P. Manuel João, Comboniano
Reflexión dominical
de la boca de mi ballena, ela
Nuestra cruz es el púlpito de la Palabra

Llevamos ya tres días en Jerusalén. El domingo pasado recorrimos el último tramo del camino, subiendo desde Jericó en compañía de los Doce y de la multitud de peregrinos. Entre ellos estaba también Bartimeo, el ciego de Jericó a quien Jesús había sanado, símbolo de todos nosotros.

El Señor pasa los últimos días de su vida entre el Templo y Betania, una aldea en las afueras de la ciudad. Durante el día, permanece en el Templo, donde enseña al pueblo, que lo escucha con gusto (11,18). Por la noche, se retira con los suyos a Betania, huésped de amigos.

Estamos en el tercer día de su estancia en la ciudad santa, la meta final de su ministerio. Este día es particularmente intenso y comienza con una señal: la higuera seca desde las raíces (11,20-26), símbolo de una vida estéril y del poder de la oración. En el Templo, Jesús se enfrenta a los líderes religiosos, que cuestionan su autoridad para enseñar en ese lugar (11,27-33). A ellos, Jesús les cuenta la parábola de los viñadores asesinos (12,1-12). El destino de Jesús ya está sellado: las autoridades han decidido eliminarlo y solo buscan la ocasión y un pretexto. A continuación, sigue una serie de trampas por su parte para ponerlo en apuros: primero sobre el tributo al César (12,13-17) y luego sobre la resurrección de los muertos (12,18-27). Este es el contexto del pasaje evangélico de hoy.

1. Perdidos en el laberinto de las leyes

Entonces se le acercó uno de los escribas que los había oído discutir y, viendo cómo les había respondido, le preguntó: ‘¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?’”

Según Mateo y Lucas, este doctor de la Ley también quería poner a prueba a Jesús (Mateo 22,35; Lucas 10,25). ¿Cuál era, en este caso, la trampa? Para la mentalidad común de la época, el gran mandamiento era el tercero del decálogo: la observancia del sábado, ya que el mismo Dios lo había observado después del “trabajo” de la creación (Génesis 2,2). Los adversarios esperaban que Jesús respondiera de esta manera, para luego acusarlo: “Entonces, ¿por qué tú y tus discípulos no respetáis el sábado?”.

Para el evangelista Marcos, sin embargo, la pregunta del escriba era sincera y pertinente. Con la intención de regular toda la vida según la ley de Dios, los rabinos habían identificado 613 preceptos en la Torá (Pentateuco), además de los diez mandamientos: 365 negativos (prohibiciones, correspondientes a los días del año solar) y 248 positivos (prescripciones, correspondientes a los órganos del cuerpo humano, según la creencia de la época). ¡Un auténtico laberinto! En una maraña de leyes así, se sentía la necesidad de discernir lo que era realmente esencial.

2. ¡El amor es la ley!

Jesús respondió: ‘El primero es: “Escucha, Israel! El Señor nuestro Dios es el único Señor; amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas.’”

Jesús no cita ninguno de los diez mandamientos, sino que se eleva del plano legalista al nivel del amor. Rememora la profesión de fe del “Shemá Israel”, “Escucha, Israel” (Deuteronomio 6,4-5, ver primera lectura), la oración que todo judío recita tres veces al día (por la mañana, por la noche y antes de dormir).

El segundo es este: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. No hay otro mandamiento más grande que estos.”

Al “primer” mandamiento, Jesús añade un “segundo” tomado de Levítico 19,18. Esta combinación de textos de la Torá es original y propia de Jesús.

¿Cuál es la relación entre los dos mandamientos? San Agustín comenta: “El amor a Dios es el primero que se manda; el amor al prójimo es el primero, sin embargo, en practicarse”. En el Nuevo Testamento esta síntesis de la ley en dos mandamientos no se menciona en otro lugar y parece inclinarse hacia el amor al prójimo: “Esto os mando: que os améis unos a otros” (Jn 15,17). Para san Pablo, “toda la ley se halla cumplida en un solo precepto: amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Gál 5,14) y “la plena realización de la ley es el amor” (Rom 13,10). El amor al hermano es el espejo y la prueba del amor de Dios. Quien dice amar a Dios y no ama a su hermano es un mentiroso (1 Jn 4,20-21). Los “dos amores” son, en realidad, inseparables.

3. “¡Amarás!”: darle un corazón a la ley

En ambos textos citados por Jesús, la palabra clave es el imperativo “¡Amarás!”. El amor se convierte así en la clave de la Ley. Los dioses paganos deseaban adoradores sumisos, esclavos; el Dios de Jesucristo, en cambio, quiere hijos libres, capaces de amar. El verbo “amar” (ahav en hebreo) aparece en el Antiguo Testamento 248 veces (Fernando Armellini). Es como una cifra simbólica, ya que corresponde al número de preceptos positivos (cosas por hacer), según la tradición rabínica. Podríamos decir que la única cosa que hacer siempre (¡365 días al año!) es amar.

La Torá, emanada del corazón de Dios, había perdido su espíritu original y, en lugar de servir al hombre, se había transformado en un peso gravoso. Jesús vino para devolver al corazón todo lo humano. Ahora, en el corazón de la Ley, ¡podemos redescubrir Su Corazón!

P. Manuel João Pereira Correia, mccj