Domingo 1º de Cuaresma (B)
Marcos 1, 12-15

cerezocuaresma

En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas, y los ángeles le servían. Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios.
Decía: «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.

Durante siglos, hemos puesto en el perdón de Dios la meta de nuestras relaciones con Él. Esta idea de Dios está en las antípodas del evangelio. Jesús nos dice que el perdón es el punto de partida. Nuestro concepto de pecado se basa en el mito de la ruptura. A partir de ahí, la religiosidad consistirá en una recuperación de lo perdido. Hoy tenemos datos para intentar otras explicaciones. Somos fruto de la evolución y seguimos avanzando.  

El pecado es una de las experiencias más dolorosas y humillantes del ser humano. Lo que tenemos que superar es una explicación demasiado primitiva de fallo y descubrir un modo de afrontarlo que pueda ser útil para superarlo eficazmente. El mal no tiene nada de misterio. Es consecuencia inevitable de nuestra condición de criaturas limitadas. Una inercia de tres mil millones de años de evolución, que nos empuja hacia el individualismo, no puede ser contrarrestada por unos cientos de miles de años de trayectoria humana.

El primer objetivo de todo ser vivo fue mantener esa vida contra todas las agresiones externas e internas. Esta experiencia se va almacenando en el ADN. Gracias a él, la vida no solo se conservó, sino que fue alcanzando cotas más altas de perfección, hasta llegar al “homo sapiens”. Su relativa perfección permite al hombre unas relaciones completamente distintas; ahora fundadas en la armonía. Pero permanece el instinto de conservación que le lleva al individualismo. La visión miope tiene que ser superada por un nuevo conocimiento.

Fijaos bien que los tres temas clásicos de la cuaresma son: Oración, ayuno, limosna. En ellos quedan resumidas todas las posibles relaciones humanas: con Dios, con uno mismo, con los demás. La calidad humana del hombre depende de la calidad de sus relaciones. Si no sobrepasan lo puramente instintivo, esas relaciones estarán basadas en un individualismo feroz, buscando el provecho biológico inmediato. Si esas relaciones están basadas en el conocimiento de tu auténtico ser, te llevarán a la armonía con todos los seres.

El hecho de que Mc sea tan breve, siendo el primero que escribió, nos está diciendo que en Mt y Lc, se trata de una elaboración progresiva, y no de un olvido de los detalles por parte de Mc. También pudiera ser que Mt y Lc encontraran ya el relato ampliado en la fuente Q, anterior a Mc. En todo caso, esas diferencias nos estarían demostrando el carácter simbólico del relato, más allá de las limitaciones de tiempo y lugar. Mc está planteando en tres líneas toda la trayectoria humana de Jesús.

El objetivo del relato es muy distinto en Mt y Lc, y en Mc. Este último no pretende ponernos en guardia sobre las clases de tentaciones que podemos experimentar. En Mc no hay tres tentaciones, porque plantea toda su vida como una constante lucha contra el mal. En el evangelio de Mc, no vuelve a aparecer Satanás. Su lugar lo van a ocupar instituciones y personas de carne y hueso, que a través de toda la obra intentarán apartar a Jesús de su misión liberadora. La tentación está siempre a nuestro alrededor.

Inmediatamente. Comienza la lectura de hoy con la anodina frase de siempre “en  aquel tiempo”. Es interesante saber que en el versículo anterior nos habló de la bajada del Espíritu sobre Jesús en el bautismo. Es muy significativo que el Espíritu se ponga a trabajar, de inmediato. Toda la actuación de Jesús se realiza bajo la fuerza del Espíritu. Este Espíritu, no es todavía el “Espíritu Santo” según la idea que nosotros tenemos; se trata de la fuerza de Dios que le capacita para actuar.

El Espíritu le empujó. El verbo griego empleado es “ekballo” = Empujar, echar fuera. No se trata de una amable invitación, sino de una acción que supone una cierta violencia. El Espíritu no abandona a Jesús, pero le arrastra a otro lugar: el desierto. Al recibir el Espíritu en el bautismo, Jesús no queda inmunizado y apartado de la lucha contra el maligno. Como todo hijo de vecino (hijo de hombre), Jesús tiene que debatirse en la vida para alcanzar su plenitud. Precisamente por haber alcanzado la meta como ser humano, está capacitado para marcarnos el camino a nosotros.

Al desierto. El desierto es el lugar teológico de la lucha, de la prueba; y, superada la prueba, del encuentro con Dios. Es imposible comprender todo el simbolismo del desierto para el pueblo judío. La clave de su historia religiosa se encuentra en el desierto. Jesús sufre las mismas tentaciones que Israel, pero las supera. No se trata del desierto físico, sino del símbolo de la lucha. Es muy significativo que todos los evangelios nos hagan ver cómo Jesús encontrará a Satanás en su mismo pueblo.

Se quedó en el desierto cuarenta días. El número cuarenta es otra clave simbólica para entender el relato: 40 días duró el diluvio, 40 años pasó el pueblo judío en el desierto. 40 días estuvo Moisés en el Sinaí. 40 días fueron necesarios para que se conviertan los ninivitas. 40 días camina Elías por el desierto. No se trata de señalar un tiempo cronológico, sino de evocar una serie de acontecimientos salvíficos en la historia del pueblo judío, que quedarán superados por la experiencia de Jesús.

Tentado por Satanás. “Peireo” indica más bien una prueba que hay que superar. No puede haber un aprobado si no hay examen. ‘Satán’ significa el que acusa en el juicio, exactamente lo contrario que ‘paráclito’, el que defiende en un juicio. En Mt y Lc, las tentaciones tienen lugar al final de los cuarenta días de ayuno. En Mc no aparece el ayuno por ninguna parte, y la tentación abarca todo el tiempo que duró el retiro en el desierto. Mc no nos habla de penitencia, sino de lucha.

Estaba entre las fieras. La traducción oficial de “alimañas” condiciona la interpretación. El texto griego y el latino dice: animales salvajes concretos, conocidos por todos. Puede entenderse como que Jesús está en la vida en medio de todas las fuerzas que condicionan al hombre, unas buenas (Espíritu, ángeles), otras malas (Satanás, fieras). Pero también podría aludir a los tiempos idílicos del paraíso, donde la armonía entre seres humanos y la naturaleza entera era total. Recordemos que el tiempo mesiánico se había anunciado como una etapa de armonía entre hombres, naturaleza y fieras.

Y los ángeles le servían. El verbo que emplea es “diakoneô”, que significa servir, pero con un matiz de afecto personal en el servicio. En el NT “diaconía” es un término técnico que expresa la actitud vital de servicio, de los seguidores de Jesús. Su primer significado era, “servir a la mesa”. Pero aquí este significado iría en contra de todo el sentido del relato, porque indicaría que en vez de ayunar era alimentado por los ángeles. Podría significar las fuerzas del bien, o expresar que Dios estaba de su parte.    Nada ni nadie puede malearnos sustancialmente; ni el pecado de Adán, ni nuestros propios pecados. Nuestra tarea consiste en ir descubriendo lo que nos deteriora como seres humanos y lo que nos va construyendo como personas.

Fray Marcos
http://www.feadulta.com


ENTRE CONFLICTOS Y TENTACIONES

Antes de comenzar a narrar la actividad profética de Jesús, Marcos nos dice que el Espíritu lo impulsó hacia el desierto. Se quedó allí cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas y los ángeles le servían. Estas breves líneas son un resumen de las tentaciones o pruebas básicas vividas por Jesús hasta su ejecución en la cruz.

Jesús no ha conocido una vida fácil ni tranquila. Ha vivido impulsado por el Espíritu, pero ha sentido en su propia carne las fuerzas del mal. Su entrega apasionada al proyecto de Dios le ha llevado a vivir una existencia desgarrada por conflictos y tensiones. De él hemos de aprender sus seguidores a vivir en tiempos de prueba.

«El Espíritu empuja a Jesús hacia el desierto”

No lo conduce a una vida cómoda. Lo lleva por caminos de pruebas, riesgos y tentaciones. Buscar el reino de Dios y su justicia, anunciar a Dios sin falsearlo, trabajar por un mundo más humano es siempre arriesgado. Lo fue para Jesús y lo será para sus seguidores.

«Se quedó en el desierto cuarenta días»

El desierto será el escenario por el que transcurrirá la vida de Jesús. Este lugar inhóspito y nada acogedor es símbolo de pruebas y dificultades. El mejor lugar para aprender a vivir de lo esencial, pero también el más peligroso para quien queda abandonado a sus propias fuerzas.

«Tentado por Satanás»

Satanás significa «el adversario, la fuerza hostil a Dios y a quienes trabajan por su reinado. En la tentación se descubre qué hay en nosotros de verdad o de mentira, de luz o de tinieblas, de fidelidad a Dios o de complicidad con la injusticia.

A lo largo de su vida, Jesús se mantendrá vigilante para descubrir a «Satanás» en las circunstancias más inesperadas. Un día rechazará a Pedro con estas palabras: «Apártate de mí, Satanás, porque tus pensamientos no son los de Dios». Los tiempos de prueba los hemos de vivir, como él, atentos a lo que nos puede desviar de Dios.

«Vivía entre alimañas y los ángeles le servían»

Las fieras, lo seres más violentos de la tierra, evocan los peligros que amenazarán a Jesús. Los ángeles, los seres más buenos de la creación, sugieren la cercanía de Dios, que lo bendice, cuida y sostiene. Así vivirá Jesús: defendiéndose de Antipas, al que llama «zorro», y buscando en la oración de la noche la fuerza del Padre.

Hemos de vivir estos tiempos difíciles con los ojos fijos en Jesús. Es el Espíritu de Dios el que nos está empujando hacia el desierto. De esta crisis saldrá un día una Iglesia más humana y más fiel a su Señor.

José Antonio Pagola

EMPUJADOS AL DESIERTO NO ES FÁCIL

1. EMPUJADOS AL DESIERTO

El Espíritu empujó a Jesús al desierto. Marcos presenta la escena de Jesús en el desierto como un resumen de su vida. Señalo algunas claves. Según el evangelista, «el Espíritu empuja a Jesús al desierto». No es una iniciativa suya. Es el Espíritu de Dios el que lo desplaza hasta colocarlo en el desierto: la vida de Jesús no va a ser un camino de éxito fácil; más bien le esperan pruebas, inseguridad y amenazas.

Pero el «desierto» es, al mismo tiempo, el mejor lugar para escuchar, en silencio y soledad, la voz de Dios. El lugar al que hay que volver en tiempos de crisis para abrirle caminos al Señor en el corazón del pueblo. Así se pensaba en la época de Jesús.

En el desierto, Jesús «es tentado por Satanás». Nada se dice del contenido de las tentaciones. Sólo que provienen de «Satanás», el Adversario que busca la ruina del ser humano destruyendo el plan de Dios. Ya no volverá a aparecer en todo el evangelio de Marcos. Jesús lo ve actuando en todos aquellos que lo quieren desviar de su misión, incluido Pedro.

El breve relato termina con dos imágenes en fuerte contraste: Jesús «vive entre fieras», pero «los ángeles le sirven». Las «fieras», los seres más violentos de la creación, evocan los peligros que amenazarán siempre a Jesús y su proyecto. Los «ángeles», los seres más buenos de la creación, evocan la cercanía de Dios que bendice, cuida y defiende a Jesús y su misión.

El cristianismo está viviendo momentos difíciles. Siguiendo los estudios sociológicos, nosotros hablamos de crisis, secularización, rechazo por parte del mundo moderno… Pero tal vez, desde una lectura de fe, hemos de decir algo más: ¿No será Dios quien nos está empujando a este «desierto»? ¿No necesitábamos algo de esto para liberarnos de tanta vanagloria, poder mundano, vanidad y falsos éxitos acumulados inconscientemente durante tantos siglos? Nunca habríamos elegido nosotros estos caminos.

Esta experiencia de desierto, que irá creciendo en los próximos años, es un tiempo inesperado de gracia y purificación que hemos de agradecer a Dios. El seguirá cuidando su proyecto. Sólo se nos pide rechazar con lucidez las tentaciones que nos pueden desviar una vez más de la conversión a Jesucristo.

2. NO ES FÁCIL

Cuando me meto en la piel de un hombre o de una mujer que vive fuera de la Iglesia y quiere conocer a Cristo y su evangelio, me doy cuenta de que no lo tiene fácil. Si no tiene la suerte de encontrarse con un creyente que vive su fe de manera convencida y gozosa, le resultará difícil captar toda la fuerza, el vigor y la esperanza que Cristo puede aportar a la vida. ¿Por qué digo esto?

Tal como aparece hoy en la sociedad, lo religioso se le va a presentar muchas veces como algo «anacrónico» que, quizás tuvo sentido en otras épocas o culturas, pero que no pertenece a nuestros días. Las ceremonias religiosas que va a ver en la televisión o el lenguaje eclesiástico que habitualmente va a escuchar le pueden llevar a preguntarse: «¿A qué viene todo esto?, ¿hay que vestirse así, hacer estos ritos o hablar de esa manera para relacionarse con Dios o vivir el evangelio de Cristo?»

No es sólo esto. Lo religioso se le puede presentar también como algo «autoritario». Un mundo en el que se imponen verdades y dogmas que hay que aceptar aunque no se entiendan. Una institución que prohíbe y censura cosas que, en principio a uno le parecen sanas. Surgirá entonces la pregunta: «¿Cómo voy a aceptar algo que se me trata de imponer de forma autoritaria?»

Puede tener también la impresión de que en las instituciones religiosas hay «miedo» al avance de la ciencia, al progreso de las ideas y a los cambios sociales. Incluso puede llegar a sospechar que lo religioso, tal como a veces es presentado y vivido, está contra la vida. ¿Cómo percibir entonces a ese Cristo que vino para que los hombres «tengan vida y la tengan en abundancia» (Juan 10, 10)?

No es el momento de analizar lo que hay de injusto o verdadero en esta visión de lo religioso, lo que es deformación de la realidad o pecado de la Iglesia. Lo cierto es que a través de esta percepción de lo religioso, es casi imposible que una persona llegue a descubrir la luz y la fuerza que Cristo puede infundir a la existencia.

Según Marcos, Jesús «proclamaba la Buena Noticia de Dios» (Marcos 1, 14). Para muchos que sólo conocen lo religioso «desde fuera», la verdadera oportunidad de entrar en contacto con «lo cristiano» y descubrir a ese Dios es encontrarse con hombres y mujeres en cuya vida se pueda ver con claridad que creer en Dios hace bien, pues da fuerza para vivir y esperanza para morir.

José Antonio Pagola
http://www.musicaliturgica.com


En el desierto el hombre hace experiencia de cuánto vale. En efecto, vale lo que valen sus dioses”. Es decir, sus ideales, sus recursos interiores. Lo escribe Antoine de Saint-Exupéry, el autor de El Principito. En el desierto, Jesús también demostró cuánto valía. Entró en el desierto con su realidad de Dios-en-carne-humana: allí se enfrentó a las tentaciones del diablo y salió victorioso, aunque más tarde tuvo que pagar en la pasión las consecuencias de sus desconcertantes e impopulares opciones humano-divinas. Sin embargo, superó definitivamente el momentáneo fracaso de la cruz en la resurrección, con la cual Jesús demostró la validez y la bondad de sus opciones. Jesús nos precedió en el desierto y, como cristianos, estamos llamados a recorrer el mismo camino. ¡Es el único camino que nos lleva a la Vida!

La celebración de la Cuaresma, que nos conduce “a la verdadera conversión” (oración colecta), vuelve a proponer los temas fundamentales de la salvación y de la misión: la primacía de Dios y su plan de amor para con el hombre, la redención que se nos ofrece de manera gratuita en el sacrificio de Cristo, la lucha permanente entre pecado y vida de gracia, las relaciones de fraternidad y respeto que el hombre ha de guardar con sus semejantes y con la creación… Las tentaciones de Jesús en el desierto (Evangelio) no fueron un juego-ficción: fueron tentaciones de verdad, lo mismo que le ocurre al cristiano y a la Iglesia. “Si Cristo no hubiese vivido la tentación como verdadera tentación, si la tentación no hubiese significado nada para Él, hombre y Mesías, su victoria no podría ser un ejemplo para nosotros, porque no tendría nada que ver con la nuestra” (C. Duquoc). Ya que Jesús ha sido probado en todo, puede ayudar a los que se ven probados (cfr. Eb 2,18; 4,15). Jesús ‘tentado’ es solidario con nosotros, representa a cada uno de nosotros que estamos continuamente tentados y en lucha con el mismo ‘espíritu del mal’ que actúa en nosotros y alrededor nuestro.

Jesús se enfrentó realmente al diablo (v. 13) sobre las posibles opciones de método y de camino para realizar su misión como Mesías. Cada una de las tres tentaciones – especificadas en los otros dos Evangelios sinópticos de Mateo y de Lucas – representa un modelo de Mesías y, por tanto, de misión. Las tentaciones eran como “tres atajos para no pasar por la cruz” (Fulton Sheen). La tentación de ser: 1°. un “reformador social” (convertir las piedras en pan para sí y para todos hubiera garantizado un éxito popular); 2°. un “Mesías milagrero” (un gesto aparatoso hubiera asegurado fama y espectacularidad); 3°. un “Mesías de poder” (un poder basado sobre el dominio del mundo hubiera dado satisfacción al orgullo personal y de grupo). Jesús supera las tentaciones: opta por respetar la primacía de Dios, se fía del Padre y hace suyo el plan divino para la salvación del mundo. Acepta la cruz por amor y muere perdonando: solamente así, rompe la espiral de la violencia y le quita el veneno a la muerte. A partir de aquel momento, una vida nueva es posible, en humildad, verdad, fraternidad, solidaridad. Con la fuerza del Espíritu.

Jesús afronta las tentaciones con la fuerza del Espíritu (v. 12), del cual está lleno desde el seno de su Madre y por el bautismo que acaba de recibir (Mc 1,10). Es el Espíritu de la Pascua, de Pentecostés y de la misión, siempre necesario para el evangelizador. A veces, lamentablemente, se ha creído que poder, dinero, dominio, supuesta superioridad, híper-activismo, etc., son caminos apostólicos de evangelización. El misionero es tentado por estas ilusiones; por tanto, necesita el Espíritu, el agente principal de la evangelización (cfr. EN 75) y el protagonista de la misión (cfr. RMi 21). El Espíritu nos ayuda a entender que el desierto cuaresmal no es un ‘lugar’ geográfico, sino un espacio ideal, un tiempo de gracia (kairós): tiempo de las cosas esenciales, tiempo que se ha de llenar con los valores que permanecen, un don que se vive en el silencio, lejos de la contaminación de ruidos, vanidad, dinero, mundanidad, evasiones, mentiras… Antes de ser una imposición penosa, el programa de Jesús – “conviértanse” – es una invitación a cambiar de rumbo y emprender el camino que lleva a la vida: “crean en el Evangelio” (v. 15), es decir, en Jesús. Él es la buena noticia, para vivirla y llevarla a otros. Creer en el Evangelio quiere decir aprender a confiar en un Dios que es “Abbá-Padre”, Dios de ternura y misericordia, que quiere tan solo nuestro bien.

En el camino hacia la Pascua, los temas de la conversión y del bautismo ya están presentes en las lecturas de hoy. San Pedro (II lectura) es explícito en asociar a la conversión bautismal también la experiencia de Noé y de los suyos, que se salvaron por medio del agua, la cual “fue un símbolo del bautismo que actualmente los salva” (v. 20-21), en virtud de Jesucristo, que murió y resucitó (v. 18.21).

Noé no era ni israelita, ni cristiano, ni musulmán, sino “un hombre justo y cabal, que andaba con Dios” (Gn 6,9). En él, Dios estableció la primera alianza con la humanidad (I lectura), aun antes que con Abrahán: una alianza universal, con todos los pueblos. No fue una alianza sobre una base étnica o religiosa, sino simplemente sobre la base de la común naturaleza humana. Una alianza nunca revocada, vigente hoy y para siempre. Una alianza que para todos nosotros es la base para cualquier diálogo posible con todas las tradiciones religiosas y culturales. El pacto atañe en primer lugar a las personas – “con ustedes y con sus descendientes” (v. 9) – pero también a todo ser viviente… a todos los animales (v. 10). ¡Dios es el primer ecologista: Él es celoso de cada criatura! El signo de esta alianza, escogido por el mismo Dios, es el arco iris en las nubes (v. 13), símbolo de la voluntad universal de salvación por parte de un Dios que jamás se cansa de la familia humana. Ninguna maldad humana será capaz de inducirlo a destruir a sus criaturas. El arco iris es, por tanto, un símbolo bíblico, signo de vida y de paz; no se le puede trastocar con ideologías de cualquier tipo. El arco de flechas de muerte se ha convertido, por iniciativa de Dios, en arco de buenos auspicios: de paz y prosperidad, diálogo y compartir, verdad y fraternidad. Oremos para que el Espíritu nos empuje y sustente en el desierto cuaresmal (cfr. Mc 1,12).