Domingo de Ramos (B)
Marcos 14,1 – 15,47

BENDITO EL QUE VIENE
“El Señor lo necesita, y lo devolverá pronto”. Con esas palabras los discípulos de Jesús han de disculpar a su Maestro, cuando alguien les pregunte en Betfagé por qué están desatando al borrico (Mc 11,1-10).
Jesús sabe que sus discípulos van a encontrar un pollino apenas entren en la aldea. Y así ocurre en la realidad. Lo encuentran en la calle, atado junto a la puerta de una casa. Parece que Jesús tiene conocidos y amigos en el camino que va de Betania a Jerusalén, pasando por el Monte de los Olivos. Seguramente lo ha recorrido muchas veces.
El salmo responsorial es una premonición o profecía de lo que había de ser la condena y la pasión de Jesús. Tras evocar la serie de sus tormentos, dedicamos nuestra atención al final del salmo, que proclama su señorío: “Del Señor es el reino. Él gobierna a los pueblos… Me hará vivir para él, mi descendencia le servirá” (Sal 21,29-31).
San Pablo recoge un himno en el que se canta que Cristo se rebajó hasta la muerte y por eso Dios lo levantó sobre todo y el dio el “Nombre sobre todo nombre” (Flp 2,6-11).
RAMOS Y PALMAS
El evangelio que hoy se lee antes de la procesión anota sencillamente que Jesús se sentó sobre el pollino. Seguramente, aquella acción ya dejaba entender que se trataba de un gesto significativo de la misión de Jesús.
Además, el texto nos sitúa intencionadamente en el “camino”. Había llegado la hora de que Jesús culminara su peregrinación. A lo largo de los caminos se había encontrado con los enfermos y los pobres, con los pecadores y los marginados de la sociedad.
Ahora, los peregrinos que venían acompañándolo, le rendían honores al extender por el suelo sus mantos y los ramos de palmas y de olivos.
EL REINADO DE DAVID
La tercera parte del relato, recoge los gritos de los que precedían y seguían a Jesús desde Betfagé hasta la Ciudad Santa:
• “¡Hosanna!” Esa antigua aclamación al rey (2Sam 14,4), se incluía ya en los salmos como una súplica de ayuda (Sal 118,25). En este caso era un grito de saludo y de alegría.
• “Bendito el que viene en el nombre del Señor”. También estas palabras se atribuían al rey que regresaba victorioso a Jerusalén. En esta ocasión eran muy adecuadas puesto que Jesús había venido y llegaba ahora en el nombre de Dios.
• “Bendito el reino, que viene de nuestro padre David”. Los pobres y los humildes siempre habían deseado que se recuperase el reinado de David. Ahora, sus voces manifestaban su anhelo de un mundo de paz y de justicia.
• “Hosanna en las alturas”. Esa era una alabanza habitual al Dios Altísimo. Con motivo de la entrada de Jesús en Jerusalén, había llegado la hora de dar gracias al Señor, cuyo nombre no se podía pronunciar.
– Señor Jesús, nosotros creemos que tú llegas a nosotros en son de paz. Queremos acogerte en nuestra intimidad y en esta sociedad que pretende ignorarte. Danos la sencillez de los humildes para que podamos dar testimonio público de tu presencia y de tu mensaje. Amén.
José-Román Flecha Andrés
El Cirineo, hombre de África: del rechazo al servicio
Romeo Ballan mccj
El ingreso en la Semana Santa, la semana grande del amor hasta las últimas consecuencias (Jn 13,1), queda marcado este año por la narración de la pasión y muerte de Cristo, escrita por el evangelista Marcos (Evangelio). Esa Passio no es tan solo una historia del pasado: los mismos acontecimientos se repiten hoy. Los personajes de entonces (Caifás, Herodes, Pilato, fariseos, sacerdotes, Pedro, Judas, Cirineo, piadosas mujeres, soldados, Centurión, José de Arimatea…) son emblemáticos de lo que ocurre hoy con relación a Cristo y a los que sufren, con los que Él se identifica (cfr. Mt 25,35s).
En efecto, toda persona puede jugar, en el bien o en el mal, el rol de uno u otro de esos personajes. Cada uno puede ser, por ejemplo, como el Cirineo, personaje que, según el evangelista Marcos, tuvo un encuentro sorprendente con ese Condenado: “A uno que pasaba, de vuelta del campo, a Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo, lo forzaron a llevar la cruz” (v. 15,21; cfr. Rm 16,13). Desde entonces el Cirineo (hombre de Cirene, ciudad del norte de África, en la Libia actual) se ha convertido en un icono del hombre que, instintivamente, rechaza la carga ajena, más aún si se trata de un condenado; sin embargo, cuando descubre el rostro y el corazón de ese Desconocido, se enamora de Él junto con toda su familia.
El Cirineo se convierte, de este modo, en hermano del Buen Samaritano, de la Verónica y de sus seguidores, que, por los caminos infinitos del dolor humano, se entregan, por puro amor, en favor de las víctimas de las injusticias. Dos voces creíbles y coincidentes nos llegan de África, ambas de Camerún, para comentar el icono del Cirineo: son el P. Mveng y Benedicto XVI. La voz del P. Engelbert Mveng, jesuita camerunés, teólogo, poeta y artista, asesinado en 1995, aparece en su Viacrucis: “Si alguien…” (Ed. Mame, Tours 1961), enriquecida con los típicos dibujos de su taller de arte africano. En la V estación del Viacrucis, el P. Mveng presenta con pasión y admiración al Cireneo, “un hombre de África”:
«Un pobre hombre fatigado; vuelve del campo; ¡es un hombre de África!
La fatiga de la jornada trenza en su cabeza un largo estribillo,
el peso del día oprime como un bólido sus pasos inciertos,
sus labios temblorosos,
su corazón jadeante que ya no puede más…
Un pobre hombre de África…
No es un Diputado, ni un Consejero, ni un Noble
a quien se escucha en las reuniones de protocolo.
Los soldados que van delante de él no le guardarán las espaldas,
los pasajeros nunca le dirán “¡Buenas tardes, Señor! “…
Es un pobre hombre de África, con un andar tímido,
que lleva sobre sí un firmamento de misterio…
Uno de esos hombres a quien no se comprende,
esos hombres que no se comprenden a sí mismos,
que llevan colgado en su alma un nido de silencio
donde Dios canta melodías desconocidas para otros hombres;
un gran sello de silencio donde Dios inscribe una llamada de Amor…
que toca el fondo de su Corazón.
Y ved cómo se le agarra, se le zarandea, se le arrastra,
se le obliga a llevar la Cruz de un Condenado…
Y Jesús, en pie, le esperaba como un hermano…
A este hombre de África que apenas entendía,
que estaba fatigado y que no quería saber nada
de la cruz de un condenado…
A este, Jesús le esperaba como un hermano,
y en su corazón, todo fatiga y amor,
su mano firmaba el gran pacto de la Llamada
en el cruce de los caminos de sus dos vidas…
En el horizonte de la mirada de Simón,
hombre de Cirene, hombre de África,
Amanecía la redención del mundo.
Jesús, Tú me esperas a mí también:
aquí estoy con Simón, el hombre de Cirene».
(E. Mveng).
Benedicto XVI, en su viaje a África, se encontró el 19 de marzo de 2009, en Yaundé (Camerún), con el mundo del sufrimiento, delante del cual se inspiró ampliamente en el icono del Cirineo:
«La historia nos recuerda que un africano, un hijo de vuestro Continente, participó con su propio sufrimiento en la pena infinita de Aquel que ha redimido a todos los hombres, incluidos sus perseguidores. Simón de Cirene no podía saber que tenía ante sí a su Salvador. Fue ‘reclutado’ para ayudar (Mc 15,21); se vio obligado, forzado a hacerlo… Solo después de la resurrección pudo entender lo que había hecho… Solo la victoria final del Señor nos revelará el sentido definitivo de nuestras pruebas… Pido, queridos hermanas y hermanos enfermos, que se acerquen también a vuestra cabecera muchos Simón de Cirene».
IDENTIFICADO CON LAS VÍCTIMAS
José Antonio Pagola
Ni el poder de Roma ni las autoridades del Templo pudieron soportar la novedad de Jesús. Su manera de entender y de vivir a Dios era peligrosa. No defendía el imperio de Tiberio, llamaba a todos a buscar el reino de Dios y su justicia. No le importaba romper la ley del sábado ni las tradiciones religiosas, solo le preocupaba aliviar el sufrimiento de las gentes enfermas y desnutridas de Galilea.
No se lo perdonaron. Se identificaba demasiado con las víctimas inocentes del imperio y con los olvidados por la religión del templo. Ejecutado sin piedad en una cruz, en él se nos revela ahora Dios, identificado para siempre con todas las víctimas inocentes de la historia. Al grito de todos ellos se une ahora el grito de dolor del mismo Dios.
En ese rostro desfigurado de Jesús Crucificado se nos revela un Dios sorprendente, que rompe nuestras imágenes convencionales de Dios y pone en cuestión toda práctica religiosa que pretenda dar culto a Dios olvidando el drama de un mundo donde se sigue crucificando a los más débiles e indefensos.
Si Dios ha muerto identificado con las víctimas, su crucifixión se convierte en un desafío inquietante para los seguidores de Jesús. No podemos separar a Dios del sufrimiento de los inocentes. No podemos adorar a Jesús en la Cruz y vivir de espaldas al sufrimiento de tantos seres humanos destruidos por el hambre, las guerras, la miseria…
Dios nos sigue apelando desde los crucificados de nuestros días. No nos está permitido seguir viviendo como espectadores de ese sufrimiento inmenso alimentando una ingenua ilusión de inocencia. Nos hemos de rebelar contra esa cultura del olvido, que nos permite aislarnos de los crucificados desplazando el sufrimiento injusto que hay en el mundo hacia una “lejanía” donde desaparece todo clamor, gemido o llanto.
No nos podemos encerrar en nuestra “sociedad del bienestar”, ignorando a esa otra “sociedad del malestar” en la que millones de seres humanos nacen solo para extinguirse a los pocos años de una vida que solo ha sido muerte. No es humano ni cristiano instalarnos en la seguridad olvidando a quienes solo conocen una vida insegura y amenazada.
Cuando los cristianos levantamos nuestros ojos hasta el rostro de Jesús Crucificado, contemplamos el amor insondable de Dios, entregado hasta la muerte por nuestra salvación. Si lo miramos más detenidamente, pronto descubrimos en ese rostro el de tantos otros crucificados que, lejos o cerca de nosotros, están reclamando nuestro amor solidario y compasivo.
José Pagola
EL GESTO SUPREMO
Jesús contó con la posibilidad de un final violento. No era un ingenuo, sabía qué se exponía si seguía insistiendo en el proyecto del reino de Dios. Era imposible buscar con tanta radicalidad una vida digna para los «pobres» y los «pecadores», sin provocar la reacción de aquellos a los que no interesaba cambio alguno.
Ciertamente, Jesús no es un suicida. No busca la crucifixión. Nunca quiso el sufrimiento ni para los demás ni para él. Toda su vida se había dedicado a combatirlo allí donde lo encontraba: en la enfermedad, en las injusticias, en el pecado o en la desesperanza. Por eso no corre ahora tras la muerte, pero tampoco se echa atrás. Seguirá acogiendo a pecadores y excluidos aunque su actuación irrite en el templo. Si terminan condenándolo, morirá también él como un delincuente y excluido, pero su muerte confirmará lo que ha sido su vida entera: confianza total en un Dios que no excluye a nadie de su perdón.
Seguirá anunciando el amor de Dios a los últimos, identificándose con los más pobres y despreciados del imperio, por mucho que moleste en los ambientes cercanos al gobernador romano. Si un día lo ejecutan en el suplicio de la cruz, reservado para esclavos, morirá también él como un despreciable esclavo, pero su muerte sellará para siempre su fidelidad al Dios defensor de las víctimas. Lleno del amor de Dios, seguirá ofreciendo «salvación» a quienes sufren el mal y la enfermedad: dará «acogida» a quienes son excluidos por la sociedad y la religión; regalará el «perdón» gratuito de Dios a pecadores y gentes perdidas, incapaces de volver a su amistad. Ésta actitud salvadora que inspira su vida entera, inspirará también su muerte.
Por eso a los cristianos nos atrae tanto la cruz. Besamos el rostro del Crucificado, levantamos los ojos hacia él, escuchamos sus últimas palabras… porque en su crucifixión vemos el servicio último de Jesús al proyecto del Padre, y el gesto supremo de Dios entregando a su Hijo por amor a la humanidad entera. Es indigno convertir la semana santa en folclore o reclamo turístico. Para los seguidores de Jesús celebrar la pasión y muerte del Señor es agradecimiento emocionado, adoración gozosa al amor «increíble» de Dios y llamada a vivir como Jesús solidarizándonos con los crucificados.
José Pagola
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Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios
Fidel Catalán
Hoy, en la Liturgia de la palabra leemos la pasión del Señor según san Marcos y escuchamos un testimonio que nos deja sobrecogidos: «Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios» (Mc 15,39). El evangelista tiene mucho cuidado en poner estas palabras en labios de un centurión romano, que atónito, había asistido a una más de entre tantas ejecuciones que le debería tocar presenciar en función de su estancia en un país extranjero y sometido.
No debe ser fácil preguntarse qué debió ver en Aquel rostro -a duras penas humano- como para emitir semejante expresión. De una manera u otra debió descubrir un rostro inocente, alguien abandonado y quizá traicionado, a merced de intereses particulares; o quizá alguien que era objeto de una injusticia en medio de una sociedad no muy justa; alguien que calla, soporta e, incluso, misteriosamente acepta todo lo que se le está viniendo encima. Quizá, incluso, podría llegar a sentirse colaborando en una injusticia ante la cual él no mueve ni un dedo por impedirla, como tantos otros se lavan las manos ante los problemas de los demás.
La imagen de aquel centurión romano es la imagen de la Humanidad que contempla. Es, al mismo tiempo, la profesión de fe de un pagano. Jesús muere solo, inocente, golpeado, abandonado y confiado a la vez, con un sentido profundo de su misión, con los “restos de amor” que los golpes le han dejado en su cuerpo.
Pero antes -en su entrada en Jerusalén- le han aclamado como Aquel que viene en nombre del Señor (cf. Mc 11,9). Nuestra aclamación este año no es de expectación, ilusionada y sin conocimiento, como la de aquellos habitantes de Jerusalén. Nuestra aclamación se dirige a Aquel que ya ha pasado por el trago de la donación total y del que ha salido victorioso. En fin, «nosotros deberíamos prosternarnos a los pies de Cristo, no poniendo bajo sus pies nuestras túnicas o unas ramas inertes, que muy pronto perderían su verdor, su fruto y su aspecto agradable, sino revistiéndonos de su gracia» (San Andrés de Creta).
Lectio Divina: Domingo de Ramos (B)
Marcos 14,1 – 15,47
El derrumbe final como nueva llamada
a) Clave de lectura
Generalmente, cuando leemos la historia de la pasión y muerte, miramos a Jesús y el sufrimiento que le infligieron. Pero vale la pena mirar también, por lo menos una vez, a los discípulos y ver cómo reaccionaron ante la cruz y como la cruz tuvo repercusiones en sus vidas; ¡porque la cruz sirve de piedra de comparación!
Marcos escribe para las comunidades de comienzos de los años setenta. Muchas de estas comunidades, tanto de Italia como de Siria, vivían su propia pasión. Se confrontaban con la Cruz de varios modos. Habían sido perseguidas en la época de Nerón, por los años sesenta, y muchos habían muerto, despedazados por feroces bestias. Otros habían traicionado, negado o abandonado su fe en Jesús, como por ejemplo Pedro, Judas y los discípulos. Otros se preguntaban: “¿Resistiré la persecución?”. Otros ya estaban cansados después de haber perseverados durante tantos esfuerzos, casi sin resultados. Entre los que habían abandonado la fe, algunos se preguntaban si fuese posible todavía volver a la comunidad. Querían recomenzar el camino, pero no sabían si el regreso era posible o no. ¡Una rama cortada no tiene raíces! Todos ellos tenían necesidad de motivaciones nuevas y fuertes para poder emprender de nuevo el camino. Tenían necesidad de una experiencia renovada del amor de Dios que superase los errores humanos. Pero, ¿dónde encontrarla?
Tanto para ellos como para todos nosotros, una respuesta se encuentra en los capítulos del 14 al 16 del Evangelio de Marcos, que describen la pasión, la muerte y la resurrección de Jesús. Porque en la pasión de Jesús, momento de la más grande derrota de los discípulos, se encuentra escondida la más grande esperanza. Miramos en el espejo de estos capítulos, para ver cómo los discípulos reaccionaron ante la cruz y como Jesús reacciona a la infidelidad y debilidad de los discípulos. Tratemos de descubrir cómo Marcos anima la fe de las comunidades y cómo describe quién es verdaderamente discípulo de Jesús.
b) Mirando en el espejo de la pasión para saber cómo ser un discípulo fiel:
El desastre final como nueva llamada para ser discípulo
En la historia de la pasión, muerte y resurrección de Jesús, vista por parte de los discípulos, la frecuencia con que en ella se habla de la incomprensión y del fallo de los discípulos corresponde, muy probablemente, a un hecho histórico. Pero el interés principal del evangelista no consiste en narrar lo que ha sucedido en el pasado, sino que quiere provocar una conversión en los cristianos de su tiempo y hacer surgir en todos ellos y en todos nosotros una nueva esperanza, capaz de superar el desánimo y la muerte. Tres cosas sobresalen y deben ser consideradas a fondo:
- El fallo de los elegidos: Estos doce especialmente llamados y elegidos por Jesús (Mc 3,13-19) y por Él enviados a la misión (Mc 6,7-13), fallan. Fallo completo. Judas traidor, Pedro lo niega, todos huyen, ninguno queda. ¡Dispersión total! Aparentemente, no hay mucha diferencia entre ellos y las autoridades que decretan la muerte de Jesús. Como sucede con Pedro, también ellos quieren eliminar la cruz y quieren un Mesías glorioso, rey, hijo de Dios bendito. ¡Pero hay una profunda y real diferencial! Los discípulos, a pesar de todos sus defectos y debilidades, no tienen malicia. No tienen mala voluntad. Son un retrato casi fiel de todos nosotros que caminamos por el sendero de Jesús, cayendo incesantemente, pero ¡levantándonos siempre!
- La fidelidad de los no elegidos: Como contrapunto del fallo de algunos, aparece la fuerza de la fe de otros, de aquéllos que no formaban parte de los doce elegidos: 1. Una mujer anónima de Betania. Ella aceptó a Jesús como Mesías Siervo y, por esto, lo ungió, anticipándose así a la sepultura. Jesús la elogia. Ella es un modelo para todos. 2. Simón de Cirene, un padre de familia. Obligado por los soldados, hace lo que Jesús les había pedido a los discípulos que han huido. Lleva la cruz detrás de Jesús hasta el Calvario. 3. El centurión, un pagano. En la hora de la muerte, él hace la profesión de fe y reconoce al Hijo de Dios en el hombre torturado y crucificado, maldito según la ley de los judíos. 4. María Magdalena, María, la madre de Santiago y Salomé “y muchas otras mujeres que habían subido con él a Jerusalén (Mc 15,41). Ellas no abandonan a Jesús, sino que continúan con determinación a los pies de la cruz y cerca de la tumba de Jesús. 5. José de Arimatea, miembro del Sanedrín, que arriesgó todo pidiendo el cuerpo de Jesús para sepultarlo. Los Doce fallaron. La continuidad del mensaje del Reino no ha pasado a través de ellos, sino a través de otros, sobre todo mujeres, que recibirán la orden clara de hacer volver a los hombres tambaleantes (Mc 16,7). Y hoy, ¿por dónde pasa la continuidad del mensaje?
- El comportamiento de Jesús: El modo con el que el evangelio de Marcos presenta el comportamiento de Jesús durante la narración de la pasión es para dar esperanza hasta al discípulo más desanimado y miedoso. Porque por grande que haya sido la traición y el abandono de los Doce, ¡el amor de Jesús ha sido siempre más grande! En la hora del anuncio de la huida de los discípulos, ya advierte que le esperen en Galilea. Incluso sabiendo que se daría la traición (Mc 14.18), la negación (Mc 14,30) y la huida (Mc 14,27), cumple el gesto de la Eucaristía…… Y en la mañana de Pascua, el ángel, a través de las mujeres, envía un mensaje a Pedro que lo negó y a todos los que huyeron:¡Deben encontrarse en Galilea! Allí donde todo había comenzado, allí recomienza todo de nuevo. El fallo de los doce no provoca una rotura de la alianza sellada y confirmada en la sangre de Jesús.
c) El modelo del discípulo: Seguir, Servir, Subir
Marcos pone de relieve la presencia de las mujeres que siguen y sirven a Jesús desde el tiempo en que se hallaba en Galilea y que habían subido con Él a Jerusalén (Mc 15,40-41). Marcos usa tres palabras para definir la relación de las mujeres con Jesús: ¡Seguir! ¡Servir! ¡Subir! Ellas “seguían y le servían” a Jesús y junto con otras mujeres “subieron con Él a Jerusalén” Son las tres palabras que definen al discípulo o discípula ideal. Son el modelo para los otros discípulos que habían huido.
- Seguir describe la llamada de Jesús y la decisión de seguirlo (Mc 1,18). Esta decisión supone dejar todo y correr el riego de ser matados (Mc 8,34; 10,28).
- Servir indica que ellas son verdaderas discípulas, porque el servicio es la característica del discipulado y de Jesús mismo (Mc 10,42-45).
- Subir indica que ellas son las testigos fieles de la muerte y de la resurrección de Jesús, porque, como los discípulos, lo acompañarán desde la Galilea hasta Jerusalén (Act 13,31). Testificarán la resurrección de Jesús, darán testimonio también de todo cuanto ellas mismas ven y experimentan. Es la experiencia de nuestro bautismo. “Por medio del bautismo hemos sido sepultados con Él en la muerte, porque como Cristo resucitó de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva (Rom 6,4). Por medio del bautismo, todos participamos de la muerte y resurrección de Jesús.