DOMINGO DE LA ASCENSION DEL SEÑOR
Marcos 16, 15-20

15 Y añadió:
– Id por el mundo entero proclamando la buena noticia a toda la humanidad. 16 El que crea y se bautice, se salvará; el que se niegue a creer, se condenará. 17 A los que crean, los acompañarán estas señales: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, 18 cogerán serpientes en la mano y, si beben algún veneno, no les hará daño; aplicarán las manos a los enfermos y quedarán sanos
19 Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios.
20 Ellos se fueron a proclamar el mensaje por todas partes, y el Señor cooperaba confirmándolo con las señales que los acompañaban.
“¡Vayan!” – Los ‘pies’ de la Iglesia misionera
Romeo Ballan mccj
Las lecturas de hoy presentan la Ascensión de Jesús al cielo bajo tres aspectos complementarios:
– 1°: es una gloriosa manifestación de Dios (I lectura), con la nube propia de las apariciones divinas, hombres vestidos de blanco, cuatro referencias al cielo en tan solo dos versículos, el anuncio del retorno futuro (v. 9-11);
– 2°: es el epílogo de una hazaña difícil y paradójica, pero exitosa (II lectura): Jesús, subiendo a lo alto, distribuye dones a los hombres y llena el universo (v. 8.10);
– 3°: es el envío de los apóstoles para una misión tan grande como el mundo (Evangelio).
Los acontecimientos que coronan la vida terrena de Jesús dan sentido e iluminan el doloroso recorrido anterior. “Por eso, el evangelista Juan habla de exaltación, por ende, de ascensión de Jesús en el mismo día de la muerte en la cruz: muerte-resurrección-ascensión constituyen el único misterio pascual cristiano, en el cual se realiza la recuperación en Dios de la historia humana y del ser cósmico. También los cuarenta días, mencionados en Hechos 1,2-3, evocan un tiempo perfecto y definitivo, y no se deben considerar en modo alguno como una información cronológica” (G. Ravasi).
El cumplimiento o epílogo de la Pascua de Jesús es la raíz de la gozosa esperanza de la Iglesia y de la serena confianza de los fieles de poder gozar un día de la misma gloria de Cristo (Prefacio). Esta es la base del compromiso apostólico y del optimismo que anima a los misioneros del Evangelio, con la certeza de ser portadores de un mensaje de vida y de esperanza, que ya ha tenido éxito pleno en Cristo gracias a la resurrección; y lo va teniendo, aunque solo parcialmente, también en la vida de los miembros de la comunidad cristiana.
Motivados interiormente por la positiva experiencia de vida nueva en Cristo, los Apóstoles – y los misioneros de todos los tiempos – se convierten en sus “testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo” (Hch 1,8), en un movimiento que se abre de manera progresiva del centro (Jerusalén) hacia una periferia tan vasta como todo el mundo. En efecto, el mundo entero es el campo al cual Jesús, antes de subir al cielo, envía a los suyos (Evangelio): “Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio a toda la creación” (v. 15). Algunas imágenes presentan la fiesta de hoy con dos pies que sobresalen de la nube que envuelve el cuerpo de Jesús. Son los pies de la Iglesia misionera, los pies con los cuales Jesús sigue andando hoy por los caminos del mundo; y no solo los pies, sino también las manos, la boca, el corazón… al servicio de la misión. La Ascensión, por tanto, no es una fiesta de adiós por una salida, sino fiesta de envío, de misión. Una misión que se realiza gracias a la presencia permanente del Señor, que coopera con losevangelizadores y confirma la Palabra con señales (v. 20). El mismo Señor que nos asegura: “He aquí que yo estoy con ustedes todos los días” (Mt 28,20).
Los verbos del envío en misión mantienen su perenne actualidad: ‘ir’ indica el dinamismo y el valor para adentrarse en las siempre nuevas situaciones del mundo; ‘proclamarel Evangelio’ a los pueblos para que se hagan seguidores no ya de una doctrina, sino de una Persona; ‘creer’ equivale a la obediencia de la fe; ‘bautizar’ hace referencia al sacramento que transforma e introduce a las personas en la vida trinitaria y eclesial.
Los apóstoles cumplen en seguida el mandato de Jesús: “Se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes” (v. 20). Las últimas palabras de los cuatro Evangelios son el lanzamiento de la Iglesia en misión – ¡una Iglesia en permanente estado de Misión! – para continuar la obra de Jesús. ¡Por todas partes, siempre! Con su palabra y su estilo de vida Jesús nos enseña a conjugar el cielo con la tierra: mirar al cielo y no olvidar la tierra. Para que, con el aporte de cada uno, arremangándose, el proyecto de Jesús llegue a transformar a las personas por dentro, en el corazón, y, de esta manera, se logre crear un mundo más justo, fraterno, solidario. La mirada al cielo – meta final e inspiradora del gran viaje de la vida – lejos de distraer y de quitar energías, estimula a los cristianos y a los evangelizadores a tener una mirada de amor hacia el mundo. A realizar un compromiso misionero generoso y creativo, sintonizado con las situaciones concretas. ¡Para la vida de la familia humana!
NUEVO COMIENZO
José A. Pagola
Los evangelistas describen con diferentes lenguajes la misión que Jesús confía a sus seguidores. Según Mateo, han de “hacer discípulos” que aprendan a vivir como él les ha enseñado. Según Lucas, han de ser “testigos” de lo que han vivido junto él. Marcos lo resume todo diciendo que han de “proclamar el Evangelio a toda la creación”.
Quienes se acercan hoy a una comunidad cristiana no se encuentran directamente con el Evangelio. Lo que perciben es el funcionamiento de una religión envejecida, con graves signos de crisis. No pueden identificar con claridad en el interior de esa religión la Buena Noticia proveniente del impacto provocado por Jesús hace veinte siglos.
Por otra parte, muchos cristianos no conocen directamente el Evangelio. Todo lo que saben de Jesús y su mensaje es lo que pueden reconstruir de manera parcial y fragmentaria recordando lo que han escuchado a catequistas y predicadores. Viven su religión privados del contacto personal con el Evangelio.
¿Cómo podrán proclamarlo si no lo conocen en sus propias comunidades? El Concilio Vaticano II ha recordado algo demasiado olvidado en estos momentos: “El Evangelio es, en todos los tiempos, el principio de toda su vida para la Iglesia”. Ha llegado el momento de entender y configurar la comunidad cristiana como un lugar donde lo primero es acoger el Evangelio de Jesús.
Nada puede regenerar el tejido en crisis de nuestras comunidades como la fuerza del Evangelio. Solo la experiencia directa e inmediata del Evangelio puede revitalizar la Iglesia. Dentro de unos años, cuando la crisis nos obligue a centrarnos solo en lo esencial, veremos con claridad que nada es más importante hoy para los cristianos que reunirnos a leer, escuchar y compartir juntos los relatos evangélicos.
Lo primero es creer en la fuerza regeneradora del Evangelio. Los relatos evangélicos enseñan a vivir la fe no por obligación, sino por atracción. Hacen vivir la vida cristiana no como deber, sino como irradiación y contagio. Es posible introducir en las parroquias una dinámica nueva. Reunidos en pequeños grupos, en contacto con el Evangelio, iremos recuperando nuestra verdadera identidad de seguidores de Jesús.
Hemos de volver al Evangelio como nuevo comienzo. Ya no sirve cualquier programa o estrategia pastoral. Dentro de unos años, escuchar juntos el Evangelio de Jesús no será una actividad más entre otras, sino la matriz desde la que comenzará la regeneración de la fe cristiana en las pequeñas comunidades dispersas en medio de una sociedad secularizada.
Tiene razón el papa Francisco cuando nos dice que el principio y motor de la renovación de la Iglesia en estos tiempos hemos de encontrarlo en «volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio».
PREGUSTAR EL CIELO
José A. Pagola
El cielo no se puede describir, pero lo podemos pregustar. No lo podemos alcanzar con nuestra mente, pero es difícil no desearlo. Si hablamos del cielo no es para satisfacer nuestra curiosidad, sino para reavivar nuestro deseo y nuestra atracción por Dios. Si lo recordamos es para no olvidar el anhelo último que llevamos en el corazón.
Ir al cielo no es llegar a un lugar, sino entrar para siempre en el Misterio del amor de Dios. Por fin, Dios ya no será alguien oculto e inaccesible. Aunque nos parezca increíble, podremos conocer, tocar, gustar y disfrutar de su ser más íntimo, de su verdad más honda, de su bondad y belleza infinitas. Dios nos enamorará para siempre.
Esta comunión con Dios no será una experiencia individual. Jesús resucitado nos acompañará. Nadie va al Padre si no es por medio de Cristo. «En él habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente» (Colosenses 2,9). Solo conociendo y disfrutando del misterio encerrado en Cristo penetraremos en el misterio insondable de Dios. Cristo será nuestro «cielo». Viéndole a él «veremos» a Dios.
No será Cristo el único mediador de nuestra felicidad eterna. Encendidos por el amor de Dios, cada uno de nosotros nos convertiremos a nuestra manera en «cielo» para los demás. Desde nuestra limitación y finitud tocaremos el Misterio infinito de Dios saboreándolo en sus criaturas. Gozaremos de su amor insondable gustándolo en el amor humano. El gozo de Dios se nos regalará encarnado en el placer humano.
El teólogo húngaro Ladislaus Boros trata de sugerir esta experiencia indescriptible: «Sentiremos el calor, experimentaremos el esplendor, la vitalidad, la riqueza desbordante de la persona que hoy amamos, con la que disfrutamos y por la que agradecemos a Dios. Todo su ser, la hondura de su alma, la grandeza de su corazón, la creatividad, la amplitud, la excitación de su reacción amorosa nos serán regalados».
Qué plenitud alcanzará en Dios la ternura, la comunión y el gozo del amor y la amistad que hemos conocido aquí. Con qué intensidad nos amaremos entonces quienes nos amamos ya tanto en la tierra. Pocas experiencias nos permiten pregustar mejor el destino último al que somos atraídos por Dios.