P. Manuel João, Comboniano
Reflexión dominical
de la boca de mi ballena, ela
Nuestra cruz es el púlpito de la Palabra

La palabra de Dios de este domingo vuelve sobre el tema de la muerte y resurrección de Jesús. Es la segunda vez que Jesús anuncia a sus discípulos el evento trágico de su muerte, que marcará su mesianismo. La primera vez, lo hizo cerca de Cesarea de Filipo, en territorio pagano (8,31). Hoy repite este anuncio mientras atravesaban Galilea (9,31). La tercera vez, lo hará en el camino para subir a Jerusalén (10,32-34). Tres veces para subrayar su importancia.

La reacción de los apóstoles ante este anuncio es, cada vez, de incomprensión: “Pero ellos no entendían estas palabras y tenían miedo de preguntarle”. El evangelista subraya esta incomprensión relatando cada vez un episodio en el que los apóstoles se comportan de manera contraria a lo que Jesús les está diciendo. La primera vez es Pedro quien lo reprende por esta predicción inaudita, provocando una fuerte reacción de Jesús, que lo llama “Satanás”. La segunda vez (hoy) los apóstoles discuten entre ellos sobre quién es el más grande. La tercera vez serán Santiago y Juan, quienes pedirán a Jesús sentarse uno a su derecha y el otro a su izquierda, provocando la indignación de los otros diez. Ante esta incomprensión y terquedad, Jesús responde cada vez con una catequesis: la primera vez sobre la cruz; la segunda (hoy) sobre la pequeñez; la tercera vez sobre el servicio.

¿Cómo se puede explicar tal obstinación? San Marcos no nos presenta una imagen idealizada de los apóstoles. Más bien, subraya sus límites y debilidades. Jesús no eligió personas perfectas, sino personas normales, como nosotros. San Pablo incluso dirá que Dios eligió a los últimos en la escala social para llevar adelante su proyecto: “Considerad, hermanos, vuestra vocación: no hay entre vosotros muchos sabios desde el punto de vista humano, ni muchos poderosos, ni muchos nobles… para que nadie pueda gloriarse ante Dios.” (1 Corintios 1,26-29).

La dificultad de los apóstoles para seguir al Señor nos conforta y nos fortalece en la esperanza de que la gracia de Dios puede realizar en nosotros lo que ha hecho en la vida de los apóstoles.

Puntos para la reflexión

1. Jesús hace los tres anuncios caminando. San Marcos gusta de presentar a Jesús en movimiento, en el camino. Imparta su enseñanza mientras camina. Es un rabino itinerante y viene a nuestro encuentro en los caminos de la vida. Se acerca y camina con nosotros como compañero de viaje, muchas veces sin ser reconocido de inmediato, como en el caso de los dos de Emaús. El signo de su paso es la relectura iluminada de los eventos dolorosos de la vida y el ardor que despierta en nuestro corazón.

2. Jesús “enseñaba a sus discípulos”, revelándoles el proyecto de Dios. “Pero ellos no entendían estas palabras y tenían miedo de preguntarle”. ¿Por qué tenían miedo de preguntarle? ¡Porque no querían entender! A veces también a nosotros nos pasa que no queremos hacerle preguntas sobre ciertas situaciones de nuestra vida, porque tememos la respuesta. Preferimos no entender, porque no estamos listos para actuar en consecuencia.

3. “Quando estuvo en casa, les preguntó…”. Jesús sale de casa para recorrer los caminos y encontrarse con la gente, pero también le gusta volver a casa para disfrutar de la intimidad con los suyos. Allí comentan los hechos del día y los discípulos piden explicaciones sobre lo que no han entendido (esta vez no, sin embargo). La casa de Jesús (que en realidad es la de Pedro) está abierta a cuantos acuden para escucharlo o ser sanados. Jesús se deja molestar y no fija horarios de citas. También le gusta visitar la casa de sus amigos y de aquellos que lo invitan, sean fariseos o publicanos. A veces incluso se invita a sí mismo, como hizo con Zaqueo. Esta costumbre suya se ha mantenido. De hecho, en el Apocalipsis dice: “Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguien escucha mi voz y abre la puerta, entraré a su casa, cenaré con él y él conmigo.” (3,20).

4. “¿De qué discutíais por el camino? Y ellos callaban. Porque en el camino habían discutido entre ellos sobre quién era el más grande”. ¿No sucede algo parecido entre nosotros? Todos buscamos un pequeño lugar al sol del aprecio y la estima de los demás. Todos queremos destacar en algo. Y nuestra psique es realmente ingeniosa para encontrarlo, incluso en situaciones de infelicidad, atrayendo la compasión de los demás. Por eso también nosotros guardamos silencio. Nos avergonzaríamos de decirlo. Pero, ¿por qué no preguntarnos personalmente: ¿dónde busco yo sobresalir? Sería una buena ocasión para desenmascarar la serpiente de nuestra vanagloria.

5. “Se sentó, llamó a los Doce y les dijo…”. El Maestro se sienta en cátedra, los llama y les habla. Esta vez lo hace con calma y paciencia. ¡No como el domingo pasado con el pobre Pedro, cuando parecía haber perdido los estribos! Pues bien, ¿queréis saber quién es el más grande? “¡El último de todos y el servidor de todos!”. Así que, ¡tienes que ir al final de la fila! Y para ser más claro, a la palabra añade un gesto: “Tomó a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: Quien recibe a uno de estos niños en mi nombre, me recibe a mí…”. El niño era el símbolo de la pequeñez, de quien no contaba entre los “grandes” de la casa. Hoy, sin embargo, tal vez Jesús colocaría en medio de nosotros a otra persona. ¿A quién? Tal vez a uno de los que menciona en Mateo 25: “En verdad os digo: todo lo que hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, me lo hicisteis a mí.”

P. Manuel João Pereira Correia, mccj