P. Manuel João, Comboniano
Reflexión dominical
de la boca de mi ballena, ela
Nuestra cruz es el púlpito de la Palabra

La curación del ciego de Jericó es el último milagro narrado en el Evangelio de Marcos. Este relato sigue los tres anuncios de Jesús sobre su pasión, muerte y resurrección, acompañados por las catequesis dirigidas a los discípulos, que constituyen la columna vertebral de la parte central del Evangelio de Marcos.

Nos encontramos en Jericó, la última etapa para los peregrinos galileos que recorrían el camino a lo largo del Jordán, dirigidos hacia Jerusalén para la Pascua. La distancia entre Jericó y Jerusalén es de unos 27 kilómetros. El recorrido atraviesa un territorio desértico y montañoso, con un desnivel significativo: Jericó se encuentra a unos 258 metros bajo el nivel del mar, mientras que Jerusalén está situada a unos 750 metros sobre el nivel del mar. El camino, por lo tanto, es cuesta arriba y bastante fatigoso, un detalle relevante en el contexto del viaje de Jesús hacia Jerusalén, como lo describe Marcos.

El evangelista presta especial atención a la figura de Bartimeo, hijo de Timeu, probablemente una persona conocida en la comunidad primitiva. Además de mencionar el nombre de su padre, el evangelista describe cuidadosamente sus acciones: “Arrojó su manto, se levantó de un salto y fue hacia Jesús.” El manto, considerado la única posesión del pobre, también representaba la identidad de la persona. Por lo tanto, “arrojar el manto” simboliza despojarse de sí mismo. San Pablo, en la Carta a los Efesios (4,22), habla de “despojarse del hombre viejo”. Bartimeo es el único caso en el que se dice que la persona curada sigue a Jesús en el camino. Los Padres del Desierto veían en esto una alusión a la liturgia bautismal: antes de ser bautizado, el catecúmeno se despojaba de la vestidura, descendía desnudo a la piscina bautismal y, al ascender, era vestido con una túnica blanca.

1. Bartimeo, figura del discípulo: valor simbólico del milagro

La parte central del Evangelio de Marcos (capítulos 8-10), llamada “la sección del camino”, está enmarcada por dos curaciones de ciegos. Al principio de la sección encontramos la curación progresiva del ciego de Betsaida (8,22-26), que precede inmediatamente la profesión de fe de Pedro en Cesarea de Filipo. En ese caso, un ciego –sin nombre– es llevado a Jesús por algunos amigos que interceden por él. Al final de la sección, encontramos la curación de otro ciego, de nombre Bartimeo, que toma la iniciativa de pedir, gritando –a pesar de la oposición de la multitud– la gracia de recobrar la vista.

El relato tiene un gran valor simbólico: Bartimeo es el espejo del discípulo. En los últimos domingos, Marcos nos ha conducido a través del itinerario de los apóstoles. En este recorrido de formación y toma de conciencia de las exigencias del seguimiento, el discípulo descubre que es como ciego. Bartimeo es entonces el discípulo que se sienta al borde del camino, incapaz de continuar. Representa a cada uno de nosotros. Todos nosotros nos damos cuenta de que somos espiritualmente ciegos cuando se trata de seguir a Jesús por el camino de la cruz. Como Bartimeo, pedimos al Señor que nos cure de la ceguera que nos inmoviliza.

2. Bartimeo, nuestro hermano: “maestro” de oración

Bartimeo sabe exactamente qué pedir, a diferencia de Santiago y Juan, que “no sabían lo que pedían”. Él pide lo esencial a través de una oración simple y profunda: “¡Hijo de David, Jesús, ten piedad de mí!” En su súplica, Bartimeo expresa su fe en Jesús como Mesías, llamándolo “Hijo de David”, siendo la única persona en el Evangelio de Marcos en conferirle este título. Al mismo tiempo, manifiesta una relación de confianza, intimidad y ternura, llamando a Jesús por su nombre e invocándolo como “Rabbuní”, que significa “mi maestro”. Este título aparece solo dos veces en los Evangelios: aquí y en el relato de María Magdalena, en la mañana de Pascua (Jn 20,16).

La vida nace de la luz y se desarrolla gracias a la luz. Lo mismo sucede en la vida espiritual: sin la luz interior, nuestra vida espiritual es engullida por la oscuridad. A veces experimentamos la alegría de la luz, mientras que en otras ocasiones las tinieblas parecen invadir nuestra existencia. Problemas, sufrimientos, dificultades y debilidades oscurecen nuestra visión de la vida, haciéndonos incapaces de seguir al Señor. En esos momentos, la oración de Bartimeo viene en nuestra ayuda: “¡Rabbuní, que recobre la vista!” Bartimeo es un maestro de oración simple, esencial y confiada.

3. Compañeros de Bartimeo: mendigos de luz

En la Iglesia antigua, el bautismo se llamaba “iluminación”. Esta iluminación nos arranca de las tinieblas de la muerte, pero siempre está amenazada. Nos introduce en un camino de búsqueda continua de la luz. Como el girasol, el cristiano se vuelve diariamente hacia el Sol de Cristo. Cada mañana, mientras lavamos nuestros ojos físicos, con el alma en oración corremos a lavarnos en la piscina de Siloé de nuestro bautismo, como el ciego de nacimiento del que habla Juan en el capítulo 9 de su Evangelio. Y cuando nos encontramos ciegos, recordemos que existe el colirio de la Eucaristía. Con las manos que han recibido el Cuerpo luminoso de Cristo, podemos tocar nuestros ojos y nuestro rostro, recordando la experiencia de los dos discípulos de Emaús, a quienes se les abrieron los ojos al “partir el pan”. No solo nuestros ojos, sino también nuestro rostro está destinado a resplandecer, como el de Moisés (Ex 34,29). El rostro del cristiano refleja la gloria de Cristo (2Cor 3,18), convirtiéndose así en testigo de la Luz, puesta sobre el candelero del mundo.

P. Manuel João Pereira Correia, mccj