LA SANTISIMA TRINIDAD (B)
Mateo 28, 16-20

T3

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: «Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.»

El amor anima y envuelve totalmente la vida de Dios y la vida del hombre. Esta vez, las matemáticas aquí no funcionan: 1+1+1 = 1; no solo 1, sino 1 y 3. Porque nuestro Dios, uno y trino, es amor. Y el amor es compartir, es unidad englobante. En efecto, “la caridad, desde el corazón de Dios, a través del corazón de Jesucristo, se derrama mediante su Espíritu en el mundo, como amor que lo renueva todo”. (Benedicto XVI). Porque “Dios es amor” (1Jn 4,8). No existen palabras más sublimes para hablar de Él. Con la sola mente humana es poco lo que alcanzamos conocer de Dios; solo Jesús ha venido a revelarnos cómo es Dios por dentro. Para ello Jesús no ha utilizado conceptos o fórmulas; nos ha hablado de Su experiencia personal y lo que Dios ha hecho por nosotros. Nos ha hablado de un Dios-Padre que ama a todos, perdona al que se equivoca, levanta al que se ha caído; nos ha hablado de Su intimidad en cuanto Hijo en la oración prolongada con el Padre y en el sufrimiento; nos ha revelado la presencia amiga del Espíritu consolador, que nos guía y fortalece. Para Jesús no se trata de explicar el misterio de la Trinidad, sino de encontrarlo, abrazarlo, vivirlo.

Los manuales de catecismo sintetizan con facilidad el misterio divino diciendo que “hay un solo Dios en tres Personas”. Con esto ya se ha dicho todo, pero al mismo tiempo todo queda aún abierto para ser comprendido, acogido con amor y adorado en la contemplación. El tema tiene una importancia capital para la actividad misionera. En efecto, con facilidad se afirma igualmente que todos los pueblos – incluidos los no cristianos – saben que Dios existe; por tanto, también los paganos creen en Dios. Esta verdad compartida – aunque con diferencias y reservas – es la base para entablar un diálogo entre las religiones y, en particular, el diálogo entre cristianos y otros creyentes. Sobre la base de un Dios único común a todos, es posible establecer un entendimiento entre los pueblos para concertar acciones en favor de la paz, para defender los derechos humanos y realizar proyectos de desarrollo… Pero esta es tan solo una parte de la tarea evangelizadora de la Iglesia, la cual está llamada a ofrecer al mundo un mensaje más novedoso y con objetivos de mayor alcance.

Para el cristiano, en efecto, no es suficiente fundamentarse en el Dios único, y mucho menos lo es para un misionero, consciente de la extraordinaria revelación recibida por medio de Jesucristo, una revelación que abarca todo el misterio de Dios, en su unidad y trinidad. El Dios cristiano es uno y único, pero no solitario. El Evangelio que el misionero lleva al mundo, además de reforzar y perfeccionar la comprensión del monoteísmo, abre al inmenso y sorprendente misterio de Dios, que es comunión de Personas.

«Para penetrar en el misterio de Dios, los musulmanes tienen el Corán, del que toman los 99 nombres de Alá; el número 100 es innombrable, ya que el hombre no puede saberlo todo sobre Dios. Los judíos descubren al Señor a través de los acontecimientos de su historia de salvación, meditada, escrita y leída durante siglos, antes de ser consignada, más tarde, en los libros sagrados. Para los cristianos el libro que introduce al descubrimiento de Dios es Jesucristo. Él ‘es el libro abierto a golpes de lanza’; es el Hijo que, desde la cruz, revela que Dios es Padre y don de Amor, Vida, Espíritu» (F. Armellini). En efecto, el Dios revelado por Jesús es sobre todo Dios-amor (cfr. Jn 3,16; 1Jn 4,8). Es un Dios único, pero relacional, en plena comunión de Personas. Un Dios que se entrega a sí mismo por la vida de la familia humana.

Generalmente, el Dios de las religiones no cristianas es a menudo lejano, vive en su mundo; por tanto, conviene atraerlo con prácticas religiosas y sacrificios de todo tipo. Por el contrario, el Dios de la Biblia se nos revela como Dios misericordioso y clemente, “rico en misericordia” (Ef 2,4); un Dios amigo y protector, que desea vivir en relación, un Dios cercano, presente (I lectura), que se ha comprometido al lado de su pueblo con signos y prodigios (v. 34). No es un Dios celoso o competidor del hombre, sino un Dios que quiere que “seas feliz tú y tus hijos” (v. 40). Hay más: es un Dios que nos llama, nos hace hijos y herederos, dándonos su Espíritu (II lectura, v. 16-17).

Este es el verdadero rostro de Dios, que todos los pueblos (Evangelio) tienen el derecho y la necesidad de conocer a través de los misioneros, según el mandato de Jesús: Vayan, hagan discípulos, bauticen, enseñen… (v. 19-20). Por eso, el Concilio afirma: “La Iglesia peregrinante es, por su naturaleza, misionera, puesto que toma su origen de la misión del Hijo y de la misión del Espíritu Santo, según el propósito de Dios Padre” (Ad Gentes 2). El don del Dios verdadero, uno y trino, es para todas las naciones; es una novedad que enriquece todas las culturas, es un tesoro que los cristianos tienen el derecho y el deber de compartir con todos. ¡Por amor! Porque la Iglesia no se impone con la fuerza ni con el proselitismo; se propone con amor gratuito y el servicio gozoso. «La Iglesia crece por ‘atracción’:  como Cristo ‘atrae a todos a sí’ con la fuerza de su amor, que culminó en el sacrificio de la cruz, así la Iglesia cumple su misión» (Benedicto XVI).

Para esta misión, Jesús se ha comprometido a ser el Emanuel: “Sepan que yo estoy con ustedes todos los días” (v. 20). Él camina al lado de cada uno por las rutas del mundo. Con esta certeza, la Iglesia hoy nos invita a orar para que “seamos anunciadores de la salvación ofrecida a todos los pueblos” (Oración colecta).

EL MEJOR AMIGO
José Antonio Pagola

En el núcleo de la fe cristiana en un Dios trinitario hay una afirmación esencial. Dios no es un ser tenebroso e impenetrable, encerrado egoístamente en sí mismo. Dios es Amor y solo Amor. Los cristianos creemos que en el Misterio último de la realidad, dando sentido y consistencia a todo, no hay sino Amor. Jesús no ha escrito ningún tratado acerca de Dios. En ningún momento lo encontramos exponiendo a los campesinos de Galilea doctrina sobre él. Para Jesús, Dios no es un concepto, una bella teoría, una definición sublime. Dios es el mejor Amigo del ser humano.

Los investigadores no dudan de un dato que recogen los evangelios. La gente que escuchaba a Jesús hablar de Dios y le veía actuar en su nombre, experimentaba a Dios como una Buena Noticia. Lo que Jesús dice de Dios les resulta algo nuevo y bueno. La experiencia que comunica y contagia les parece la mejor noticia que pueden escuchar de Dios. ¿Por qué?

Tal vez lo primero que captan es que Dios es de todos, no solo de los que se sienten dignos para presentarse ante él en el Templo. Dios no está atado a un lugar sagrado. No pertenece a una religión. No es propiedad de los piadosos que peregrinan a Jerusalén. Según Jesús, “hace salir su sol sobre buenos y malos”. Dios no excluye ni discrimina a nadie. Jesús invita a todos a confiar en él: “Cuando oréis decid: ¡Padre!”.

Con Jesús van descubriendo que Dios no es solo de los que se acercan a él cargados de méritos. Antes que a ellos, escucha a quienes le piden compasión porque se sienten pecadores sin remedio. Según Jesús, Dios anda siempre buscando a los que viven perdidos. Por eso se siente tan amigo de pecadores. Por eso les dice que él “ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido”.

También se dan cuenta de que Dios no es solo de los sabios y entendidos. Jesús le da gracias al Padre porque le gusta revelar a los pequeños cosas que les quedan ocultas a los ilustrados. Dios tiene menos problemas para entenderse con el pueblo sencillo que con los doctos que creen saberlo todo.

Pero fue, sin duda, la vida de Jesús, dedicado en nombre de Dios a aliviar el sufrimiento de los enfermos, liberar a poseídos por espíritus malignos, rescatar a leprosos de la marginación, ofrecer el perdón a pecadores y prostitutas…, lo que les convenció que Jesús experimentaba a Dios como el mejor Amigo del ser humano, que solo busca nuestro bien y solo se opone a lo que nos hace daño. Los seguidores de Jesús nunca pusieron en duda que el Dios encarnado y revelado en Jesús es Amor y solo Amor hacia todos.

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LA SANTÍSIMA TRINIDAD
José Luis Sicre

El año litúrgico comienza con el Adviento y la Navidad, celebrando cómo Dios Padre envía a su Hijo al mundo. En los domingos siguientes recordamos la actividad y el mensaje de Jesús. Cuando sube al cielo nos envía su Espíritu, que es lo que celebramos el domingo pasado. Ya tenemos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Estamos preparados para celebrar a los tres en una sola fiesta, la de la Trinidad. Esta fiesta surge bastante tarde, en 1334, y fue el Papa Juan XXII quien la instituyó. Quizá se pretendía (como ocurrió con la del Corpus) contrarrestar a grupos heréticos que negaban la divinidad de Jesús o la del Espíritu Santo. Así se explica que el lenguaje usado en el Prefacio sea más propio de una clase de teología que de una celebración litúrgica. Cambiando el orden de las lecturas subrayo la relación especial de cada una de ellas con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Dios Padre (Deuteronomio 4, 32-34. 39-40)

Como es lógico, un texto del Deuteronomio, escrito varios siglos antes de Jesús, no puede hablar de la Trinidad, se limita a hablar de Dios. Su autor pretende inculcar en los israelitas tres actitudes:

1) admiración ante lo que el Señor ha hecho por ellos, revelándose en el Sinaí y liberándolos previamente de la esclavitud egipcia;
2) reconocimiento de que Yahvé es el único Dios, no hay otro; cosa que parece normal en un mundo como el nuestro, con tres grandes religiones monoteístas, pero que suponía una gran novedad en aquel tiempo;
3) fidelidad a sus preceptos, que no son una carga insoportable, sino el único modo de conseguir la felicidad.

Dios Hijo (Mateo 28, 16-20)

El texto del evangelio, el más claro de todo el Nuevo Testamento en la formulación de la Trinidad, pero al mismo tiempo pone de especial relieve la importancia de Jesús.

A lo largo de su evangelio, Mateo ha presentado a Jesús como el nuevo Moisés, muy superior a él. El contraste más fuerte se advierte comparando el final de Moisés y el de Jesús. Moisés muere solo, en lo alto del monte, y el autor del Deuteronomio entona su elogio fúnebre: no ha habido otro profeta como Moisés, «con quien el Señor trataba cara a cara, ni semejante a él en los signos y prodigios…» Pero ha muerto, y lo único que pueden hacer los israelitas es llorarlo durante treinta días.

Jesús, en cambio, precisamente después de su muerte es cuando adquiere pleno poder en cielo y tierra, y puede garantizar a los discípulos que estará con ellos hasta el fin del mundo. A diferencia de los israelitas, los discípulos no tienen que llorar a Jesús sino lanzarse a la misión para hacer nuevos discípulos de todo el mundo. ¿Cómo se lleva a cabo esta tarea? Bautizando y enseñando. Bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo equivale a consagrar a esa persona a la Trinidad. Igual que al poner nuestro nombre en un libro indicamos que es nuestro, al bautizar en el nombre de la Trinidad indicamos que esa persona le pertenece por completo.

En la primera lectura, Dios exigía a los israelitas: «guarda los preceptos y mandamientos que yo te prescribo»; en el evangelio, Jesús subraya la importancia de «guardar todo lo que os he mandado».

Dios Espíritu Santo (Romanos 8, 14-17)

La formulación no es tan clara como en el evangelio, pero Pablo menciona expresamente al Espíritu de Dios, al Padre, y a Cristo. No lo hace de forma abstracta, como la teología posterior, sino poniendo de relieve la relación de cada una de las tres personas con nosotros.

Lo que se subraya del Padre no es que sea Padre de Jesús, sino Padre de cada uno de nosotros, porque nos adopta como hijos.

Lo que se dice del Espíritu Santo no es que «procede del Padre y del Hijo por generación intelectual», sino que nos libra del miedo a Dios, de sentirnos ante él como esclavos, y nos hace gritarle con entusiasmo: «Abba» (papá).

Y del Hijo no se exalta su relación con el Padre y el Espíritu, sino su relación con nosotros: «coherederos con Cristo, ya que sufrimos con él para ser también con él glorificados».

Reflexión final

La fiesta de la Trinidad provoca en muchos cristianos la sensación de enfrentarse a un misterio insoluble, no es la que más atrae del calendario litúrgico. Sin embargo, cuando se escuchan estas tres lecturas la perspectiva cambia mucho.

El Deuteronomio nos invita a recordar los beneficios de Dios, empezando por el más grande de todos: su revelación como único Dios. (Esto no debemos interpretarlo como una condena o infravaloración de otras religiones).

El evangelio nos recuerda el bautismo, por el que pasamos a pertenecer a Dios.

La carta a los Romanos nos ofrece una visión mucho más personal y humana de la Trinidad.

Finalmente, las tres lecturas insisten en el compromiso personal con estas verdades. La Trinidad no es sólo un misterio que se estudia en el catecismo o la Facultad de Teología. Implica observar lo que Jesús nos ha enseñado, y unirnos a él en el sufrimiento y la gloria.

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