Notaron muchos las palabras solemnes del Concilio Vaticano II acerca de la necesidad del corazón nuevo. Desde entonces, se divulgó lo que sucede en muchos lugares: en América Latina, en las Filipinas, en África del Sur… La necesidad del nuevo corazón se hizo más evidente. En este contexto, se empezó a guardar el Corazón de Cristo de una manera nueva: ¿No hallamos aquí el corazón nuevo que Dios nos prometió? ¿Cómo se puede presentar el Corazón de Cristo de manera que de nuevo signifique ‘vida’ para el mundo? ¿Cómo se renuevan nuestros corazones por el suyo? ¿Cuál es la relación entre un mundo nuevo y el Reino?

Es difícil saber lo que acaeció en las más de 200 congregaciones religiosas dedicadas al Sagrado Corazón; pero, como ejemplo, quisiera mencionar lo que ocurrió en mi propia congregación. En 1972, el consejo general de los Misioneros del Sagrado Corazón publicó una carta en la cual se recomendó una ‘espiritualidad del corazón’ como una manera característica de vivir la fe en nuestra comunidad apostólica. La carta hace la sugestión de tomar ‘corazón’ en el sentido bíblico, y de considerar tanto el corazón de Dios como el del hombre. El superior general de este tiempo, el padre (ahora Obispo) E. T. Cuskelly, contribuyó mucho a esta espiritualidad. En primer lugar, definió la palabra ‘espiritualidad’: hay que distinguirla de la práctica devocional. Una persona puede tener varias devociones; pero, hablamos de espiritualidad “cuando la intuición central de una persona entra en su vida, y a su luz especial transforma todas las demás cosas que constituyen la totalidad de su vida espiritual.”[32]

En segundo lugar, Cuskelly nos dio un resumen de la manera como él ve la espiritualidad del corazón: Esta terminología sugiere varios elementos; sugiere que nuestra religión del corazón’ se ha hecho interior y habitual. Además indica que:

a. Tenemos que descender a lo profundo de nuestra alma para realizar nuestras profundas necesidades de vida, de amor, de sentido.

b. Mediante la fe y la reflexión, tenemos que hallar la contestación a nuestras preguntas en el Corazón de Cristo, o sea en lo profundo de su personalidad, donde el afán del hombre y la gracia de Dios convergen en la encarnación redentora.

c. Después, afianzado por estas fuerzas, nuestro corazón será un corazón acogedor, abierto, sensible, y dadivoso para con nuestros hermanos y hermanas en Cristo.

d. No seremos ‘descorazonados’ frente a las dificultades. Seguimos a Cristo que “amó con un corazón humano” como nos recuerda el Vaticano II; participó en nuestra humanidad, para que supiéramos que sobre todos nosotros hay el amor eterno del Padre. Cuando Dios lo quiere, su amor todopoderoso lo dispondrá todo según su placer. En este amor es como hemos aprendido a creer.[33]

La siguiente administración general continuó en la misma línea. Empezaron a publicar un periódico para circulación privada, llamado Cor Novum, y en el primer número uno de los asistentes generales, el padre Denis Murphy MSC, escribió:

Cuando Jesús empezó a predicar, llamó a la conversión, a una transformación del corazón. Lo mismo hace en nuestros días. Su llamada a una transformación del corazón se basa en el advenimiento de Dios hacia nosotros como de un Padre que nos ama. Este amor se revela, no solamente en las palabras y hechos de Jesús, sino también y especialmente en sus más profundas actitudes y valores, es decir, en su corazón. Estos dos movimientos de revelación y de conversión se efectúan en el corazón de un individuo, pero necesariamente se expanden más allá del individuo, porque cambian las relaciones entre los hombres, y, después, deberían crear una nueva forma de sociedad. Así, hay un tercer movimiento en la enseñanza de Jesús: misión en el corazón del mundo.

Estos tres movimientos (revelación, conversión y misión) no ocurren en orden cronológico; cada uno implica los otros, y se influyen mutuamente. Si se descuidara alguno de ellos, no viviríamos según la enseñanza de Jesús. Resumen también lo que el Padre Chevalier vio en el Corazón de Cristo, y lo que nosotros ahora llamamos la ‘espiritualidad del corazón’. (Prólogo p. 8-9).

Además, se organizó un congreso del Sagrado Corazón en la provincia Australiana de los MSC en 1985, sobre el tema “Un corazón nuevo para un mundo nuevo.” El texto de las conferencias se halla en un libro con este mismo título, publicado en 1986[34]. En la Introducción, el organizador del congreso, el padre Brian Gallagher MSC, dice:

El punto de partida para el congreso fue el amor entrañable de Dios para nuestro mundo, un amor ya “derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado”, (Rom. 5,5) de modo que hallamos en nuestros corazones un deseo y un afán de salvar el mundo más grande que nuestros corazones. Todo afán humano, la búsqueda de Dios, las experiencias de sufrimientos y de opresión social, el clamar por la justicia… esas son las preocupaciones de una espiritualidad del corazón. Las conferencias y ‘workshops’ del congreso se esfuerzan por revelar y acrecentar estos deseos fundamentales del corazón, creyendo de veras que por ellos conoceremos los deseos de Dios.

El hombre que conoció mejor el deseo de Dios fue, desde luego, Jesús. Con Jesús, que amó con un corazón humano, creemos en la posibilidad de un mundo nuevo; un mundo nuevo ya presente, pero, también, todavía por venir.” (p. 7-8)

El método del congreso, pues, era la escucha de los deseos fundamentales del corazón: la escucha del Corazón de Cristo, y del corazón del mundo, porque creemos que el Espíritu de Dios habla a nosotros también de esta manera. Esto es claramente conforme a Gaudium et Spes. Debemos analizar el afán del corazón del hombre de hoy, y el afán del corazón de Dios: su plan de crear cielos nuevos y una tierra nueva; su plan de darnos un corazón nuevo; la revelación del Corazón de su Hijo, y de su Reino. En este libro he analizado sólo la revelación bíblica. Pero, el análisis del corazón del mundo y el estudio bíblico deben ir juntos; tenemos que escuchar el afán del corazón humano en la luz del afán del Corazón de Cristo, para descubrir qué significa un corazón nuevo para un mundo nuevo.

En el mismo tiempo, muchas cosas acaecieron en otra parte. Durante algunos años se ofreció un curso en la universidad Gregoriana en Roma, sobre el tema “El Corazón de Cristo – El Corazón del hombre.” Este curso consistió principalmente en un estudio del ‘corazón’ en las Escrituras. R. Faricy S. J. publicó un libro sobre Teilhard de Chardin[35], para quien el Corazón de Cristo no es sólo el centro de todos los corazones humanos, sino también el corazón personal del cosmos, “un fuego capaz de penetrar todas las cosas.” Según Teilhard, el Corazón de Cristo energiza y personaliza todos los corazones humanos y, en el sacramento de la Eucaristía, Cristo hace del mundo su Cuerpo, por medio de una transubstanciación universal.

Lo más importante es que el papa Juan Pablo II habló con frecuencia del corazón humano como el centro de la persona de donde nace todo lo que una persona es y hace. Toma el ‘corazón’ en un sentido profundo. En su primera encíclica, Redemptor Hominis art. 9, se lee:

La redención del mundo – este misterio tremendo de amor en el cual la creación se renueva – es, en su raíz más profunda, la plenitud de la justicia en un corazón humano – el Corazón del Hijo primogénito – para que se vuelva la justicia en los corazones de muchos hombres, predestinados desde la eternidad en el Hijo primogénito a ser hijos de Dios, y llamados a la gracia llamados al amor.[36]

En su mensaje a los jóvenes de Francia durante su encuentro con ellos en 1980, hallamos un buen ejemplo de la ‘espiritualidad del Corazón’:
Valéis también cuanto vale vuestro corazón… Cualquier uso los hombres hagan de ello, el corazón – el símbolo de amistad y de amor – tiene también sus normas, su ética El dejar lugar para el corazón en la construcción armónica de vuestra personalidad no tiene nada que ver con sensiblería, o hasta con sentimentalismo. El corazón es la apertura de todo el ser hacia la existencia de otros, la capacidad de adivinarlos, de comprenderlos. Tal sensibilidad, verdadera y profunda, nos hace vulnerables. Por eso algunos tienen la tentación de rehuirla, endureciendo su corazón.36

En este mismo año el papa escribió la encíclica Dives ¡n Misericordia, en la cual presenta a Jesús como la encarnación de la misericordia. El amor de Dios es un amor misericordioso, y es la misión de la Iglesia el traerlo a la humanidad doliente. La Iglesia será capaz de hacer esto sólo volviéndose al misterio del Corazón de Cristo.

En 1986, el papa Juan Pablo II escribió en su carta de Paray-le-Monial al superior general de los Jesuitas, en un pasaje sobre la civilización del amor:

En contacto con el Corazón de Cristo, el corazón del hombre aprende a conocer la significación verdadera y única de la vida y de su destinación, a comprender el valor de una vida verdaderamente cristiana; cómo guardarlo contra ciertas perversiones del corazón humano, y cómo hermanar el amor de Dios y el del prójimo. De esta manera – y esto es la verdadera reparación requerida por el Corazón del Salvador – será posible construir en las ruinas acumuladas por el odio y la violencia, la civilización del Corazón de Cristo.

La construcción del mundo nuevo se presenta aquí como una obra de reparación, aún como ‘la verdadera reparación requerida por el Corazón del Salvador.’ El misticismo contemplativo de los santos del Sagrado Corazón se vuelve una espiritualidad apropiada a los pastores y a los hombres que viven en el mundo. Por siglos, los teólogos hablaron de la ‘natura lapsa et reparata’ del hombre. El mundo participaba profundamente en la caída; es urgente que participe también en la ‘reparación’. El Reino de Cristo requiere una civilización del amor. En contacto con el Corazón de Cristo, en contacto con nuestros hermanos y hermanas dolientes, nuestro corazón aprende las implicaciones antes señaladas.

CONCLUSION

En este estudio he investigado dos tradiciones:
1) el uso del termino ‘corazón’ en la tradición bíblica y post-bíblica, la purificación del corazón, la custodia del corazón, la iluminación del corazón, la transformación del corazón por el amor; y
2) la tradición del Sagrado Corazón: el Corazón de Jesús, manso y humilde; fuente de agua viva, traspasado por la lanza, fuente de sabiduría y amor compasivo, fuente de la Iglesia; el Corazón que transforma el mundo por el Espíritu Santo.

Las dos tradiciones se juntan en las narraciones conmovedoras de los místicos que experimentaron ‘el cambio de corazones’, una experiencia que expresa de una manera mística una cosa que debe acaecer en cada uno de nosotros, en un proceso continuo de conversión. No se requiere acentuar que no se trata aquí’ de una ‘transplantación de corazón’, sino de un desarrollo personal auténtico. Los teólogos siempre acentuaron que la gracia no destruye la naturaleza, sino que la eleva.

He insertado la teología del Sagrado Corazón en el contexto más amplio de la promesa del nuevo corazón, y del énfasis del Concilio Vaticano II en la necesidad de la renovación de nuestro corazón, en vista de la situación mundial: se precisa un corazón abierto para nuestros hermanos y hermanas de todas las naciones, para nuestros hermanos separados, para los dolientes y los pobres… La integración de estas dos tradiciones conduce a ‘la espiritualidad del corazón’.

En esta espiritualidad, ‘el corazón’ se toma como el centro de la persona. Sugiero que el corazón de Cristo también se tome en este sentido´ La respuesta a la cuestión: ¿Qué veneramos en el culto del Sagrado Corazón?” Es fácil: veneramos a Jesucristo en el misterio de su Corazón. Y si alguno, en línea con la tradición escolástica, quiere una clarificación sobre el objeto material y formal, digo que en este culto Jesucristo es la Persona que veneramos; el misterio de su Corazón es el aspecto específico de este culto.

Cuando empezamos a conocer este Corazón, descubrimos sus riquezas: las actitudes de Jesús, su celo para el Reino, su amor ardiente hacia el Padre y hacia nosotros; el regalo del Espíritu por quien renueva nuestros corazones. El Sagrado Corazón puede simbolizarse, y el símbolo se refiere al Corazón de Jesús en todas sus profundidades. Pero el símbolo no es un objeto distinto. El corazón del hombre es un corazón encarnado.

El culto del Sagrado Corazón forma parte de la liturgia de la Iglesia. La espiritualidad del corazón como presentada en este estudio, va más lejos. Los que quieren vivir tal espiritualidad empiezan por su propio corazón, con sus afanes y la exigencia de conversión y de realización. El Sagrado Corazón es la respuesta, y, renovados por Cristo y su Espíritu, participamos en su misión. Para los que quieren vivir una espiritualidad del corazón, el misterio del Sagrado Corazón se vuelve central.

La espiritualidad del Corazón es una verdadera espiritualidad: incluye la oración, la conversión, el mirar al que traspasaron; la escucha del Espíritu. Incluye el amor, el cuidado para nuestros hermanos y hermanas, la compasión, la entrega según el estado de vida. Es una espiritualidad de la gracia: no podemos darnos nosotros mismos un corazón nuevo, no podemos transformar el mundo solos. Nos precisa Cristo; nos precisa su Espíritu. Cristo se afana por revelarnos el plan de su Padre; se afana por efundir su Espíritu sobre nosotros; quiere que nosotros participemos en su misión, porque quiere que todos tengan la vida. En la Eucaristía nos enseña a compartir el pan, y por medio de este sacramento nos deja entrar en el regalo de sí mismo, en su amor. Tenemos que compartir el pan, y compartir nuestras personas.

El verdadero programa de renovación es el iniciado por Cristo. Su programa es universal pero empieza con el corazón del hombre; lo demás tiene que seguir. Nuevo vino en pellejos nuevos: las estructuras deben cuadrarse con la vida nueva; tienen que servir la fraternidad, la unidad y la paz, entre todas las naciones.

La espiritualidad del corazón conduce al respeto para la gente; el Espíritu habla también a sus corazones. Para descubrir lo que deben hacer, tenemos que escuchar, para aprender de ellos el camino que deben seguir. Su camino, tal vez, no es el nuestro. Ninguno tiene un monopolio del Espíritu. Jesús convida a la gente al Reino; no los impele.

La lucha para la renovación de las estructuras puede ser dura. Deben hacerse leyes justas, y no todos están dispuestos para leyes justas. Las leyes justas, hay que observarlas, y no todos están dispuestos a observarlas. Me sentí conmovido cuando escuché en América Latina este canto:

Danos un corazón
grande para amar.
Danos un corazón
fuerte para luchar.

El amor sabe también cómo luchar. Que nuestras luchas se inspiren siempre por el amor, el amor de todos. Que la fortaleza, necesaria para la lucha, sea siempre este vigor que es un regalo del Espíritu.

Jan G. Bovenmars msc. Una Espiritualidad Bíblica del Corazón.
Ediciones MSC 1992 Rep. Dominicana
Capítulo 7


[32] 32· E.J. Cuskelly M.S.C., Jules Chevalier, Man with a Mission. Casa Generalizia, Missionari del Sacro Cuore, Roma 1975, 104.

[33] E.J. Cuskelly M.S.C. ed., With a Human Heart. Chevalier Press, Kensington, Australia, 1981,40. Ver también su libro A New Heart and a New Spirit. Reflections on MSC Spirituality. Casa Generalizia, Missionari del Sacro Cuore, Roma 1978.

[34] A New Heart for a New World. An Exploration of the desires of God’s Heart. St. Paul Publications, Homebush N.S.W. 1986.

[35] Robert Faricy S.J.,AII Things in Christ. Teilhard de Chardin’s Spirituality. Collins, Fount Paperback 1981.

[36] T. T. O’Donnell tiene una sección sobre el Papa Juan Pablo II en J. Aumann, Dev’otion, PP. 215-22