discurso apocalíptico desde el bienestar de Europa o desde la miseria y el sufrimiento de África.

Todo cambia cuando el mismo Evangelio es leído desde el sufrimiento del Tercer Mundo. Cuando la miseria es ya insoportable y el momento presente es vivido solo como sufrimiento destructor, es fácil sentir exactamente lo contrario. «Gracias a Dios esto no durará para siempre».

Los últimos de la Tierra son quienes mejor pueden comprender el mensaje de Jesús: «Dichosos los que lloran, porque de ellos es el reino de Dios». Estos hombres y mujeres, cuya existencia es hambre y miseria, están esperando algo nuevo y diferente que responda a sus anhelos más hondos de vida y de paz.

Un día «el sol, la luna y las estrellas temblarán», es decir, todo aquello en que creíamos poder confiar para siempre se hundirá. Nuestras ideas de poder, seguridad y progreso se tambalearán. Todo aquello que no conduce al ser humano a la verdad, la justicia y la fraternidad se derrumbará, y «en la tierra habrá angustia de las gentes».

Pero el mensaje de Jesús no es de desesperanza para nadie: Aun entonces, en el momento de la verdad última, no desesperéis, estad despiertos, «manteneos en pie», poned vuestra confianza en Dios. Viendo de cerca el sufrimiento cruel de aquellas gentes de África me sorprendí a mí mismo sintiendo algo que puede parecer extraño en un cristiano. No es propiamente una oración a Dios. Es un deseo ardiente y una invocación ante el misterio del dolor humano. Es esto lo que me salía de dentro: «¡Por favor, que haya Dios!».

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El Adviento coincide con el final del otoño y el comienzo del invierno. En este tiempo la naturaleza se sumerge en un letargo de descanso y de silencio. Quizá, también a nosotros nos vendría bien despojarnos de todo lo superficial, lo que ya ha cumplido su función y está seco, creencias caducas, dudas que nos bloquean, dogmas encorsetados, protagonismos, egos, miedos, vanidades… Mas, en nuestro interior, en la tierra oscura y cálida, habita y se gesta un nuevo germen de vida que brotará cuando sea llegado el tiempo… Tiempo de descubrir que nuestra vida pende de unas promesas de libertad, de justicia, de fraternidad todavía sin cumplir; tiempo de cuidar eso que llevamos dentro y a veces olvidamos, ese embarazo de lo divino en mí y que he de dar a luz…; tiempo para vivir en profundidad el rítmico latir de cada momento, sin prisas, sin ruidos; darnos cuenta de que lo más sencillo e insignificante es lo que va haciendo grande nuestra existencia, es la savia que, aun dormida, sigue nutriéndonos.

De la mano de los grandes profetas y, ante todo, de Jesús, nos ponemos en camino para dar a luz una humanidad transida del Espíritu de Dios y reconciliada con la nueva tierra transformada. El Dios del Adviento nos empuja siempre hacia algo que se acerca, hacia lo por venir. Es una promesa de presencia. Anuncio de una realidad que no está aún ahí, al alcance de la mano. Por eso saca al ser humano de su ahora hacia el futuro al que le vincula. El pueblo de Israel comprendió, como ningún otro, el sentido de la itinerancia, de la emigración, de la historia. Vivió de cara a lo porvenir como sentido último de su propio devenir.

Por eso, los acontecimientos de nuestra historia de pueblo de Dios tienen siempre ese carácter de provisionalidad. Son estaciones de un itinerario, de un proceso, grávidas de un encargo o tarea de futuro. Así, hasta que se produzca la venida definitiva, el adviento pleno, la parusía.

El hecho de oír el anuncio de nuestra liberación (“levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación”), suscita un poderoso sentimiento de esperanza. Nuestra generación, nuestro momento histórico, vive transido de una expectación de futuro, un futuro liberador. Sin olvidar lo que el Apocalipsis nos desvela: no se trata de un dualismo en el que lo porvenir, el cielo, se impone sobre la tierra, sino que la Nueva Jerusalén ya existe (Ap 21,2-4). No sería tanto el argumento recibido del “ya pero todavía no” cuanto el “ya aquí a pesar de nosotros”; es el llamamiento a la participación de lo que era, está siendo y será. Precisamente la tarea profética del pueblo de Dios consiste en encender la llama de la esperanza, esa llama frágil que cualquier soplo, en cualquier instante, puede apagar. Si pensamos en la interminable historia de genocidios ocurridos sobre la tierra, sentimos que es un milagro o una utopía mantener una esperanza de futuro.

Se nos invita, pues, a aceptar lo que Dios siembra en silencio, acoger lo que viene de Dios, lo que trae la vida, lo agradable y lo que no lo es tanto; tomar una decisión, afrontar un cambio, arriesgarse, confiar en Él, que sigue trabajando en lo escondido de tu tierra fecunda.

En la primera lectura (Jer 33,14-16) leemos que el anhelado descendiente de David está viniendo y revelando a Dios en su verdadero rostro de Señor-nuestra-justicia. En la carta de Pablo (1Tes 3,12-4,2) la esperanza se confunde prácticamente con el amor, entendido en su dimensión universal, más allá de toda frontera, de toda discriminación y de cualquier condicionamiento. Algo que la Iglesia católica debería tener en cuenta en la consulta sobre el Sínodo de la Sinodalidad para que se haga realidad el “caminar juntos” que todos/as anhelamos y aún no se nos reconoce. Y, añade Pablo, “el Señor os fortalecerá internamente, para cuando Jesús vuelva”.

El evangelio (Lc 21,25-28) proclama con alegría, “Se acerca vuestra liberación”. La esperanza cristiana sobrevuela por encima de todas las tragedias humanas y todos los dramas personales. Se nos invita a interpretar los períodos más oscuros de la historia como signos de liberación. No para olvidarlos, sino para buscar la manera concreta de insertarse en el más eficaz y honesto proceso de liberación humana. Ni victimismos, ni derrotismos, ni pasotismos.

Enfocar el Adviento como tiempo de acoger lo bueno que Dios deja en cada uno/a, agradeciéndolo, creando un espacio de acogida y aceptación, de amor, para que así se produzca el milagro del alumbramiento. Darnos cuenta de los sencillos regalos cotidianos: tu capacidad de ver la belleza a tu alrededor, el encuentro con los vecinos, con los amigos, con la familia, el café de la sobremesa; valorar los alimentos provenientes de la tierra, del mar, en definitiva, del Creador; el acompañamiento en la sala de un hospital, ante la pérdida de un ser querido o en el módulo de la cárcel; el silencio ante lo que nos resulta insoportable y desolador; el trabajo bien hecho, el estudio para seguir avanzando en humanidad.

Adviento, tiempo de oración para ser conscientes de los regalos que Abbá Dios nos deja en el corazón y cada día le agradecemos. ¡Shalom!

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Bajar los brazos, ceder ante el poder abrumador del pecado que impera en el mundo y en nosotros es una tentación peligrosa.

Son profetas de mal agüero los que repiten: “No vale la pena comprometerse; nada va a cambiar”; “no hay nada que hacer; el mal es demasiado fuerte”; “el hambre, las guerras, la injusticia, el odio siempre existirán”.

No hay que escuchar a estos agoreros. Los que, como Pablo, han asimilado la mente de Cristo (cf. 1 Cor 2,16), ven la realidad con otros ojos; ven el mundo nuevo que está emergiendo y con optimismo anuncian a todos: “Ya está brotando. ¿No lo notan?” (Is 43,19).

En nuestra vida personal descubrimos fracasos, miserias, debilidades, infidelidad. No podemos desprendernos de defectos y malos hábitos. Las pasiones ingobernables nos dominan; nos vemos obligados a adaptarnos a una vida de compromisos dolorosos e hipocresías humillantes. Los miedos, decepciones, lamentaciones, experiencias infelices nos quitan la sonrisa. ¿Será posible recuperar la confianza en nosotros mismos y en los demás? ¿Podrá alguien darnos serenidad, confianza y paz?

No hay ninguna situación de esclavitud de la que el Señor no pueda librarnos; no hay abismo de culpabilidad del que no nos pueda sacar. Él solo espera que tomemos conciencia de nuestra condición y recordemos las palabras del salmista: “Desde lo hondo a ti grito, Señor”.

Evangelio

Ante las expresiones dramáticas y muy explícitas con que comienza el evangelio de hoy, se podría pensar que Jesús está anticipando alguna información sobre lo que sucederá en el fin del mundo.

Así es como el texto se ha interpretado con frecuencia, no solamente por fanáticos desectas fundamentalistas sino también por algún predicador en nuestras iglesias, sobre todo en tiempos no muy remotos.

La secuencia de los acontecimientos descritos es escalofriante: señales en el Sol, la Luna y las estrellas, el cataclismo de las potencias celestes y, en la Tierra, el rugido aterrador del mar zarandeado por una terrible tempestad.

Parece el preludio perfecto a la escena de los ángeles que, con sus trompetas, vienen a despertar a los muertos para que vean aparecer en las nubes del cielo a Cristo juez; un Juez severo (difícil imaginarlo de otra manera sabiendo cómo ha sido la historia de la humanidad, al menos hasta ahora) que llega para pronunciar un veredicto inapelable.

El anuncio amenazador del fin del mundo preocupa hoy día cada vez menos; algunos quizás se sientan psicológicamente turbados, mientras que hace sonreír a quienes, justamente,debería conmover, inducir a reflexionar y hacer entrar en razón.

Si el objetivo de Jesús hubiera sido provocar miedo no habría logrado su objetivo, pero no es ésta su intención sino justamente lo contrario: liberar del miedo, suscitar alegría, infundir esperanza. Es decir, no está amenazando con cataclismos sino que anuncia un acontecimiento feliz. Intentemos comprender el significado de este difícil pasaje, difícil porque usa un lenguaje que no es ya el nuestro.

Para describir un gran cambio, una trasformación radical del mundo, una intervención resolutiva de Dios, la Biblia suele recurrir a imágenes impresionantes –las llamadas imágenes apocalípticas– muy usadas por los predicadores y escritores del tiempo de Jesús. Notemos, ante todo, que los elementos mencionados (el Sol, la Luna, las estrellas, las potencias del cielo, el mar) son los mismos que aparecen en el relato de la Creación.

El libro del Génesis comienza con las palabras: “La tierra no tenía forma: las tinieblas cubrían el abismo” (Gén 1,2). Ninguna luz, ninguna forma de vida, todo era desorden y oscuridad hasta que Dios interviene con su Palabra. Después, aparecen el Sol y la Luna para señalar regularmente el ritmo de los días, de las noches y de las estaciones.

El mar –imaginado por los antiguos como un monstruo mítico– invadía la tierra, pero Dios “cerró el mar con puertas y cerrojos…y dijo: «hasta aquí llegarás y no pasarás; aquí acabará la arrogancia de tus olas»” (Job 38,8-11). Así fue el paso del caos al cosmos y así la tierra se convirtió en habitable para los seres humanos, animales y plantas.

En nuestro texto se anuncia un movimiento opuesto: se describe un retorno al caos primordial. Se dice que las fuerzas que mantienen el orden en el universo se desintegran; que vuelve la situación confusa, informe y oscura que existía antes de la Creación.

Las imágenes apocalípticas usadas por Jesús no se refieren a explosiones de astros, acolisiones catastróficas de estrellas y planetas, sino que están apuntando a lo que está sucediendo hoy a nuestro mundo, en el que cada vez resulta más difícil vivir. Estamos rodeados por abusos e injusticias; hay odio, violencia, guerras… Mucha gente vive en condiciones infrahumanas. La naturaleza misma está siendo destruida por la sobreexplotación de los recursos e, incluso, se está alterando el ritmo de los tiempos y las estaciones. Surgen por doquier preguntas angustiadas: ¿Qué pasará? ¿En qué terminará todo esto?

Este es el miedo. Frente al mal que nos supera sin que sepamos controlarlo, solo hay cabida para el pánico y la angustia. “Los hombres desfallecerán de miedo aguardando lo que le va a suceder al mundo; porque hasta las fuerzas del universo se tambalearán”, dice el evangelio de hoy (v. 26).

Es el terror que sienten los hombres ante desastres que ellos mismos han provocado con rechazo de toda ley ética, con el desprecio de los valores más sagrados, con la pérdida de toda referencia moral.

¿Está por lo tanto la historia de la humanidad encaminada hacia una catástrofe inevitable?

No, asegura Jesús (y este es el mensaje central de la lectura). Todo lo contrario. La humanidad se encamina hacia una nueva Creación. Donde surgen signos del desorden causadopor el pecado, allí hay que esperar al Hijo del Hombre con gran poder y gloria. Su fuerza hará nacer un mundo nuevo a partir del caos (v. 27).

El peligro contra el que Jesús quiere ponernos en guardia es el miedo y el desaliento ante el problema del mal. Él nos invita a abrir el corazón a la esperanza: el mundo dominado por la injusticia, la maldad, el egoísmo, la arrogancia ha llegado a su fin y ya está amaneciendo un mundo nuevo.

¿Qué hacer durante la espera? (v. 28). Aunque el caos todavía existente nos aterrorice, el discípulo no se desalienta. No se doblega como los otros por la angustia (estaban “aturdidos por el miedo”). Se levanta y alza la frente. No espera intervenciones milagrosas de Dios; no se atormenta con la vana esperanza de que todo cambiará de repente por prodigios ordenados desde el cielo. El nuevo mundo puede nacer de cualquier situación de caos; es suficiente dejarhacer a la palabra de Dios, como sucedió al principio de la Creación.

¡Vemos a tantas personas que caminan ‘encorvadas’, oprimidas por el dolor y la desventura, entumecidas por el miedo! No tienen fuerza para levantar la cabeza porque perdieron toda esperanza: la mujer abandonada por su marido, los padres decepcionados por la conducta de los hijos, el profesional arruinado por la envidia de sus colegas, los hombres víctimas del odio y la violencia, las personas que viven a merced de sus instintos….

El evangelio de hoy invita a todos a levantar la cabeza. No existe caos del que Dios no pueda extraer un mundo nuevo y maravilloso. Y este mundo nace en el preciso instante en que permitimos a Dios realizar su Adviento en nuestras vidas.

Frente a las fuerzas del mal, que parecen siempre llevar las de ganar, existe el peligro de lafuga, además del desaliento, la búsqueda de paliativos, de soluciones falsas (vv. 34-35).

Lucas –que tal vez piensa en el comportamiento de algunos cristianos de su comunidad–hace una lista muy cruda. Apunta, sobre todo, al desenfreno y a una vida de vicios. Son el símbolo de todos los libertinajes, de todas las evasiones y disipaciones con que tratamos de anestesiar decepciones y fracasos. Estos escapes son ‘una trampa’ (v. 35) en la que muchoscaen y permanecen atrapados, sin poder salir al encuentro del Señor que viene.

¿Cómo mantenerse despiertos, alertas, preparados para captar el momento y el lugar en que el Señor viene? Es fácil confundirse, engañarse, esperarlo allí por donde no pasará y, en cambio, cerrarle el camino por el que desea entrar (el de nuestros malos hábitos, el de nuestro apego a los bienes de este mundo, el de nuestros proyectos de grandeza…).

Solo hay una manera de mantenerse vigilantes: orar (v. 36). La oración –dice Jesús– tendrá dos efectos: nos dará la fuerza para “escapar de lo que va a suceder” –es decir, nos hará ver con los ojos de Dios todos los acontecimientos e impedirá que seamos víctimas del miedo–. Y nada nos espantará porque sabremos captar en cada evento –feliz, triste o incluso trágico– al Señor que viene para hacernos crecer, madurar y acercarnos a Él.

La oración también nos permitirá permanecer de pie, es decir, esperar al Hijo del Hombre sin temor. Nos hará estar preparados para darle la bienvenida e irnos con Él hacia los espacios de libertad a donde nos quiere llevar. Es la oración la que libera de la mentalidad corrupta de este mundo, la que nos hace saborear y disfrutar del inminente juicio de Dios sobre la historia.

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Comenzamos hoy el tiempo de Adviento, que significa llegada, espera, encuentro. La buena noticia de Jesús viene a iluminar tres situaciones de la existencia humana y cristiana: la realidad en la cual vivimos, la respuesta de la fe, el camino del cristiano. El Adviento litúrgico nos ayuda a iluminar y vivir el adviento existencial de las esperas personales, entre los gozos y ansiedades diarias, en las relaciones interpersonales.

1. El evangelista Lucas -que será nuestro compañero de viaje en el nuevo ciclo litúrgico- presenta con tono fuerte (Evangelio) la situación real de la humanidad “oprimida por muchos males” (oración colecta): habla de angustia, estruendo, muerte, terror, ansiedad, sacudidas… (v. 25-26). Estos males no se refieren directamente al fin del mundo, sino a la situación actual de la humanidad, con todas sus cargas negativas (múltiples atentados, homicidios, corrupciones, violencias de todo tipo… que siembran muertes, miedos, angustias). La raíz de estos males es el pecado, que contamina todas las relaciones humanas: las relaciones con Dios, consigo mismo, con los demás, con el cosmos. Sumergidos en varias formas de negatividad, algunos dicen que no creen en nada y, sin embargo, luego tienen miedo de todo. El Adviento nos invita a la esperanza: en el derrumbe de los astros podemos leer la caída de los sistemas humanos de poder, de opresión económica, ideologías, sistemas cerrados que impiden libertad, encuentro, alteridad.

2. La humanidad, sumergida en el mal y en el pecado, es incapaz de salvarse por sí sola. Necesita un Salvador que venga de afuera: Jesús, Hijo de Dios e Hijo del hombre, es el Salvador que viene. Tiene el poder de Dios para debelar cualquier mal del mundo (v. 27). En efecto, no existe ningún mal, caos o situación negativa que sean más fuertes que Él. Esta es la buena noticia: la liberación del mal es posible, está cerca. Basta con mirar hacia Cristo con confianza: “Cobren ánimo y levanten la cabeza” (v. 28). El Señor que viene tiene la lozanía del brote que despunta (I lectura), de la vida que se renueva, de un mundo nuevo. La venida del Señor es siempre buena noticia; Él tiene solamente “palabras buenas” (v. 14) para nuestra existencia: compromisos diarios, afectos, relaciones interpersonales.

3. Este sueño de Dios es posible con una condición: hay que hacer un camino en la vigilancia y en la oración, para que el corazón no se haga pesado por el libertinaje y por las preocupaciones de la vida (v. 34.36); para vivir agradando a Dios (II lectura); para “progresar y sobreabundar en el amor de unos con otros y en el amor para con todos” (v. 12). Los textos litúrgicos de hoy contienen una persistente invitación a la vigilancia, a la oración y a la esperanza, que son actitudes características del tiempo de Adviento. La espera del Señor que salva no acabará en una desilusión, quedará satisfecha. “La vida de cada uno es una espera. El presente no basta para nadie. En un primer momento parece que nos falte algo. Más tarde nos damos cuenta de que nos falta Alguien: y lo esperamos” (don Primo Mazzolari). Su venida -la de cada día y, en especial, la de Navidad- es siempre una sorpresa grata, cierta, gozosa.

La liturgia nos invita a vivir la espera del Señor Jesús, haciéndonos revivir eficazmente su primera venida en la Navidad. Esta es, en realidad, la fuerza especial de los sacramentos de la Iglesia, que hacen presentes hoy los misterios cristianos que tuvieron lugar en el pasado. De este modo, la historia se recupera plenamente y se convierte en historia de salvación en el hoy de cada cristiano. Para ello es necesario que la espera se convierta en atención al Señor que viene, es decir, preparación paciente de un corazón disponible y purificado, sensible a las necesidades de los demás, pronto a compartir con otros la propia experiencia de Jesús Salvador.

Nosotros los cristianos, que ya creemos en Cristo, sabemos quién es el Salvador que viene, mientras que los no cristianos –que son todavía la mayor parte de la humanidad (dos terceras partes)– esperan aún el primer anuncio de Cristo Salvador. Por esta razón, el Adviento es un tiempo litúrgico muy propicio para fortalecer en los cristianos la gratitud a Dios por el don de la fe y acrecentar en ellos la conciencia de la responsabilidad misionera. Ya el Papa Pío XII exhortaba a la oración y al compromiso misionero, de manera especial durante el Adviento, que es el tiempo de la espera de la humanidad.