23º Domingo
Tiempo Ordinario (A)
Mateo 18,15-20

- Lectura de la profecía de Ezequiel (33,7-9):
A ti, hijo de Adán, te he puesto de atalaya en la casa de Israel - Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (13,8-10):
A nadie le debáis nada, más que amor; porque el que ama a su prójimo tiene cumplido el resto de la ley. - Lectura del evangelio según san Mateo (18,15-20):
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano. Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.
¡El chismorreo es una peste más fea que el Covid!
Papa Francisco
El Evangelio de este domingo (cf. Mt 18, 15-20) está tomado del cuarto discurso de Jesús en el relato de Mateo, conocido como discurso “comunitario” o “eclesial”. El pasaje de hoy habla de la corrección fraterna, y nos invita a reflexionar sobre la doble dimensión de la existencia cristiana: la comunitaria, que exige la protección de la comunión, es decir de la Iglesia, y la personal, que requiere la atención y el respeto de cada conciencia individual.
Para corregir al hermano que se ha equivocado, Jesús sugiere una pedagogía de recuperación. Y siempre la pedagogía de Jesús es pedagogía de la recuperación; Él siempre busca recuperar, salvar. Y esta pedagogía de la recuperación está articulada en tres pasajes. Primero dice: «Ve y corrígele, a solas tú con él» (v. 15), es decir, no pongas su pecado delante de todos. Se trata de ir al hermano con discreción, no para juzgarlo, sino para ayudarlo a darse cuenta de lo que ha hecho. Cuántas veces hemos tenido esta experiencia: viene alguien y nos dice: “Oye, en esto te has equivocado. Deberías cambiar un poco en esto”. Tal vez al inicio nos da rabia, pero después se lo agradecemos porque es un gesto de fraternidad, de comunión, de ayuda, de recuperación.
Y no es fácil poner en práctica esta enseñanza de Jesús, por varias razones. Existe el temor de que el hermano o la hermana reaccionen mal; a veces no hay suficiente confianza con él o ella… Y otros motivos. Pero cada vez que hemos hecho esto, hemos sentido que era justo el camino del Señor.
Sin embargo, puede suceder que, a pesar de mis buenas intenciones, la primera intervención fracase. En este caso está bien no desistir y decir: “Que se las arregle, yo me lavo las manos”. No, esto no es cristiano. No hay que desistir, sino recurrir a la ayuda de algún otro hermano o hermana. Dice Jesús: «Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos» (v. 16). Este es un precepto de la Ley de Moisés (cf. Dt 19,15). Aunque parezca contra el acusado, en realidad servía para protegerlo de falsos acusadores. Pero Jesús va más allá: los dos testigos son requeridos no para acusar y juzgar, sino para ayudar. “Pongámonos de acuerdo, tú y yo, vayamos a hablar con éste, con ésta que se está equivocando, que está quedando mal. Pero vayamos a hablarle como hermanos”. Este es el comportamiento de la recuperación que Jesús quiere de nosotros. De hecho, Jesús considera que también puede fracasar este enfoque —el segundo enfoque— con testigos, a diferencia de la Ley de Moisés, para la cual el testimonio de dos o tres era suficiente para la condena.
De hecho, incluso el amor de dos o tres hermanos puede ser insuficiente, porque él o ella son testarudos. En este caso, añade Jesús, «díselo a la comunidad» (v. 17), es decir, a la Iglesia. En algunas situaciones toda la comunidad está involucrada. Hay cosas que no pueden dejar indiferentes a los otros hermanos: se necesita un amor mayor para recuperar al hermano. Pero, a veces, incluso esto puede no ser suficiente. Y Jesús dice: «Y si ni a la comunidad hace caso, considéralo ya como al gentil y al publicano» (ibid.). Esta expresión, aparentemente tan despectiva, en realidad nos invita a poner a nuestro hermano de nuevo en las manos de Dios: sólo el Padre podrá mostrar un amor más grande que el de todos los hermanos juntos. Esta enseñanza de Jesús nos ayuda mucho, porque —pensemos en un ejemplo— cuando nosotros vemos un error, un defecto, una equivocación, en tal hermano o hermana, habitualmente la primera cosa que hacemos es ir a contárselo a los demás, a chismorrear. Y los chismes cierran el corazón de la comunidad, cierran la unidad de la Iglesia. El gran chismoso es el diablo, que siempre está diciendo cosas feas de los demás, porque él es el mentiroso que busca dividir a la Iglesia, de alejar a los hermanos y de no hacer comunidad. Por favor, hermanos y hermanas, hagamos un esfuerzo para no chismorrear. ¡El chismorreo es una peste más fea que el Covid! Hagamos un esfuerzo: nada de chismes. Es el amor de Jesús, que acogió a publicanos y paganos, escandalizando a las personas rígidas de la época. Por lo tanto, no se trata de una condena sin apelación, sino del reconocimiento de que a veces nuestros intentos humanos pueden fracasar, y que sólo estando ante Dios puede poner a nuestro hermano ante su propia conciencia y la responsabilidad de sus actos. Y si no funciona, silencio y oración por el hermano y la hermana que se equivocan, pero nunca el chismorreo.
Que la Virgen María nos ayude a hacer de la corrección fraterna un hábito saludable, para que en nuestras comunidades se puedan establecer siempre nuevas relaciones fraternas, basadas en el perdón mutuo y, sobre todo, en la fuerza invencible de la misericordia de Dios.
Angelus 6/9/2020
Comentario al Evangelio
Raniero Cantalamessa
La convivencia humana está entretejida de contrastes, conflictos y tuertos recíprocos, debidos al hecho de que somos diferentes por temperamento, puntos de vista, gustos. El Evangelio tiene algo que decirnos también en este aspecto tan común y cotidiano de la vida. Jesús presenta el caso de uno que ha cometido algo que es realmente equivocado en sí mismo: «Si tu hermano llega a pecar…». No se refiere sólo a una culpa cometida contra nosotros. En este último caso es casi imposible distinguir si lo que nos mueve es el celo por la verdad o más bien el amor propio herido. En todo caso, sería más una autodefensa que una corrección fraterna.
¿Por qué dice Jesús: «repréndele a solas»? Ante todo por respeto al buen nombre del hermano, de su dignidad. Dice: «tú con él», para dar la posibilidad a la persona de poderse defender y explicar sus acciones en plena libertad. Muchas veces lo que a un observador externo le parece una culpa, en las intenciones de quien la comete no lo es. Una franca explicación disipa muchos malentendidos. Pero esto no es posible cuando el problema se lleva al conocimiento de todos.
¿Cuál es, según el Evangelio, el motivo último por el que es necesario practicar la corrección fraterna? No es ciertamente el orgullo de mostrar a los demás sus errores para resaltar nuestra superioridad. Ni el de descargarse la conciencia para poder decir: «Te lo había dicho. ¡Ya te lo había advertido! Peor para ti, si no me has hecho caso».
No, el objetivo es ganar al hermano. Es decir, el genuino bien del otro. Para que pueda mejorarse y no encontrarse con desagradables consecuencias. Si se trata de una culpa moral, para que no comprometa su camino espiritual y su salvación eterna. No siempre depende de nosotros el buen resultado de la corrección (a pesar de las mejores disposiciones, el otro puede no aceptarla, hacerse más rígido); por el contrario, depende siempre y exclusivamente de nosotros el buen resultado… a la hora de recibir una corrección.
No sólo existe la corrección activa, sino también la pasiva; no sólo existe el deber de corregir, sino también el deber de dejarse corregir. Y aquí es donde se ve si uno es suficientemente maduro para corregir a los demás.
Quien quiere corregir a alguien tiene que estar dispuesto a ser corregido. Cuando ves que una persona recibe una observación y escuchas que responde con sencillez: «Tienes razón, ¡gracias por habérmelo dicho!», te encuentras ante una persona de valor.
La enseñanza de Cristo sobre la corrección fraterna debería leerse siempre junto a lo que dice en otra ocasión: «¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: “Hermano, deja que saque la brizna que hay en tu ojo” no viendo tú mismo la viga que hay en el tuyo? » (Lucas 6, 41-42).
En algunos casos no es fácil comprender si es mejor corregir o dejar pasar, hablar o callar. Por este motivo es importante tener en cuenta la regla de oro, válida para todos los casos, que el apóstol Pablo ofrece en la segunda lectura (Romanos 13, 8-10) de este domingo: «Con nadie tengáis otra deuda que la del mutuo amor… La caridad no hace mal al prójimo». Es necesario asegurarse, ante todo, de que en el corazón se dé la disposición de acogida a la persona. Después, todo lo que se decida, ya sea corregir o callar, estará bien, pues el amor «no hace mal a nadie».
zenit
Comunidad misionera para una pastoral de los alejados
Romeo Ballan, MCCJ
¿Cómo acabar con los chismes y reproches? ¿Por qué amonestar al que ha cometido una falta? ¿Cómo corregir a quien está equivocado? Corregir a los demás es un asunto difícil; es un arte que requiere de humildad y sabiduría; es difícil hacerlo y hacerlo bien; es más fácil – y más frecuente, lamentablemente – hablar con otros de los defectos y errores ajenos; o limitarse a humillarlos y ofenderlos con reproches… O bien, ¿por qué no dejarlos con su problema, sin tomarse la molestia de amonestarles? ¿Qué actitud de caridad debemos asumir en esas circunstancias? Muy probablemente, el pasaje del Evangelio de hoy, sobre la ‘corrección fraterna’, es el espejo de situaciones concretas que ya se vivían en la primera comunidad cristiana para la cual Mateo escribía su Evangelio. El pasaje forma parte del llamado ‘discurso eclesiástico’ (Mt 18), en el cual el evangelista recoge varias enseñanzas de Jesús sobre las relaciones en el interior de la comunidad, con los siguientes pasos: la grandeza auténtica consiste en hacerse pequeños y en ponerse a servir (v. 1-5), la gravedad del escándalo a los pequeños (v. 6-11), la búsqueda del que se ha alejado (v. 12-14), la corrección fraterna (v. 15-18), la oración en común (v. 19-20) y, finalmente, el perdón de las ofensas y la reconciliación (v. 23-35).
El objetivo de la corrección fraterna (Evangelio) es la recuperación y la salvación del hermano/hermana que se ha equivocado o se ha descarriado. Para que la amonestación surta el efecto deseado, Jesús invita a proceder por etapas: en primer lugar, a nivel personal, de tú a tú (v. 15); después con la ayuda de una o dos personas (v. 16); y después con el recurso a la comunidad (v. 17). El hecho de que, al final, un hermano/hermana no haga caso de nadie y se le considere “como un pagano o un publicano” (v 17), no conlleva ni autoriza un abandono, sino más bien una atención especial hacia estas personas, como lo hacía Jesús, que era “amigo de publicanos y de pecadores” (Mt 11,19; cfr. Lc 15,1-2). La clave para entender esta terca amistad y preferencia de Jesús está en la parábola del Buen Pastor que deja “en los montes las 99 ovejas, para ir en busca de la descarriada” (Mt 18,12). Jesús concluye la parábola con una afirmación fuerte: “De la misma manera no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno de estos pequeños” (Mt 18,14).
Esta es la Palabra que antecede inmediatamente al texto sobre la corrección fraterna. Dios tiene más prisa y ganas de perdonar que nosotros de ser perdonados. De veras, Dios cree en la recuperación de las personas. Este es el fundamento y la esperanza de la pastoral misionera hacia los lejanos. Aun con limitaciones, errores y frustraciones, pero siempre con misericordia, porque tal es el verdadero rostro de Dios, que Jesús ha venido a manifestarnos.
Dios rechaza la actitud de Caín al que no le importa su hermano (cfr. Gen 4,9); más bien (I lectura) hace de nosotros centinelas para los demás (v. 7) y pedirá cuentas al que no pone “en guardia al malvado para que cambie de conducta” (v. 8). No se trata de interferir en la vida de los demás, ni de recortar su libertad personal (v. 9), sino de ser una presencia fraterna y amiga, inspirada en el amor y en la búsqueda del auténtico bien del hermano/hermana. Porque el amor mutuo (II lectura) es la mayor obligación hacia los demás; en efecto, “amar es cumplir la ley entera” (v. 10). San Pablo vivía como enamorado de Cristo y, por tanto, estaba preocupado por todas las Iglesias (2Cor 11,28), quería anunciar a todos el Evangelio de Jesús y no tenía miedo a dar fuertes y saludables amonestaciones a sus comunidades. Pero ¡siempre con amor! (*)
El amor mutuo, que tiene como objetivo recuperar la persona que se equivoca, es el fundamento de la corrección fraterna. Incluyendo los riesgos que esta conlleva, sobre todo cuando se ha de llamar la atención a los poderosos de la tierra. El martirio de S. Juan Bautista (ver memoria litúrgica el 29/8), fue la consecuencia extrema de un preciso y valiente reproche a un rey adúltero y corrupto. El mensaje de hoy no atañe solamente a los pequeños contratiempos de la vida familiar o comunitaria, sino que ilumina también la conducta del cristiano (pastores y simples fieles) frente a los responsables de los peores males de la sociedad: leyes inicuas, degradación moral y social, graves injusticias, corrupción, sistemas mafiosos, escándalos públicos…, ante los cuales el silencio y el desinterés equivalen a debilidad, miedo, cobardía, complicidad.
El delicado ministerio de la amonestación-corrección mutua, se omite con excesiva frecuencia, como afirmaba también el Card. Carlos M. Martini (+ 31-8-2012). El difícil servicio de la corrección-reconciliación fraterna, en la verdad y en la caridad, resulta más fácil y eficaz cuando tiene el soporte de una comunidad de hermanos que viven la comunión y la oración, disfrutando así de la presencia del Señor, porque están reunidos en su nombre: “Donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí Yo-Estoy en medio de ellos” (Mt 18,20). Con estas palabras Jesús nos da una de las más hermosas descripciones-definiciones de “Iglesia-comunidad”. ¡Tal es la fuerza misionera y explosiva de una comunidad reconciliada y orante que vive la fraternidad!
REUNIDOS POR JESÚS
José Luis Sicre
Al parecer, el crecimiento del cristianismo en medio del imperio romano fue posible gracias al nacimiento incesante de grupos pequeños y casi insignificantes que se reunían en el nombre de Jesús para aprender juntos a vivir animados por su Espíritu y siguiendo sus pasos.
Sin duda, fue importante la intervención de Pablo, Pedro, Bernabé y otros misioneros y profetas. También las cartas y escritos que circulaban por diversas regiones. Sin embargo, el hecho decisivo fue la fe sencilla de creyentes cuyos nombres no conocemos, que se reunían para recordar a Jesús, escuchar su mensaje y celebrar la cena del Señor.
No hemos de pensar en grandes comunidades sino en grupos de vecinos, familiares o amigos, reunidos en casa de alguno de ellos. El evangelista Mateo los tiene presentes cuando recoge estas palabras de Jesús: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».
No pocos teólogos piensan que el futuro del cristianismo en occidente dependerá en buena parte del nacimiento y el vigor de pequeños grupos de creyentes que, atraídos por Jesús, se reúnan en torno al Evangelio para experimentar la fuerza real que tiene Cristo para engendrar nuevos seguidores.
La fe cristiana no podrá apoyarse en el ambiente sociocultural. Estructuras territoriales que hoy sostienen la fe de quienes no han abandonado la Iglesia quedarán desbordadas por el estilo de vida de la sociedad moderna, la movilidad de las gentes, la penetración de la cultura virtual y el modo de vivir el fin de semana.
Los sectores más lúcidos del cristianismo se irán concentrando en el Evangelio como el reducto o la fuerza decisiva para engendrar la fe. Ya el concilio Vaticano II hace esta afirmación: “El Evangelio… es para la Iglesia principio de vida para toda la duración de su tiempo”. En cualquier época y en cualquier sociedad es el Evangelio el que engendra y funda la Iglesia, no nosotros.
Nadie conoce el futuro. Nadie tiene recetas para garantizar nada. Muchas de las iniciativas que hoy se impulsan pasarán rápidamente, pues no resistirán la fuerza de la sociedad secular, plural e indiferente. Dentro de pocos años sólo nos podremos ocupar de lo esencial.
Tal vez Jesús irrumpirá con una fuerza desconocida en esta sociedad descreída y satisfecha a través de pequeños grupos de cristianos sencillos, atraídos por su mensaje de un Dios Bueno, abiertos al sufrimiento de las gentes y dispuestos a trabajar por una vida más humana. Con Jesús todo es posible. Hemos de estar muy atentos a sus llamadas.
José Antonio Pagola
http://www.musicaliturgica.com
¡QUÉ FÁCIL ES CRITICAR, QUÉ DIFÍCIL CORREGIR!
La formación de los discípulos
A partir del primer anuncio de la pasión-resurrección y de la confesión de Pedro, Jesús se centra en la formación de sus discípulos. No sólo mediante un discurso, como en el c.18, sino a través de las diversos acontecimientos que se van presentando. Los temas podemos agruparlos en tres apartados:
1. Los peligros del discípulo:
* ambición (18,1-5)
* escándalo (18,6-9)
* despreocupación por los pequeños (18,10-14)
2. Las obligaciones del discípulo:
* corrección fraterna (18,15-20)
* perdón (18,21-35)
3. El desconcierto del discípulo:
* ante el matrimonio (19,3-12)
* ante los niños (19,13-15)
* ante la riqueza (19,16-29)
* ante la recompensa (19,30-20,16)
De estos temas, la liturgia dominical ha seleccionado el 2º, corrección fraterna y perdón, que leeremos en los dos próximos domingos (23 y 24 del Tiempo Ordinario) y el último punto del 3º, desconcierto ante la recompensa (domingo 25).
La corrección fraterna
Como punto de partida es muy válida la primera lectura, tomada del profeta Ezequiel. Cuando alguien se porta de forma indebida, lo normal es criticarlo, procurando que la persona no se entere de nuestra crítica. Sin embargo, Dios advierte al profeta que no puede cometer ese error. Su misión no es criticar por la espalda, sino dirigirse al malvado y animarlo a cambiar de conducta.
En la misma línea debemos entender el evangelio de hoy, que se dirige a los apóstoles y a los responsables posteriores de las comunidades. No pueden permanecer indiferentes, deben procurar el cambio de la persona. Pero es posible que ésta se muestre reacia y no acepte la corrección. Por eso se sugieren cuatro pasos: 1) tratar el tema entre los dos; 2) si no se atiene a razones, se llama a otro o a otros testigos; 3) si sigue sin hacer caso, se acude a toda la comunidad; 4) si ni siquiera entonces se atiene a razones, hay que considerarlo «como un gentil o un publicano».
Esta práctica recuerda en parte la costumbre de la comunidad de Qumrán. La Regla de la Congregación, sin expresarse de forma tan sistemática como Mateo, da por supuestos cuatro pasos: 1) corrección fraterna; 2) invocación de dos testigos; 3) recurso a «los grandes», los miembros más antiguos e importantes; 4) finalmente, si la persona no quiere corregirse, se le excluye de la comunidad.
La novedad del evangelio radica en que no se acude en tercera instancia a los «grandes», sino a toda la comunidad, subrayando el carácter democrático de la vivencia cristiana. Hay otra diferencia notable entre Qumrán y Jesús: en Qumrán se estipulan una serie de sanciones cuando se ofende a alguno, cosa que falta en el Nuevo Testamento. Copio algunas de ellas en el Apéndice.
Hay un punto de difícil interpretación: ¿qué significa la frase final, «considéralo como un gentil o un publicano»? Generalmente la interpretamos como un rechazo total de esa persona. Pero no es tan claro, si tenemos en cuenta que Jesús era el «amigo de publicanos» y que siempre mostró una actitud positiva ante los paganos. Por consiguiente, quizá la última frase debamos entenderla en sentido positivo: incluso cuando parece que esa persona es insalvable, sigue considerándola como alguien que en algún momento puede aceptar a Jesús y volver a él. Esta debe ser la actitud personal («considéralo»), aunque la comunidad haya debido tomar una actitud disciplinaria más dura.
¿Qué valor tiene la decisión tomada en estos casos? Un valor absoluto. Por eso, se añaden unas palabras muy parecidas a las dichas a Pedro poco antes, pero dirigidas ahora a todos los discípulos y a toda la comunidad: «Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.» La decisión adoptada por ellos será refrendada por Dios en el cielo.
Relacionado con este tema están las frases finales. Generalmente se los aplica a la oración y a la presencia de Cristo en general. Pero, dado lo anterior y lo que sigue, parece importante relacionar esta oración y esta presencia de Cristo con los temas de la corrección y del perdón.
El conjunto podríamos explicarlo del modo siguiente. La corrección fraterna y la decisión comunitaria sobre un individuo son algo muy delicado. Hace falta luz, hallar las palabras adecuadas, el momento justo, paciencia. Todo esto es imposible sin oración. Jesús da por supuesto -quizá supone mucho- que esta oración va a darse. Y anima a los discípulos asegurándoles la ayuda del Padre, ya que El estará presente. Esta interpretación no excluye la otra, más amplia, de la oración y la presencia de Cristo en general. Lo importante es no olvidar la oración y la presencia de Jesús en el difícil momento de la reconciliación.
Apéndice: la práctica de la comunidad de Qumrán
Nota: En el siglo II a.C., un grupo de judíos, descontentos del comportamiento del clero y de las autoridades de Jerusalén, se retiró al desierto de Judá y fundó junto al Mar Muerto una comunidad. Se ha discutido mucho sobre su influjo en Juan Bautista, en Jesús y en los primeros cristianos. El interesado puede leer J. L. Sicre, El cuadrante. Vol. II: La apuesta, cap. 15.
Los cuatro pasos en la Regla de la congregación
1) «Que se corrijan uno a otro con verdad, con tranquilidad y con amor lleno de buena voluntad y benevolencia para cada uno» (V, 23-24).
2 y 3) «Igualmente, que nadie acuse a otro en presencia de los “grandes” sin haberle avisado antes delante de dos testigos» (VI, 1).
4) «El que calumnia a los “grandes”, que sea despedido y no vuelva más. Igualmente, que sea despedido y no vuelva nunca el que murmura contra la autoridad de la asamblea (…) Todo el que después de haber permanecido diez años en el consejo de la comunidad se vuelva atrás, traicionando a la comunidad… que no vuelva al consejo de la comunidad. Los miembros de la comunidad que estén en contacto con él en materia de purificación y de bienes sin haber informado de esto a la comunidad serán tratados de igual manera. No se deje de expulsarlos» (VII,16-25).
Algunos castigos
«Si alguien habla a su prójimo con arrogancia o se dirige a él groseramente, hiriendo la dignidad del hermano, o se opone a las órdenes dadas por un colega superior a él, será castigado durante un año…»
«Si alguno habló con cólera a uno de los sacerdotes inscritos en el libro, que sea castigado durante un año. Durante ese tiempo no participará del baño de purificación con el resto de los grandes.»
«El que calumnia injustamente a su prójimo, que sea castigado durante un año y apartado de la comunidad.»
«Si únicamente hablo de su prójimo con amargura o lo engañó conscientemente, su castigo durará seis meses.
«El que se despereza, cabecea o duerme en la reunión de los “grandes” será castigado treinta días».
José Luis Sicre
https://www.feadulta.com
CÓMO AYUDAR A DIOS A RECUPERAR SU TESORO
Fernando Armellini
Introducción
De un modo sutil, casi imperceptible, como el insinuarse de una serpiente en la hendidurade una roca, se abre también camino entre los cristianos la mentalidad de este mundo que valora a las personas por el éxito que obtienen,las habilidades que manifiestan, las riquezas que acumulan. Los genios, los atletas, las personas eminentes, cualquiera que demuestre poseer aptitudes fuera de lo común, son buscados y admirados, Los débiles, los pobres, los incapaces, los minusválidos, son considerados por muchos, aunque difícilmente se admita,como un estorbo.
La comunidad que se enorgullece de sus “héroes” y siente un rechazo inconfesado hacialos pecadores a quienes considera como basura, ramas secas, como un “deshonor” para toda la familia, demuestra haber asimilado los criterios de este mundo, no los de Dios, que se enamora de los últimos, de los que no cuentan, y que ha declarado así su Amor al más insignificante de los pueblos, Israel: “Te aprecio y eres valioso y yo te quiero” (Is 43,4).
Idéntica es la perspectiva de Jesús: “los pequeños” están en el centro de las atenciones de su comunidad. Ellos son ellos el tesoro de Dios, la perla preciosa por la que merece la pena rastrear todos los rincones del mundo; la joya que llena de alegría incontenible a quien la encuentra (cf. Mt 13,44-46). Decían los rabinos: “El Señor se alegra por la resurrección de los justos y por la ruina de los impíos”. El Dios de Jesús, por el contrario, se alegra más por un pecador que se convierte que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse (cf. Mt 18,13).
Solamente si hemos comprendido los gustos de Dios, que “escogió a los pobres” (Sant 2,5) y dirige su mirada al humilde (cf. Is 66,2), estaremos en la disposición justa para acoger el mensaje de las lecturas de hoy.
Primera Lectura: Ezequiel 33,7-9
7A ti, Hijo de Hombre, te he puesto de centinela en la casa de Israel; cuando escuches palabras de mi boca, les darás la alarma de mi parte. 8Si yo digo al malvado: “¡Malvado, eres reo de muerte!” y tú no hablas poniendo en guardia al malvado para que cambie de conducta, el malvado morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre; 9pero si tú pones en guardia al malvado para que cambie de conducta, y él no cambia de conducta, él morirá por su culpa y tú salvarás la vida.
“¿Acaso quiero yo la muerte del malvado –oráculo del Señor– y no que se convierta de su conducta y que viva?” (Ez 18,23). La preocupación del Señor es que el hombre escoja caminos de muerte; por eso coloca a Ezequiel como centinela y le encarga vigilar (v. 7). ¿A quién? –nos preguntamos.– ¿Quién es el enemigo que se está acercando y amenaza conaniquilar a Israel?
Aun cuando pueda parecer extraño, ese “enemigo” es el Señor, que está a punto de golpear a su pueblo con la más grave de las desventuras: la destrucción de la ciudad de Jerusalén y la deportación de sus ciudadanos a tierra extranjera. ¿Qué debe hacer Ezequiel? Debe comportarse como los centinelas que hacen sonar la trompeta dando la alarma para que todos puedan ponerse a salvo. La imagen de la venida del Señor para castigar a su puebloaparece frecuentemente en la Biblia; casi todo precepto va seguido de una promesa de bendición para quien lo observa y de amenazas de castigo para los transgresores (cf. Dt 28). En realidad, no es Dios quien castiga; es el pecado el que lleva al hombre a la perdición. El Señor quiere salvar; quien se aleja del camino de la vida trazado por Él decreta la propia muerte.
El pasaje de hoy pone dramáticamente de manifiesto la pasión y la premura de Dios por el hombre. Tan a pecho se toma la Salvación de su pueblo que amenaza de muerte a Ezequiel si no alerta a los israelitas y los pone en guardia frente al peligro que corren: están tomando decisiones que los llevaran a la ruina.
El profeta es un hombre de marcada sensibilidad espiritual. Es el primero que intuye la voluntad de Dios y sabe inmediatamente valorar si las decisiones de los hombres van en su dirección o la contradicen. Es por esto que es su deber intervenir, hablar con franqueza, amonestar a quien corre el peligro de alejarse de Dios. Si no cumple esta misión, se hace responsable de la ruina de sus hermanos (v. 8); si, por el contrario, reprende a quien se está comportando mal y éste no lo escucha, entonces el profeta no es responsable (v. 9).
Todo cristiano es profeta, es centinela, y, por tanto, responsable, en parte, de la suerte de sus hermanos.
Segunda lectura: Romanos 13,8–10
8Que la única deuda que tengan con los demás sea la del amor mutuo. Porque el que ama al prójimo ya cumplió toda la Ley. 9De hecho, los mandamientos –no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no codiciarás– y cualquier otro precepto, se resumen en éste: «Amarás al prójimo como a ti mismo». 10Quien ama no hace mal al prójimo; por eso el amor es el cumplimiento pleno de la Ley.
En el capítulo 13 de la carta a los romanos, Pablo trata de los deberes del ciudadano para con las autoridades del Estado. Los cristianos se preguntaban hasta qué punto debían llevar su lealtad a las autoridades, qué actitud debían adoptar frente a las instituciones incompatibles con el evangelio de Cristo, cómo comportarse con un emperador tan excéntrico como Nerón. Muchos estaban descontentos con el sistema político vigente y, entre los que pensaban en una posible revuelta, habría quizás algún cristiano.
En los primeros versículos del capítulo (vv. 1-7) el Apóstol recomienda a todos nodejarse envolver en aventuras, comportarse como ciudadanos ejemplares respetando a lasautoridades, las leyes y los bienes del Estado.
En la segunda parte (vv. 8-10) –la que corresponde a la lectura de hoy– Pablo propone un principio general para ayudar a resolver no solo éste sino cualquier dilema moral. Cuando uno no sabe cómo comportarse, cuando se duda acerca de las decisiones a tomar, es necesario tener como punto de referencia el mandamiento es fundamento de toda la Ley: “Ama a tu prójimo como a ti mismo” (v. 9). Todos los demás preceptos se derivan de éste; no son sino una explicación del mismo. Quien busca hacer siempre y solamente el bien al hermano,observa todos los mandamientos. Si se tiene presente este principio, es fácil comprender que todas las leyes del Estado, cuando promueven el bien común, deben ser observadas incondicionalmente. Sin embargo, si una ley del Estado, de la Iglesia o de cualquier institución es contraria a este precepto, el cristiano no solo tiene el derecho sino el deber de desobedecer.
Evangelio: Mateo 18,15-20
15Si tu hermano te ofende, ve y corrígelo, tú y él a solas. Si te escucha has ganado a tu hermano. 16Si no te hace caso, hazte acompañar de uno o dos, para que el asunto se resuelva por dos o tres testigos. 17Si no les hace caso, informa a la comunidad. Y si no hace caso a la comunidad considéralo un pagano o un recaudador de impuestos. 18Les aseguro que lo que ustedes aten en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo. 19Les digo también que, si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra para pedir cualquier cosa, mi Padre del cielo se la concederá. 20Porque donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, yo estoy allí, en medio de ellos.
Para no interpretar mal el significado de este pasaje bíblico, es necesario colocarlo en su contexto. Todo el capitulo (Mt 18) del que está sacada la lectura de hoy, trata de las relaciones entre los miembros de la comunidad cristiana: quién debe ser considerado el primero, quién es grande y quién es pequeño, cómo evitar los escándalos, qué actitud se debe tomar frente a los que se alejan de la fe, cómo incrementar el amor y favorecer la armonía entre los discípulos, cuántas veces hay que perdonar.
El pasaje evangélico de hoy nos invita a meditar acerca de las indicaciones que Jesús da para recuperar a quien se ha extraviado a causa de su equivocación. Para comprenderlas es necesario leerlas a la luz de la frase introductoria que, desafortunadamente, no forma parte del evangelio de hoy: “el Padre del cielo no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños” (v.14). Todo lo que recomienda debe responder a este único objetivo: recuperar para la vida a quien ha tomado o está tomando decisiones de muerte.
Toca al pastor, ciertamente, encontrar a la oveja descarriada, que está herida y corre el riesgo de caer en abismos cada vez más oscuros y profundos; todo cristiano, sin embargo, es pastor de su hermano; ninguno puede responder como hizo Caín: “¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?” (Gén 4,9).
La ley del Amor nos obliga a empeñarnos en reconducir al hermano a la vía recta, pero ¿cómo proceder en una misión tan delicada? En primer lugar, evitando absolutamente la murmuración, es decir, no difundiendo la noticia del error cometido. Esto se llama difamación y solo contribuye a marginar más a quien ha errado, a humillarlo, a hundirlo más en el mal, a hacerlo sufrir innecesariamente. Equivale a perder para siempre la posibilidad de su recuperación. Hay quienes piensan que, por haber dicho la verdad, se pueden quedar en paz; la verdad, sin embargo, no es el valor absoluto. El Amor es el punto de referencia y está por encima de todo lo demás. La verdad puede oponerse al Amor, puede destruir la convivencia y las buenas relaciones en vez de favorecerlas. La difamación puede aniquilar a una persona –“un golpe de lengua rompe los huesos” (Eclo 28,17)–, puede matar a un hermano, destruir una familia, romper una relación conyugal. ¿Cómo negar la sabiduría del dicho popular: “Mejor una mentira bien dicha que una verdad inoportuna”?
La verdad que no produce amor, sino que provoca turbación, que genera divisiones, odios y rencores, es una mentira. No se puede airear “todo lo que es verdad” o “todo lo que unosabe”. No se debe absolutamente decir la verdad a aquellos que puedan servirse de ella para hacer el mal. La verdad que mata es diabólica, viene del maligno, que “es homicida desde el principio…porque es mentiroso y padre de la mentira” (Jn 8,44).
Tratemos de entender lo que sugiere Jesús para poder “decir la verdad” a un hermano que está en peligro de perderse. El camino a seguir contempla tres etapas.
La primera: Se debe hablar personalmente con el hermano, cara a cara; todo tiene que desarrollarse en secreto para evitar que alguien puede descubrir lo sucedido. Este primer intento es el más delicado, sobre todo porque es comprometido y decididamente desagradable; todos preferimos hablar confidencialmente del asunto con otro, en vez de enfrentarnos con el interesado. Además, no es fácil encontrar la palabra justa; puede uno equivocarse en el modo de abordar la cuestión; se nos puede escapar un adjetivo innecesario;basta un gesto fuera de lugar para que todo termine. Si el hermano resulta herido, se cierra definitivamente y quien ha intervenido con la mejor de las intenciones, además de haber perdido a un amigo, se siente responsable de la fallida conversión. En esta situación nos puede ser útil la sugerencia que nos presenta la segunda lectura de hoy: ponernos en la piel del hermano y tratar de imaginar cómo desearíamos que los demás se comportaran connosotros.
Si este primer intento no surte efecto, el segundo paso a dar es pedir la ayuda de uno o dos hermanos sensibles y sabios de la comunidad. No hay que olvidar nunca el objetivo: la recuperación del hermano. Nunca se debe dar la impresión de querer ponerlo en un aprieto ocondenarlo. Hay que hacerle sentir que está con amigos que quieren su bien y están dispuestos a testimoniar ante los demás hermanos su buena disposición.
La última etapa es el recurso a la comunidad y solo en el caso en que el pecado cometido pueda turbar a todos los hermanos, especialmente a los más débiles en la fe. Si aun así el culpable no quiere enmendarse, entonces “considéralo un pagano y un recaudador de impuestos” (v. 10).
Tomada literalmente, esta recomendación desentona en la boca de Jesús, que acaba de amonestar a sus discípulos: “Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños” (v. 10). ¿Cómo es posible que el “amigo de publicanos y pecadores” (Mt 11,19) pronuncie un juicio tal duro?
Si no es correctamente entendida, la frase puede sentirse fuera de lugar aun tratándose del evangelio de Mateo, que subraya la realidad de una Iglesia compuesta no solo de santos, sino también de pecadores. La describe como un campo donde crecen el trigo y la cizaña; una red que arrastra todo tipo de peces; un banquete al que son invitados buenos y malos. ¿Cómo se explica que los pecadores impenitentes deban ser expulsados de la comunidad?
No pongamos una frase de Jesús en contradicción con todo el Evangelio. Un hecho es cierto: la comunidad no tiene derecho a expulsar a uno de sus miembros que se comporta malsolamente por considerarlo un estorbo, un elemento indeseable. El pecador será siempre un hijo de la Iglesia y una madre nunca se avergüenza de ninguno de sus hijos. No obstante, no hay que negarle a la Iglesia el derecho y, hasta el deber, de pronunciar palabras de denuncia o de condena; Jesús le ha conferido el poder de atar y desatar y ha prometido ratificar en el cielo sus decisiones (v. 18). Atar y desatar es una expresión bien conocida. Era usada por los rabinos para indicar su autoridad de declarar lícito o prohibido un cierto comportamiento moral.
La responsabilidad encomendada a la Iglesia es grande: está llamada a declarar de modo auténtico qué pensamientos, qué sentimientos, qué decisiones están de acuerdo con el Evangelio y qué es, por el contrario, lo que nos aleja de Cristo. La Iglesia no expulsa a nadie, no condena, no castiga nunca; ayuda solamente a tomar conciencia de la situación en la que uno se encuentra al llevar a cabo ciertas decisiones.
En el cumplimiento de esta delicada misión, la iglesia nunca olvidará la severidad de otro dicho de Jesús: “¿Por qué te fijas en la pelusa que está en el ojo de tu hermano y no miras la viga que hay en el tuyo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: déjame sacarte la pelusa de tuojo, cuando no ves la viga en el tuyo?… Saca primero la viga de tu ojo y entonces podrás ver claramente para sacar la pelusa del ojo de tu hermano” (Lc 6,41-42). No obstante, es su deber declarar de modo inequívoco, después de haberse confrontado con el Evangelio, aquello que coloca al culpable fuera de la comunión con Cristo y con la comunidad.
El modo de prestar este servicio puede y debe cambiar: depende de la sensibilidad y de lamentalidad que –como sabemos- están sujetas a evolución a lo largo de los siglos. Hubo un tiempo en el que era aceptable una actitud más rigurosa: quien cometía una falta moral grave era alejado de la comunidad (cf. 1 Cor 5); se temía que, ignorando o pasando por alto un comportamiento escandaloso, público y, a veces, provocativo, se corría el riesgo de desorientar a los miembros más débiles.De la misma manera, si alguno falsificaba el Evangelio, era públicamente reprendido: “al herético, después de dos avisos, evítalo” (Tit 3,10). La comunidad no puede ciertamente tolerar que alguien, en nombre de Cristo, predique doctrinas falsas y nocivas.
Hoy estas formas de excomunión están fuera de lugar y pertenecen al pasado. La práctica pastoral es diversa pero el objetivo sigue siendo el mismo: iluminar al hermano, ayudarlo a caer en la cuenta de su condición e inducirlo a que se enmiende. “Si alguien no obedece las instrucciones de mi carta, señálenlo y no se junten con él, para que recapacite. Pero no lo traten como a enemigo, sino aconséjenlo como a hermano” (2 Tes 3,14-15). Para obtener este resultado, es preciso dejar en claro que las medidas tomadas deben ser dictadas por el amor yno con la intención de separar al culpable de una comunidad que se cree perfecta. Si se consigue que el interesado tome conciencia de no estar en plena comunión con los hermanos en la fe, quizás se pueda suscitar en él una sana nostalgia de la casa del Padre y el deseo y la necesidad de regresar.
Los versículos conclusivos (vv. 19-20) constituyen una última llamada al valor atribuido por Jesús al “estar juntos” y a la búsqueda del acuerdo entre los miembros de la comunidad. La concordia, la unidad de intenciones, se manifiestan en la toma de conciencia de la presencia del Resucitado en medio de ellos y en la oración que Él ha dirigido al Padre. Solo quien está en sintonía con los sentimientos de Dios y de los hermanos puede sentirse seguro de interpretar el pensamiento del Señor cuando “ata” y cuando “desata”.