Domingo 4º de Cuaresma (B)
Domingo Laetare
Jn 3,14-21
En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: «Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.
‘Amor-misericordia’:
es el único juicio de Dios sobre el mundo
Romeo Ballan, mccj
“Tanto amó Dios al mundo…” (Evangelio, v. 16). Esta es la clave de lectura que la palabra de Dios nos ofrece en este domingo, para entrar con provecho en el misterio de la Pascua, ya cercana. Amor-misericordia: es la consigna, el único proyecto de nuestro Dios. Muerte y vida, juicio y salvación, condenación y fe, tinieblas y luz, mal y verdad… son algunas expresiones del dualismo característico de san Juan, que aparece también en el Evangelio de hoy. La historia humana de todos los tiempos está llena de estos contrastes, tensiones y victorias parciales: a veces del bien, otras del mal, según las fuerzas y acontecimientos que se entrecruzan y chocan. Lo que mayormente angustia el corazón humano es saber quién va a ser el más fuerte, quién prevalecerá al final, cuál será la palabra definitiva. El optimismo o la depresión, la esperanza o la desesperación dependen de la respuesta a este dilema.
El hombre es un ser en continua búsqueda de respuestas. Lo fue también Nicodemo, un fariseo de corazón sincero, que es el símbolo del hombre que busca. El evangelista Juan – en la conversación nocturna de Jesús con Nicodemo (Jn 3) – nos da la respuesta de esperanza: el amor de Dios prevalece sobre el mal del mundo. El juicio de Dios sobre el mundo es la salvación, que se nos ofrece como don: “por gracia habéis sido salvados” (II lectura, v. 5.8). La palabra definitiva de Dios no es la muerte, sino la vida: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna” (v. 3,16). La condenación, si se diera el caso, es una opción personal de algunos: es la suerte de quien, personalmente, prefiera las tinieblas a la luz y deteste la luz (v. 19-20). El proyecto de Dios es cabalmente y siempre para la vida. “Sobre el pecado y sobre el mal del mundo resplandece siempre la luz del amor de Dios” (F. Mauriac).
“Todas las religiones se han propuesto alejarse del mundo, han subrayado la infinita distancia entre Creador y criatura, han constatado la pesadez de la vida al punto de proponer un camino de alejamiento de la realidad. Nuestro Dios, al contrario, se liga al mundo, lo ama. Tanto. Ese ‘tanto’ revela un aspecto de Dios que demasiadas veces olvidamos: el exceso de amor de Dios por nosotros. Jesús, a continuación, nos recuerda que Dios no quiere juzgar al mundo, sino salvarlo. ¡Si lo creyéramos! Dejemos de creer en un Dios pronto a subrayar, como un antipático director de escuela, nuestras incongruencias; y, en cambio, abrámonos a ese ‘tanto amó al mundo’ que da un vuelco a las perspectivas”. (Pablo Curtaz)
La relectura de la historia del Pueblo de Israel, según el libro de las Crónicas (I lectura), se presenta en términos de pecado-castigo-salvación. El pecado era general: jefes, sacerdotes, pueblo… todos “multiplicaron sus infidelidades” (v. 14). Sin embargo, el Señor “tuvo compasión de su pueblo” y les envió desde el principio avisos por medio de sus mensajeros (v. 15). Tras derrotas, deportación y esclavitud, por fin se abre para el pueblo el camino del retorno a la patria. La liberación proclamada por Ciro, rey de Persia, se considera como la intervención final de Dios, quien da así cumplimiento a su promesa de salvación (v. 22).
Para San Pablo (II lectura), en el origen del proyecto divino sobre el mundo, hay un “Dios, rico en misericordia”, que ama con “gran amor” (v. 4), que ofrece su gracia sobreabundante y “su bondad para con nosotros en Cristo Jesús” (v. 7). En Él tenemos la salvación mediante la fe; “y es… un don de Dios” (v. 8). Este don no está reservado solo para algunos, sino que Dios lo ofrece a todos, aunque por caminos y tiempos diferentes. El signo de esta salvación universal es el Hijo del hombre elevado sobre la tierra en el desierto de este mundo. Él es el juicio de amor divino sobre el mundo: ¡un juicio de misericordia! Esa “misericordia de generación en generación” (Lc 1,50), que también María ha cantado con gozo y pasión tras el acontecimiento de la Anunciación del Señor.
Para no cerrar los ojos a la luz, es suficiente y necesario mirar hacia Él: Él es el Hijo, el primero de muchos hijos y hermanos, elevado a la vista de todos, “para que todo el que cree en Él tenga vida eterna” (Evangelio v. 14-15). La salvación es para todo el que cree, para el que eleva la mirada hacia Él, para aquellos que “mirarán al que atravesaron” (Jn 19,37). Tener fija la mirada de amor sobre Él es fuente de salvación y de misión, como San Daniel Comboni, en 1871, lo recomendaba a los misioneros de su Instituto para África: “El pensamiento perpetuamente dirigido al gran fin de su vocación apostólica debe engendrar en los alumnos del Instituto el espíritu de sacrificio. Fomentarán en sí esta disposición esencialísima teniendo siempre los ojos fijos en Jesucristo, amándolo tiernamente y procurando entender cada vez mejor qué significa un Dios muerto en la cruz por la salvación de las almas. Si con viva fe contemplan y gustan un misterio de tanto amor, serán felices de ofrecerse a perderlo todo y a morir por Él y con Él” (Escritos, 2720-2722). La contemplación de Cristo, elevado sobre la Cruz y viviente en la Eucaristía, es un estímulo eficaz a la santidad de vida y al compromiso misionero, para llevar el mensaje de Jesús a todos los pueblos.
ACERCARNOS A LA LUZ
José Pagola
Y no se acerca a la luz.
Puede parecer una observación excesivamente pesimista, pero lo cierto es que las personas somos capaces de vivir largos años, sin tener apenas idea de lo que está sucediendo en nosotros. Podemos seguir viviendo día tras día sin querer ver qué es lo que en verdad mueve nuestra vida y quién es el que dentro de nosotros toma realmente las decisiones.
No es torpeza o falta de inteligencia. Lo que sucede es que, de manera más o menos consciente, intuimos que vernos con más luz nos obligaría a cambiar. Una y otra vez parecen cumplirse en nosotros aquellas palabras de Jesús: “El que obra el mal detesta la luz y la rehúye, porque tiene miedo a que su conducta quede al descubierto”. Nos asusta vernos tal como somos. Nos sentimos mal cuando la luz penetra en nuestra vida. Preferimos seguir ciegos alimentando día a día nuevos engaños e ilusiones.
Lo más grave es que puede llegar un momento en el que, estando ciegos, creamos verlo todo con claridad y realismo. Qué fácil es entonces vivir sin conocerse a sí mismo ni preguntarse nunca «Quién soy yo?». Creer ingenuamente que yo soy esa imagen superficial que tengo de mí mismo, fabricada de recuerdos, experiencias, miedos y deseos.
Qué fácil también creer que la realidad es justamente tal como yo la veo, sin ser consciente de que el mundo exterior que yo veo es, en gran parte, reflejo del mundo interior que yo vivo y de los deseos e intereses que alimento. Qué fácil también acostumbrarnos a tratar no con personas reales, sino con la imagen o etiqueta que de ellas me he fabricado yo mismo.
Aquel gran escritor que fue Hermann Hesse en su pequeño libro Mi credo, lleno de sabiduría, escribía: “El hombre al que contemplo con temor, con esperanza, con codicia, con propósitos, con exigencias, no es un hombre, es sólo un turbio reflejo de mi voluntad”.
Probablemente, a la hora de querer transformar nuestra vida orientando nuestros pasos por caminos más nobles, lo más decisivo no es el esfuerzo por cambiar. Lo primero es abrir los ojos. Preguntarme qué ando buscando en la vida. Ser más consciente de los intereses que mueven mi existencia. Descubrir el motivo último de mi vivir diario.
Podemos tomarnos un tiempo para responder a esta pregunta: ¿Por qué huyo tanto de mí mismo y de Dios? ¿Por qué, en definitiva, prefiero vivir engañado sin buscar la luz? Hemos de escuchar las palabras de Jesús: “Aquel que actúa conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se vea que todo lo que hace está inspirado por Dios”.
DIOS AMA EL MUNDO
José Pagola
Tanto amó Dios al mundo ….
No es una frase más. Palabras que se podrían eliminar del Evangelio, sin que nada importante cambiara. Es la afirmación que recoge el núcleo esencial de la fe cristiana. «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único». Este amor de Dios es el origen y el fundamento de nuestra esperanza.
«Dios ama el mundo». Lo ama tal como es. Inacabado e incierto. Lleno de conflictos y contradicciones. Capaz de lo mejor y de lo peor. Este mundo no recorre su camino solo, perdido y desamparado. Dios lo envuelve con su amor por los cuatro costados. Esto tiene consecuencias de la máxima importancia.
Primero, Jesús es, antes que nada, el «regalo» que Dios ha hecho al mundo, no sólo a los cristianos. Los investigadores pueden discutir sin fin sobre muchos aspectos de su figura histórica. Los teólogos pueden seguir desarrollando sus teorías más ingeniosas. Sólo quien se acerca a Jesucristo como el gran regalo de Dios, puede ir descubriendo en todos sus gestos, con emoción y gozo, la cercanía de Dios a todo ser humano.
Segundo. La razón de ser de la Iglesia, lo único que justifica su presencia en el mundo es recordar el amor de Dios. Lo ha subrayado muchas veces el Vaticano II: La Iglesia «es enviada por Cristo a manifestar y comunicar el amor de Dios a todos los hombres». Nada hay más importante. Lo primero es comunicar ese amor de Dios a todo ser humano.
Tercero. Según el evangelista, Dios hace al mundo ese gran regalo que es Jesús, «no para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él». Es muy peligroso hacer de la denuncia y la condena del mundo moderno todo un programa pastoral. Sólo con el corazón lleno de amor a todos, nos podemos llamar unos a otros a la conversión. Si las personas se sienten condenadas por Dios, no les estamos transmitiendo el mensaje de Jesús sino otra cosa: tal vez, nuestro resentimiento y enojo.
Cuarto. En estos momentos en que todo parece confuso, incierto y desalentador, nada nos impide a cada uno introducir un poco de amor en el mundo. Es lo que hizo Jesús. No hay que esperar a nada. ¿Por qué no va a haber en estos momentos hombres y mujeres buenos, que introducen entre nosotros amor, amistad, compasión, justicia, sensibilidad y ayuda a los que sufren…? Estos construyen la Iglesia de Jesús, la Iglesia del amor.
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AMOR DE DIOS Y RESPUESTA HUMANA
José Luis Sicre
Una lectura rápida de las tres lecturas descubre una relación clara entre ellas: el amor de Dios. En la primera, provoca la liberación de los judíos desterrados en Babilonia. En la segunda afirma Pablo: “Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó”. En el evangelio, Juan escribe la famosa frase: “De tal manera amó Dios al mundo que le entregó a su hijo único”. Si leemos los textos más tranquilamente, advertimos algo más profundo: ese amor se manifiesta perdonando en distintas circunstancias y por diversos motivos. Al mismo tiempo, requiere una respuesta de parte nuestra. Es preferible leer los textos en el orden cronológico en que fueron escritos. Por eso dejo para el final la carta a los Efesios.
Perdón para los judíos basado en la fidelidad a la palabra dada. ¿Encontrará respuesta? (1ª lectura)
La primera lectura nos traslada a Babilonia, en el año 539 a.C., donde los judíos llevan medio siglo deportados. La ciudad cae en manos de Ciro, rey de Persia, y Dios lo mueve a liberarlos. Para justificar el medio siglo de esclavitud, la lectura comienza hablando del pecado de los israelitas, que no se limita a un hecho concreto, se prolonga en una larga historia. A la idolatría e infidelidades del comienzo respondió Dios con paciencia, enviando a sus mensajeros para invitarlos a la conversión. Pero los judíos los despreciaron y se burlaron de ellos. Entonces, la compasión de Dios dio paso a la ira, y los babilonios incendiaron el templo, arrasaron las murallas de Jerusalén, deportaron a la población. Años más tarde, la actitud de Dios cambia de nuevo y mueve a Ciro de Persia a liberar a los judíos. ¿A qué se debe este cambio? De acuerdo con la mentalidad más difundida en el Antiguo Testamento, el pueblo, tras sufrir el castigo, se convierte y Dios lo perdona. Igual que el niño que hace algo malo: su madre le riñe, pide perdón, la madre lo perdona. Sin embargo, en esta primera lectura no aparece la idea del arrepentimiento del pueblo. El único motivo por el que Dios perdona y mueve a Ciro a liberar al pueblo es por ser fiel a lo que había prometido. Volviendo al ejemplo de la madre, como si ella le hubiera dicho al niño: “Hagas lo que hagas, terminaré perdonándote”. Y lo perdona, sin que el niño se arrepienta, para cumplir su palabra. ¿Cómo reaccionan los judíos ante la noticia? El texto no lo dice, pero lo sabemos: unos pocos volvieron a Judá, arriesgándolo todo, sin saber lo que iban a encontrar; otros prefirieron quedarse en Babilonia. (¿Cuántos afro-americanos estarían dispuestos a volver de Estados Unidos a los países de origen de sus antepasados?)
Perdón universal basado en el amor, que puede ser aceptado o rechazado (evangelio)
El evangelio enfoca el tema del amor y perdón de Dios de forma universal. No habla del amor de Dios al pueblo de Israel, sino de su amor a todo el mundo. Pero un amor que no le resulta fácil ni cómodo, en contra de lo que cabría imaginar: le cuesta la muerte de su propio hijo. Además, el evangelio subraya mucho la respuesta humana: ese perdón hay que aceptarlo mediante la fe, reconociendo a Jesús como Hijo de Dios y salvador. Esto lo hemos dicho y oído infinidad de veces, pero quizá no hemos captado que implica un gran acto de humildad, porque obliga a reconocer tres cosas:
a) que soy pecador, algo que nunca resulta agradable
b) que no puedo salvarme a mí mismo, cosa que choca con nuestro orgullo
c) que es otro, Jesús, quien me salva; alguien que vivió hace veinte siglos, condenado a muerte por las autoridades políticas y religiosas de su tiempo y del que muchos piensan hoy día que sólo fue una buena persona o un gran profeta.
Usando la metáfora del evangelio, es como si un potente foco de luz cayese sobre nosotros poniendo al descubierto nuestra debilidad e impotencia. No todos están dispuestos a este triple acto de humildad. Prefieren escapar del foco, mantenerse a oscuras, engañándose a sí mismos como el avestruz que esconde la cabeza en tierra. Pero otros prefieren acudir a la luz, buscando en ella la salvación y un sentido a su vida.
Perdón para los paganos basado en la compasión. Respuesta: fe y buenas obras (2ª lectura)
La salvación universal de la que habla el evangelio la concreta la carta a los Efesios en una comunidad concreta de origen pagano: la de la ciudad de Éfeso (situada en la actual Turquía). Antes de convertirse, estaban muertos por los pecados, con un agravante: Dios no les había hecho ninguna promesa de salvación, como a los judíos deportados en Babilonia. Sin embargo, los perdona. ¿Por qué motivo? Porque es “rico en misericordia”, “por el gran amor con que nos amó”, “por pura gracia”. Esto es lo que san Pablo llama en otro contexto “el misterio que Dios tuvo escondido durante siglos”: que también los paganos son hijos suyos, tan hijos como los israelitas. Esta prueba del amor de Dios espera una respuesta, que se concreta en la fe y en la práctica de las buenas obras.
Reflexión final
En el contexto de la cuaresma, que se presta a subrayar el aspecto del pecado y del castigo, la liturgia nos recuerda una vez más que nuestra fe se basa en una “buena noticia” (evangelio), la buena noticia del amor de Dios. Nosotros, que somos los herederos de los efesios, de los corintios, de los tesalonicenses, debemos reconocer, como ellos, que todo es don de Dios y no mérito nuestro, y que debemos responder con fe y dedicándonos “a las buenas obras” que él nos ha asignado.
LA LUZ Y LA VERDAD
José-Román Flecha Andrés
“Todos los jefes de los sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades según las costumbres abominables de los gentiles y mancharon la casa del Señor que él se había construido en Jerusalén” (2 Cró 36,14-23).
El Señor les fue enviando avisos por medio de los profetas, que fueron despreciados hasta que ya no hubo remedio. Los caldeos invadieron la tierra, incendiaron el templo, derribaron las murallas de Jerusalén y se llevaron muchos cautivos a Babilonia. Allí fueron esclavos, hasta que Dios envió como libertador a Ciro, rey de Persia.
En el salmo responsorial escuchamos el eco de aquellos deportados, que en la amargura de su destierro se atrevían a cantar: “Si me olvido de ti, Jerusalén, que se me paralice la mano derecha. Que se me pegue la lengua al paladar, si no me acuerdo de ti, si no pongo a Jerusalén en la cumbre de mis alegrías” (Sal 136).
La segunda lectura nos recuerda que Dios es rico en misericordia y, a pesar de nuestros pecados, nos ama hasta el punto de hacernos vivir con Cristo (Ef 2,4-10).
TRES AFIRMACIONES
En el evangelio que se proclama en este cuarto domingo de cuaresma evocamos cómo Jesús anuncia que habrá de ser elevado en alto, como la serpiente de bronce que Moisés plantó en el desierto. Él dará la vida a los que crean en él (Jn 3,14-21).
En aquella conversación nocturna con Nicodemo encontramos tres afirmaciones sobre Dios, que son otras tantas enseñanzas sobre Cristo y sobre el hombre:
• Dios ama a este mundo y al hombre que él ha creado. Y lo ama hasta el punto de entregarle a su propio Hijo, para que no perezca ninguno de los que crean en él.
• Dios no tiene la intención de juzgar al hombre. Es el mismo hombre quien determina su propio juicio, en virtud de su fe o de su increencia en el Hijo de Dios.
• Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgarlo. Lo envió con el deseo de que el mundo y el hombre puedan encontrar en él la salvación.
LA VERDAD Y LA LUZ
En aquella larga conversación entre Jesús y Nicodemo sobresalen los dos temas de la luz y la verdad, que tanta importancia tienen a lo largo del evangelio de Juan.
• “El que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras”. En toda sociedad se puede observar que la mayor parte de los delincuentes prefieren las tinieblas para actuar. En este contexto, esa observación nos indica que la luz del Evangelio revela lo que la persona es en el fondo de su alma.
• “El que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios”. En esta sociedad marcada por el relativismo se piensa que la verdad depende de la opinión de cada uno, del flujo de la moda o del dictado de las ideologías. En este caso, se nos dice que luz de Cristo revela si somos de la verdad y vivimos en la verdad.
– Señor, Jesús, nosotros no deberíamos ignorar a los profetas que nos anuncian la verdad. Creemos que tú has sido enviado al mundo para nuestra salvación. Que esta fe nos ayude a vivir siempre guiados por la luz de tu palabra. Solo así podremos producir las obras de bondad que tú esperas de cada uno de nosotros. Amén.
