DOMINGO 4º DE PASCUA /B
Domingo del Buen Pastor y de las Vocaciones
Juan 10,11-0

Resumen del Mensaje para la Jornada de las Vocaciones 2024
“Llamados a sembrar la esperanza y a construir la paz“
Cada año la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones nos invita a considerar el precioso don de la llamada que el Señor nos dirige a cada uno de nosotros, su pueblo fiel en camino, para que podamos ser partícipes de su proyecto de amor y encarnar la belleza del Evangelio en los diversos estados de vida. Escuchar la llamada divina, lejos de ser un deber impuesto desde afuera, incluso en nombre de un ideal religioso, es, en cambio, el modo más seguro que tenemos para alimentar el deseo de felicidad que llevamos dentro. Nuestra vida se realiza y llega a su plenitud cuando descubrimos quiénes somos, cuáles son nuestras cualidades, en qué ámbitos podemos hacerlas fructificar, qué camino podemos recorrer para convertirnos en signos e instrumentos de amor, de acogida, de belleza y de paz, en los contextos donde cada uno vive.
Un pueblo en camino
La polifonía de los carismas y de las vocaciones, que la comunidad cristiana reconoce y acompaña, nos ayuda a comprender plenamente nuestra identidad como cristianos. Como pueblo de Dios que camina por los senderos del mundo, animados por el Espíritu Santo e insertados como piedras vivas en el Cuerpo de Cristo, cada uno de nosotros se descubre como miembro de una gran familia, hijo del Padre y hermano y hermana de sus semejantes. No somos islas encerradas en sí mismas, sino que somos partes del todo. Por eso, la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones lleva impreso el sello de la sinodalidad: muchos son los carismas y estamos llamados a escucharnos mutuamente y a caminar juntos para descubrirlos y para discernir a qué nos llama el Espíritu para el bien de todos.
Además, en el presente momento histórico, el camino común nos conduce hacia el Año Jubilar del 2025. Caminamos como peregrinos de esperanza hacia el Año Santo para que, redescubriendo la propia vocación y poniendo en relación los diversos dones del Espíritu, seamos en el mundo portadores y testigos del anhelo de Jesús: que formemos una sola familia, unida en el amor de Dios y sólida en el vínculo de la caridad, del compartir y de la fraternidad.
Peregrinos de esperanza y constructores de paz
Pero, ¿qué significa ser peregrinos? Quien comienza una peregrinación procura ante todo tener clara la meta, que lleva siempre en el corazón y en la mente. Pero, al mismo tiempo, para alcanzar ese objetivo es necesario concentrarse en la etapa presente, y para afrontarla se necesita estar ligeros, deshacerse de cargas inútiles, llevar consigo lo esencial y luchar cada día para que el cansancio, el miedo, la incertidumbre y las tinieblas no obstaculicen el camino iniciado. De este modo, ser peregrinos significa volver a empezar cada día, recomenzar siempre, recuperar el entusiasmo y la fuerza para recorrer las diferentes etapas del itinerario que, a pesar del cansancio y las dificultades, abren siempre ante nosotros horizontes nuevos y panoramas desconocidos.
La valentía de involucrarse
Por todo esto les digo una vez más, como durante la Jornada Mundial de la Juventud en Lisboa: “Rise up! – ¡Levántense!”. Despertémonos del sueño, salgamos de la indiferencia, abramos las rejas de la prisión en la que tantas veces nos encerramos, para que cada uno de nosotros pueda descubrir la propia vocación en la Iglesia y en el mundo y se convierta en peregrino de esperanza y artífice de paz. Apasionémonos por la vida y comprometámonos en el cuidado amoroso de aquellos que están a nuestro lado y del ambiente donde vivimos. Se los repito: ¡tengan la valentía de involucrarse!
Levantémonos, por tanto, y pongámonos en camino como peregrinos de esperanza, para que, como hizo María con santa Isabel, también nosotros llevemos anuncios de alegría, generaremos vida nueva y seamos artesanos de fraternidad y de paz.
El Pastor Bueno abraza al mundo entero en su Corazón
Romeo Ballan mccj
La primera imagen que los cristianos utilizaron, ya desde los tiempos de las catacumbas, para representar a Jesucristo, fue la del Buen Pastor, muchos siglos antes del crucifijo. “El Buen Pastor es la versión dulce del crucifijo. Dulce solamente en cuanto a la imagen, porque la sustancia es la misma. En efecto, en el pasaje de Juan la frase «dar la vida» explica lo que significa «bueno», y se repite hasta cinco veces” (D. Pezzini). Jesús subraya (Evangelio) que “el buen pastor da la vida por las ovejas” (v. 11.15). Jesús se ha identificado con la imagen bíblica del pastor (cfr. Éxodo, Ezequiel, Salmos…), que el evangelista Juan lee en clave mesiánica. Abundan las expresiones que indican la estrecha relación que se entabla entre el pastor y las ovejas: entrar-salir, llamar-escuchar, caminar-seguir, abrir, conducir, guiar, conocer, dar la vida… Hasta la identificación plena de Jesús con ‘el buen pastor que da la vida por las ovejas’ (v. 11.14). Es interesante notar que el texto griego emplea la expresión “pastor hermoso” (v. 11.14), es decir, bueno, perfecto, que une en sí la perfección ética y estética. Bella, es decir, buena, es una persona, un alma, una cosecha, una pareja, etc. Así es, porque “la belleza salvará al mundo”, como afirman varios autores modernos: F. M. Dostoievski, Card. Carlos M. Martini, B. Forte, O. Paz, L. Esquivel.
Jesús entrega su vida por todos, cercanos y lejanos; Él tiene también otras ovejas a las que debe recoger, hasta formar un solo rebaño con un solo pastor (v. 16). Él no renuncia a ninguna oveja, aunque estén lejos o no le conozcan: todas deben entrar por la puerta que es Él mismo, (cfr. Jn 10,7.9), porque Él es el único salvador. La misión de la Iglesia se mueve con estos parámetros de universalidad: vida ofrecida por todos, perspectiva del único rebaño, vida en abundancia… Aunque la grey sea numerosa, nadie sobra, nadie queda perdido en el anonimato; antes bien, las relaciones son personales: el pastor conoce a sus ovejas, y estas lo conocen (v. 14), las llama a cada una por su nombre (v. 3). Se establece una circularidad de vida y de relaciones entre el Padre, Jesús y las ovejas, todos animados por un lazo común de conocimiento y de amor (v. 15). Esta circularidad se convierte en modelo para la misión de la Iglesia.
El amor intenso del Buen Pastor que da la vida por las ovejas produce frutos maravillosos: nos hace hijos de Dios (II lectura). Juan nos lo asegura: “¡Pues lo somos!” Y un día veremos a Dios “tal cual es” (v. 1-2). Con el ofrecimiento de su vida, el Buen Pastor se convierte en el Salvador único y universal de todos. Lo afirma con decisión el apóstol Pedro, hablando de Jesucristo ante el Sanedrín (I lectura): “Ningún otro puede salvar; bajo el cielo, no se nos ha dado otro nombre que pueda salvarnos” (v. 12).
Hoy es también la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. La vocación de especial consagración (sacerdocio, vida consagrada, vida misionera, servicios laicales…) se enraíza y se fortalece en la experiencia personal de sentirse amado y llamado por Alguien que existe antes que uno. Para cualquier tipo de vocación, es determinante sentir como verdadera la palabra de Jesús: “Conozco a mis ovejas y las mías me conocen” (v. 14). Se trata de una experiencia fundante: sentirse conocidos y amados por Dios te hace vivir, te da seguridad, te hace sentir hijo y hermano, te hace discípulo-misionero, que camina tras las huellas de Jesús-Buen Pastor.
Saber que vives y vienes del corazón de Dios te abre al mundo, te da ánimo para compartir los proyectos y las preocupaciones del Pastor Bueno, que tiene “además otras ovejas” (v. 16) que recoger, guiar y salvar. La cercanía y la contemplación del Pastor Bueno te hacen Iglesia misionera, con horizontes tan grandes como el mundo entero. Para eso es necesario abrir las parroquias y las comunidades para que no sean tan solo rebaños cerrados donde se cuida de la gente que ha quedado, sino más bien comunidades que salen, plataformas donde se experimenta el encuentro con el Señor Resucitado y de donde se sale para anunciar a Jesús a los cercanos y a los que están lejos. El reto – ¡grande y gozoso reto! – para cada uno de nosotros, sacerdotes-religiosas-seglares, es hacerse cargo de los necesitados, como lo hizo el buen samaritano. Dicho en palabras de hoy: hacer nuestra la expresión inglesa “I care”, es decir: me importa, me hago cargo, lo asumo.
PASSADO, PRESENTE Y FUTURO
José Luis Sicre
En los domingos anteriores se han recordado diversas apariciones de Jesús resucitado. A partir de este domingo, y hasta la Ascensión, las lecturas del evangelio, tomadas siempre del evangelio de Juan, se centrarán en diversos aspectos de la relación entre Jesús y el cristiano: buen pastor, vid y sarmientos, mandamiento nuevo, oración sacerdotal.
No es fácil encontrar una relación entre las tres lecturas de hoy porque se usan imágenes muy distintas: Piedra angular para hablar de Jesús (1ª lectura); Padre e hijos para hablar de Dios y nosotros (2ª lectura); pastor y rebaño, para hablar de Jesús y nosotros (evangelio). Buscando una relación entre ellas la vería en el ritmo del tiempo (pasado, presente y futuro) de Jesús y de nosotros.
Pasado y presente de Jesús (Hechos 4,8-12)
El domingo pasado leímos parte del discurso pronunciado por Pedro después de la curación de un paralítico, atribuida a Jesús, condenado a muerte por las autoridades pero resucitado por Dios. Los sacerdotes, el comisario del templo y los saduceos se irritan al escuchar sus palabras, y al día siguiente los convocan ante el Consejo y los interrogan.
En la respuesta de Pedro hay que recordar que, para un judío, el nombre equivale a la persona. El nombre de Jesús es Jesús. En estas pocas palabras se resume su pasado y su presente. El pasado ofrece una imagen de Jesús totalmente pasiva: no se recuerda su predicación ni sus milagros. Solo se cuenta lo que hicieron con él las autoridades judías y Dios. Las autoridades lo rechazaron y crucificaron; Dios los resucitó y convirtió en piedra angular. De esto se deduce su situación presente: él es quien ha curado al paralítico y el único que puede salvarnos a todos nosotros.
Presente y futuro del cristiano (1 Juan 3, 1-2)
La 1ª lectura hablaba del pasado y el presente de Jesús. Esta 2ª habla de nuestro presente y nuestro futuro. El presente: somos hijos de Dios. El futuro: seremos semejantes a Dios. Cuando nace un niño siempre se buscan parecidos con el padre, la madre y otros miembros de la familia. Para el autor de la carta, nuestra semejanza con Dios no es algo que se perciba ya desde ahora; se manifestará en el futuro, cuando veamos a Dios cara a cara. Pero eso no impide que seamos ya realmente hijos de Dios. Lástima que esto no se valore. Si fuéramos hijos de un deportista famoso o de un cantante de moda, todos querrían hacerse una foto con nosotros.
Pasado y futuro de Jesús (Juan 10, 11-18)
La imagen del pastor era frecuente en el Antiguo Oriente para referirse al rey: simbolizaba la relación correcta con sus súbditos, que no debía ser despótica sino preocupada por su bienestar. Jesús se la aplica, pero llegando a un extremo que no se da entre los pastores: da la vida por sus ovejas. Es cierto que un pastor, a diferencia del asalariado, está dispuesto a luchar con el lobo para defender al rebaño. Pero no es normal que esté dispuesto a morir por sus ovejas. A tanto no llega. Jesús, en cambio, ve así su misión: dar la vida por ellas. No lo hace por obligación, forzado, sino libremente. Sabiendo que esa vida que entrega la podrá recuperar. Y esto tampoco puede hacerlo un pastor normal y corriente. Aunque el evangelio hable de Jesús como «el buen pastor» debería haber dicho: bueno y excepcional.
Este pasaje concede también especial importancia al futuro de Jesús: a su labor con respecto a otras ovejas, a las que debe buscar para que haya un solo rebaño y un solo pastor. Es una referencia a las comunidades cristianas que se irían formando en países paganos, y a todos nosotros.
Relacionando las tres lecturas, Jesús, buen pastor, nos ha salvado y nos ha conseguido el ser hijos de Dios. A nosotros nos corresponde escuchar su voz y agradecerle el don que nos ha hecho.
BUSCAR DESDE DENTRO
José A. Pagola
Escucharán mi voz.
No se pueden diseñar programas o técnicas que conduzcan automáticamente hasta Dios. No hay métodos para encontrarse con él de forma segura. Cada uno ha de seguir su propio camino, pues cada uno tiene su manera de abrirse al misterio de Dios. Sin embargo, no todo favorece en igual medida el despertar de la fe.
Hay personas que nunca hablan de Dios con nadie. Es un tema tabú; Dios pertenece al mundo de lo privado. Pero luego tampoco piensan en él ni lo recuerdan en la intimidad de su conciencia. Esta actitud, bastante frecuente incluso entre quienes se dicen creyentes, conduce casi siempre al debilitamiento de la fe. Cuando algo no se recuerda nunca, termina muriendo por olvido e inanición.
Hay, por el contrario, personas que parecen interesarse mucho por lo religioso. Les gusta plantear cuestiones sobre Dios, la creación, la Biblia …. Hacen preguntas y más preguntas, pero no esperan la respuesta. No parece interesarles. Naturalmente, todas las palabras son vanas si no hay una búsqueda sincera de Dios en nuestro interior. Lo importante no es hablar de «cosas de religión», sino hacerle un sitio a Dios en la propia vida.
A otros les gusta discutir sobre religión. No saben hablar de Dios si no es para defender su propia posición y atacar la del contrario. De hecho, muchas discusiones sobre temas religiosos no hacen sino favorecer la intolerancia y el endurecimiento de posturas. Sin embargo, quien busca sinceramente a Dios, escucha la experiencia de quienes creen en él e incluso, la de quienes lo han abandonado. Yo tengo que encontrar mi propio camino, pero me interesa conocer dónde encuentran los demás sentido, aliento y esperanza para enfrentarse a la existencia.
En cualquier caso, lo más importante para orientarnos hacia Dios es invocarlo en lo secreto del corazón, a solas, en la intimidad de la propia conciencia. Es ahí donde uno se abre confiadamente al misterio de Dios o donde decide vivir solo, de forma atea, sin Dios. Alguien me dirá: «Pero, ¿cómo puedo yo invocar a Dios si no creo en él ni estoy seguro de nada?» Se puede. Esa invocación sincera en medio de la oscuridad y las dudas es, probablemente, uno de los caminos más puros y humildes para abrirnos al Misterio y hacernos sensibles a la presencia de Dios en el fondo de nuestro ser.
El cuarto evangelio nos recuerda que hay ovejas que «no son del redil» y viven lejos de la comunidad creyente. Pero Jesús dice: «También a ésas las tengo que atraer, para que escuchen mi voz». Quien busca con verdad a Dios escucha, tarde o temprano, esta atracción de Jesús en el fondo de su corazón. Primero con reservas tal vez, luego con más fe y confianza, un día con alegría honda.
DESDE ABAJO
La imagen del pastor está cargada de simbolismo religioso en la tradición bíblica. El pastor simboliza al jefe que gobierna y que dirige al pueblo. Su principal tarea es vigilar, guiar y proteger al rebaño. Dios es «el pastor de Israel» porque conduce al pueblo, vela por él y lo protege. Ese es también hoy su principal significado cuando se habla en la Iglesia de los pastores que «guían al pueblo».
Sin embargo, cuando los primeros cristianos hablan de Jesús como «buen pastor», no lo hacen sobre todo para presentarlo como jefe y caudillo de un pueblo, sino para destacar su preocupación por la vida de las personas. Jesús es «buen pastor», no porque sabe gobernar, conducir y vigilar mejor que nadie, sino porque es capaz de «dar su vida» por los demás.
Esta teología del Buen Pastor recoge bien la actuación de Jesús. Su primera preocupación no fue salvaguardar la doctrina, vigilar la moral o controlar la liturgia, sino desvivirse por la gente, luchar contra el sufrimiento bajo todas sus formas y trabajar por una vida más digna y dichosa para todos, llegando «hasta dar su vida» en este empeño. La Iglesia tiene la responsabilidad de invitar y orientar a los creyentes hacia la verdad de Cristo, pero Cristo se dedicaba precisamente a quitar sufrimientos y dar vida. Sólo desde ahí revelaba y anunciaba al verdadero Dios.
En estos tiempos en que tanta gente «abandona el rebaño» y se aleja de la fe, la mejor manera de guiar hacia la «verdad de Cristo» sería ver a una Iglesia dedicada en cuerpo y alma a que la gente sea más dichosa, se sientan menos desamparada y más protegida contra el mal y el sufrimiento.
Los mismos cristianos que confesaron a Jesús como «pastor», le presentaron también como «cordero» sacrificado por los demás. Es un buen recordatorio para los pastores de la comunidad cristiana. El trabajo pastoral no se hace imponiéndose «desde arriba», sino sirviendo desde abajo. No se conduce hacia Cristo desde el poder y el dominio, sino desde la compasión y la lucha contra el sufrimiento y desamparo.