DOMINGO 5º DE PASCUA (B)
Juan 15,1-8

1 Yo soy la vid verdadera, mi Padre es el labrador. 2 Todo sarmiento que en mí no produce fruto, lo corta, y a todo el que produce fruto lo limpia, para que dé más fruto.
3 Vosotros estáis ya limpios por el mensaje que os he comunicado. 4 Seguid conmigo, que yo seguiré con vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí solo si no sigue en la vid, así tampoco vosotros si no seguís conmigo.
5 Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que sigue conmigo y yo con él, ése produce mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada.
6 Si uno no sigue conmigo, lo tiran fuera como al sarmiento y se seca; los recogen, los echan al fuego y se queman.
7 Si seguís conmigo y mis exigencias siguen entre vosotros, pedid lo que queráis, que se realizará.
8 En esto se ha manifestado la gloria de mi Padre, en que hayáis comenzado a producir mucho fruto por haberos hecho discípulos míos.
“Ustedes son los sarmientos”: podados y fecundos para la Misión
Romeo Ballan mccj
Jesús en el Evangelio se identifica con la vid: “Yo soy la vid verdadera” (v. 1). La afirmación de hoy va unida a la serie de definiciones que Jesús da de sí mismo, y que encontramos en el Evangelio de Juan: “Yo soy el Pan vivo” (Jn 6); Yo soy el agua fresca (cfr. Jn 4); “Yo soy la luz del mundo” (Jn 9); Yo soy la puerta, el Buen Pastor” (Jn 10); “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11); “Yo soy el camino, la verdad, la vida” (Jn 14)… Y hoy: “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos” (v. 5). Estas afirmaciones nos recuerdan la auto-definición del Dios del Éxodo: “Yo-Soy me ha enviado a Ustedes” (Éx 3,14). Se ve claramente que las revelaciones de la identidad de Dios, y de Jesús, son en sí mismas un Evangelio, una buena noticia, y contienen una misión, un mandato que llevar a otros. Después de la última cena con los discípulos, en un contexto de despedida, ya de por sí cargado de significado y emociones, se inscribe el pasaje evangélico de hoy sobre ‘la vid y los sarmientos’, en el cual Jesús hace propia la rica temática bíblica de la vid, que fue objeto de cánticos en los profetas (Isaías, Jeremías, Ezequiel) y en los salmos (80). Él es la vid verdadera del nuevo Israel, que no decepcionará las esperanzas divinas, porque dará mucho fruto.
En el pasaje de la vid y los sarmientos hay una revelación trinitaria: el Padre es el viñador, el Hijo es la vid, el Espíritu Santo es la savia vital y amorosa en el seno de la Trinidad y en el corazón de los discípulos, que son los sarmientos. Jesús explica: “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos” (v. 5). ¡En cada uno de nosotros hay la misma savia de Cristo, la misma vida! ¡Cristo en mí! ¡Yo en Cristo! Juntos para dar mucho fruto y ser sus discípulos! (v. 8). La condición indispensable para dar fruto es la unión del sarmiento a la cepa. Jesús nos invita a una verdadera simbiosis, es decir, vivir juntos: “porque fuera de mí nada pueden hacer” (v. 5). A este respecto, la experiencia de la vida agrícola no admite alternativas ni excepciones. De ahí la insistencia de Jesús: “Permanezcan en mí y yo en ustedes” (v. 4).
En el breve pasaje de hoy se emplea hasta siete veces el verbo “permanecer”. No es suficiente cualquier presencia, de paso, como un vuelo de pájaro de un árbol a otro, o una mariposa de una a otra flor; ‘permanecer’ indica estabilidad, morada fija, residencia. Es decir, amistad, comunión, empatía, oración. El Papa Francisco nos invita a invocar al Espíritu Santo y estar “bien apoyados en la oración, sin la cual… el anuncio finalmente carece de alma”. Una amistad que se fortalece con la “podadura”, que se ha de asumir como paso necesario de purificación y de fecundidad, “para que dé más fruto” (v. 2). Nos lo asegura también Job, un experto en podaduras: ¡feliz el hombre a quien Dios corrige! Él llaga y luego cura con su mano (cfr. Job 5,17-18).
La invitación a fiarse siempre de Dios – incluso en los meandros del dolor – nos llega también de san Juan (II lectura), porque “Dios es más grande que nuestro corazón y lo conoce todo” (v. 20). Él nos dona el Espíritu Santo (v. 24), para que nos ayude a no amar de palabra, “sino de verdad y con obras” (v. 18). Un testimonio de tan gran amor nos lo ofrece la historia de Saulo-Pablo (I lectura): tras haber perseguido a los cristianos, descubre en ellos la presencia del Señor que cambió su vida. En el camino de Damasco no nació solo un cristiano, sino el apóstol, el gran misionero, que – gracias a la mediación de Bernabé que lo presentó a los apóstoles – predicaba en Damasco y en Jerusalén con valentía, abiertamente, en el nombre del Señor Jesús (v. 27-28).
Hay que subrayar con fuerza el papel de Bernabé como amigo, acompañante, consejero y socio de Pablo en la misión. El miedo y las sospechas hacia Pablo eran grandes, no solamente porque había sido un perseguidor, sino más bien porque «Pablo manifestaba una fuerza y una amplitud de miras que sorprendió y atemorizó a cristianos que ya habían hecho sus vidas sin el soplo misionero que traía el neo-convertido. Este predicaba con valentía y no temía enfrascarse en discusiones con judíos de origen griego. Su mensaje y su vehemencia le proporcionaban dificultades, pero Pablo tomada en serio lo que tanto nos cuesta: amar al prójimo en su situación concreta» (Gustavo Gutiérrez).
En lugar de refugiarse en proyectos personales, Pablo, podado y fecundado con el sufrimiento, afronta incomprensiones y divergencias, acepta confrontarse con los demás apóstoles, no se aísla; por el contrario, busca y mantiene la comunión con el grupo. Es un ejemplo para aquellos que, hoy también, se entregan con pasión a la causa misionera del Evangelio y encuentran dificultades y discrepancias en la misma comunidad eclesial. La tentación de abandonar parecería la cosa más fácil. Pablo, por el contrario, luchó y resistió. Renovó a la Iglesia desde dentro. Buscando siempre la comunión. ¡Con amor!
CREER
José A. Pagola
El que permanece en mi..
La fe no es una impresión o emoción del corazón. Sin duda, el creyente siente su fe, la experimenta y la disfruta, pero sería un error reducirla a «sentimentalismo». La fe no es algo que depende de los sentimientos: «Ya no siento nada; debo estar perdiendo la fe». Ser creyentes es una actitud responsable y razonada.
La fe no es tampoco una opinión personal. El creyente se compromete personalmente a creer en Dios, pero la fe no puede ser reducida a «subjetivismo»: «Yo tengo mis ideas y creo lo que a mí me parece». La realidad de Dios no depende de mí ni la fe cristiana es fabricación de uno. Brota de la acción de Dios en nosotros.
La fe no es tampoco una costumbre o tradición recibida de los padres. Es bueno nacer en una familia creyente y recibir desde niño una orientación cristiana de la vida, pero sería muy pobre reducir la fe a «costumbre religiosa»: «En mi familia siempre hemos sido muy de Iglesia». La fe es una decisión personal de cada uno.
La fe no es tampoco una receta moral. Creer en Dios tiene sus exigencias, pero sería una equivocación reducirlo todo a «moralismo»: «Yo respeto a todos y no hago mal a nadie». La fe es, además, amor a Dios, compromiso por un mundo más humano, esperanza de vida eterna, acción de gracias, celebración.
La fe no es tampoco un «tranquilizante». Creer en Dios es, sin duda, fuente de paz, consuelo y serenidad, pero la fe no es sólo un «agarradero» para los momentos críticos: «Yo cuando me encuentro en apuros acudo a la Virgen». Creer es el mejor estímulo para luchar, trabajar y vivir de manera digna y responsable.
La fe cristiana empieza a despertarse en nosotros cuando nos encontramos con Jesús. El cristiano es una persona que se encuentra con Cristo y en él va descubriendo a un Dios Amor que cada día le atrae más. Lo dice muy bien Juan: «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es Amor» (1 Jn 4, 16).
Esta fe crece y da frutos sólo cuando permanecemos día a día unidos a Cristo, es decir, motivados y sostenidos por su Espíritu y su Palabra: «El que permanece unido a mí, como yo estoy unido a él, produce mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada».
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EL LABRADOR, LA VID Y LOS SARMIENTOS
José Luis Sicre
Una anécdota y un consejo
Hace años un amigo tuvo que predicar este domingo en un pueblo de la Axarquía malagueña, donde los hombres estaban acostumbrados a ir todos los días al bar a tomar una copa de vino. Un sitio ideal para hablar de la vid y los sarmientos. Sin embargo, cuando terminó la misa, le preguntaron llenos de curiosidad: “Padre, ¿qué es la vid?” En aquel pueblo a las vides las llaman cepas. No se habían enterado de nada.
Experiencia parecida tuve yo la primera vez que di charlas bíblicas en Centroamérica. La gente nunca había visto una vid o un olivo. Por desgracia, Jesús nunca contó la parábola del buen cafetero.
Lo primero que debe preguntarse el que vaya a tener una homilía este domingo es si la gente entenderá una parábola contada en una cultura campesina y mediterránea. En nuestros días, Jesús probablemente habría contado otra muy distinta en la forma, aunque idéntica en el fondo. Una parábola en la que el Padre es un informático, Jesús la corriente eléctrica y nosotros ordenadores (computadoras) que no pueden funcionar si no están conectados a él. Incluso a los que funcionan bien, el Padre los limpia a fondo para que funcionen mejor. Pero esta adaptación, aparte de ser mucho menos poética, comete el mismo error: quien no viva en una cultura tecnológica no la entenderá; y dentro de unos años, cuando los ordenadores no necesiten estar conectados a la red, la parábola perdería su sentido. Más vale atenerse a la imagen original.
El labrador, la vid y los sarmientos
Este pasaje se conoce como «la parábola de la vid y los sarmientos». Título erróneo, porque no tiene en cuenta al protagonista principal, el labrador, que es quien poda, arranca y tira los sarmientos que no dan fruto. Y más bien que parábola es una fábula, donde los protagonistas son animales o plantas que pueden hablar y actuar. En este caso, los protagonistas secundarios, los sarmientos, no hablan, pero sí actúan. Algunos deciden mantenerse unidos a la vid, y dan fruto abundante. Otros deciden independizarse, corto, en este caso alejándose del tronco, recuerda la fábula de Yotán, que comienza: «Se pusieron en marcha los árboles para elegirse un rey»).
El título habitual subraya la importancia de la vid. Y en parte lleva razón: de estar unidos a ella o separados de ella depende el futuro de los sarmientos. Pero la vid no hace nada. Simplemente está ahí. Todas las acciones las realizan el labrador o los sarmientos. Enfoque curioso, que nos obliga a reflexionar sobre la importancia de Dios Padre en la vida del cristiano; y el papel fundamental de Jesús, aunque a veces tengamos la impresión de que no hace nada en nuestra vida.
1ª lectura: la poda de Dios
La fábula destaca una de las acciones que realiza el labrador: «a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto». Podar es cortar, herir al árbol, despojarlo de algo que le ha costado tiempo y esfuerzo producir. Pero el campesino lo hace para que esté más sano y fuerte. Estas palabras del evangelio se pueden aplicar muy bien a lo que cuenta de Pablo la primera lectura. Después de su conversión, podría esperar que lo recibieran muy bien en Jerusalén. Pero ocurre algo muy distinto: no se fían de él, lo rehúyen, hasta que Bernabé lo presenta a los apóstoles. Cuando comienza a predicar, los judíos de lengua griega intentan eliminarlo y debe huir a Tarso. En realidad, toda la vida de Pablo fue una gran poda, una vida llena de persecuciones y sufrimientos. Pero a través de ellos se convirtió en el mayor de los apóstoles. Dio mucho fruto. Una buena enseñanza para los que quisiéramos que todo nos fuera bien en la vida, sin ningún tipo de dificultades.
2ª lectura: cómo permanecer unidos a la vid
El evangelio insiste en la necesidad de que el sarmiento esté unido a la vid. La segunda lectura nos indica el modo concreto de mantener la unión. «Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él». «Y éste es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros, tal como nos lo mandó.» El texto, como es habitual en Juan, resulta complicado y mezcla diversos temas: el amor falso y el verdadero, el complejo de culpabilidad, la confianza en Dios, la observancia de los mandamientos, la fe en Jesús y el amor mutuo, la permanencia en Dios y el don del Espíritu. Siguiendo la metáfora del evangelio, es una vid demasiado frondosa que conviene podar. Bastaría recordar que amar de verdad y con obras equivale a creer en Jesús y amarnos unos a otros. Esa es la forma de permanecer unidos a la vid y la única garantía de que daremos fruto como cristianos.