25 En aquella ocasión exclamó Jesús:
– Bendito seas, Padre, Señor de cielo y tierra, porque, si has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, se las has revelado a la gente sencilla; 26 sí, Padre, bendito seas, por haberte parecido eso bien.
27 Mi Padre me lo ha entregado todo; al Hijo lo conoce sólo el Padre y al Padre lo conoce sólo el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
28 Acercaos a mí todos los que estáis rendidos y abrumados, que yo os daré respiro. 29 Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy sencillo y humilde: encontraréis vuestro respiro, 30 pues mi yugo es llevadero y mi carga ligera.


Portare il giogo della croce con Gesù

EL PUEBLO SENCILLO
José Antonio Pagola

Jesús no tuvo problemas con la gente sencilla. El pueblo sintonizaba fácilmente con él. Aquellas gentes humildes que vivían trabajando sus tierras para sacar adelante una familia, acogían con gozo su mensaje de un Dios Padre, preocupado de todos sus hijos, sobre todo, de los más olvidados.
Los más desvalidos buscaban su bendición: junto a Jesús sentían a Dios más cercano. Muchos enfermos, contagiados por su fe en un Dios bueno, volvían a confiar en el Padre del cielo. Las mujeres intuían que Dios tiene que amar a sus hijos e hijas como decía Jesús, con entrañas de madre.
El pueblo sentía que Jesús, con su forma de hablar de Dios, con su manera de ser y con su modo de reaccionar ante los más pobres y necesitados, le estaba anunciando al Dios que ellos necesitaban. En Jesús experimentaban la cercanía salvadora de Padre.
La actitud de los “entendidos” era diferente. Lo que al pueblo sencillo le llena de alegría a ellos les indigna. Los maestros de la ley no pueden entender que Jesús se preocupe tanto del sufrimiento y tan poco del cumplimiento del sábado. Los dirigentes religiosos de Jerusalén lo miran con recelo: el Dios Padre del que habla Jesús no es una Buena Noticia, sino un peligro para su religión.
Para Jesús, esta reacción tan diferente ante su mensaje no es algo casual. Al Padre le parece lo mejor. Por eso le da gracias delante de todos: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has dado a conocer a los sencillos. Sí, Padre, así te ha parecido mejor».
También hoy el pueblo sencillo capta mejor que nadie el Evangelio. No tienen problemas para sintonizar con Jesús. A ellos se les revela el Padre mejor que a los “entendidos” en religión. Cuando oyen hablar de Jesús, confían en él de manera casi espontánea.
Hoy, prácticamente, todo lo importante se piensa y se decide en la Iglesia, sin el pueblo sencillo y lejos de él. Sin embargo, difícilmente, se podrá hacer nada nuevo y bueno para el cristianismo del futuro sin contar con él. Es el pueblo sencillo el que nos arrastrará hacia una Iglesia más evangélica, no los teólogos ni los dirigentes religiosos.
Hemos de redescubrir el potencial evangélico que se encierra en el pueblo creyente. Muchos cristianos sencillos intuyen, desean y piden vivir su adhesión a Cristo de manera más evangélica, dentro de una Iglesia renovada por el Espíritu de Jesús. Nos están reclamando más evangelio y menos doctrina. Nos están pidiendo lo esencial, no frivolidades.

José Antonio Pagola
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LA SIMPLICIDAD DE DIOS NOS ASUSTA
Fray Marcos

En el evangelio de hoy hay tres párrafos bien definidas. El primero se refiere a Dios. El segundo, a la interdependencia total entre Jesús y Dios. El tercero, hace referencia a la relación entre nosotros y Jesús. Los tres manifiestan aspectos esenciales del mensaje de Jesús. Los dos primeras se encuentran también en Lc, pero en el contexto des éxito de los 72 y la intervención del Espíritu que llenó de alegría a Jesús. En la primera comunidad cristiana todos eran personas sencillas, que no podían gloriarse de nada y buscaban ser acogidas y guiadas. ¿Qué hubiera dicho Jesús de la Iglesia después de Constantino?

“Te doy gracias, Padre, porque…” Lo importante no es la acción de gracias en sí sino el motivo. Jesús no puede afirmar que Dios da a algunos lo que niega a otros. Lo que quiere decir es que, el Dios de Jesús no puede ser aceptado más que por la gente sencilla y sin prejuicios. Los engreídos, los soberbios, los sabios tienen capacidad para crearse su propio Dios. Los “sabios y entendidos” eran los especialistas de la Ley. Su pretendido conocimiento de Dios les daba derecho a sentirse seguros, poseedores de la verdad. No tenían nada que aprender. Pero eran los únicos que podían enseñar.

¿Quiénes eran los sencillos? “El “nepios” griego tiene muchos significados, pero todos van en la misma dirección: infantil, niño, menor de edad, incapaz de hablar; y también: tonto, infeliz, ingenuo, débil. En todos descubrimos la ausencia de cálculo, la falta de doblez o segundas intenciones. Para la élite religiosa, los sencillos eran unos malditos, porque no conocían la Ley, y por lo tanto no podían cumplirla. Los sencillos eran los “sin voz”, “la gente de la tierra” a quienes los rabinos despreciaban.

Estas cosas son las experiencias de Dios que Jesús vivió y que les quiere trasmitir. No se trata de conocimiento sino de experiencia profunda. “Todo me lo ha entregado mi Padre…” Ese conocimiento de Dios no es fruto del esfuerzo humano, sino puro don; aunque no se niegue a nadie. El error de nuestra teología, fue creer que conocíamos a Jesús porque conocíamos a Dios; si Jesús era Dios, ya sabíamos lo que era Jesús. El texto nos dice que la única manera de conocer a Dios es aproximarnos a Jesús.

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré. La imagen de yugo se aplicaba a la Ley, que, tal como la imponían los fariseos, era ciertamente insoportable. El hombre desaparecía bajo el peso de más de 600 preceptos y 5.000 prescripciones. Para los fariseos, la Ley era lo único absoluto. Jesús dice lo contrario: “El sábado está hecho para el hombre, no el hombre para el sábado”. La principal tarea de Jesús es liberar al hombre de las ataduras religiosas.

Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera. Jesús libera de los yugos y las cargas que oprimen al hombre y le impiden ser Él. No propone una vida sin esfuerzo; Sería engañar al ser humano que tiene experiencia de las dificultades de la existencia. Sin esfuerzo no hay verdadera vida humana. No es el trabajo exigente lo que malogra una vida, sino los esfuerzos que no llevan a ninguna plenitud. Todo lo que hagamos a favor del hombre se convertirá en felicidad porque traerá plenitud y felicidad.

Jesús propone un “yugo” pero no de opresión que vaya contra el hombre, sino para desplegar todas sus posibilidades de ser más humano. Jesús quiere ayudar al ser humano a desplegar su ser sin opresiones. El yugo y la carga serían, como el peso de las alas para el ave. Claro que las alas tienen su peso, pero si se lo quitas, ¿con qué volará? El motor de un avión es una tremenda carga, pero gracias a ese peso el avión vuela. Nuestras limitaciones son las que nos permiten avanzar hacia la meta.

Lo que acabamos de leer es evangelio (buena noticia). No hemos hecho caso a este mensaje. En cuanto pasaron los primeros siglos de cristianismo, se olvidó totalmente este evangelio, y se recuperó “el sentido común”. Nunca más se ha reconocido que Dios se pueda revelar a la gente sencilla. Es tan sorprendente lo que nos acaba de decir Jesús, que nunca nos lo hemos creído. Dios no comparte con el hombre el conocimiento, sino su misma Vida. Los que no creen en la evolución pueden disfrutar de una buena salud.

Si Dios se revela a la gente sencilla, ¿Qué cauces encontramos en nuestra institución para que esa revelación sea escuchada? ¿No estamos haciendo el ridículo cuando seguimos siendo guiados por los “sabios y entendidos” que se escuchan más a sí mismos que a Dios? A todos los niveles estamos en manos de expertos. En religión la dependencia es absoluta, hasta el punto de prohibirnos pensar por nuestra cuenta. Recordad la frase del catecismo: “doctores tiene la Iglesia que os sabrán responder”.

Jesús no propone una religión menos exigente. Esto sería tergiversar el mensaje. Jesús no quiere saber nada de religiones. Propone una manera de vivir la cercanía de Dios, tal como él la vivió. Esa Vida profunda, es la que puede dar sentido a la existencia, tanto del listo como del tonto, tanto del sabio como del ignorante, tanto del rico como del pobre. Todo lo que nos lleve a plenitud, será ligero. Este camino de sencillez no es fácil.

Los cansados y agobiados eran los que intentaban cumplir la Ley, pero fracasaban en el intento. De esas conciencias atormentadas abusaban los eruditos para someterlos y oprimirlos. Nada ha cambiado desde entonces. Los entendidos de todos los tiempos siguen abusando de los que no lo son y tratando de convencerles de que tienen que hacerles caso en nombre de Dios. Pío IX dijo: “solo hay dos clases de cristianos, los que tienen el derecho de mandar y los que tienen la obligación de obedecer”. Hoy ningún jerarca repetiría esas palabras, pero en la práctica, todos actúan desde esa perspectiva.

Descubramos en qué medida separamos la fe de la vida, la experiencia del conocimiento, el amor del culto, la conciencia de la moralidad, etc. Los predicadores seguimos imponiendo pesados fardos sobre las espaldas de los fieles. Nuestro anuncio no es liberador. Seguimos confiando más en los conocimientos teológicos, en el cumplimiento de unas normas morales y en la práctica de unos ritos, que en la sencillez de sabernos en Dios. Seguimos proponiendo como meta la “Ley”, no la Vida.

La gran carencia de nuestra comunidad hoy es la falta de experiencia interior. Por eso nunca se podrá superar insistiendo en la doctrina, por medio de la condena a los que se atreven a discrepar de la doctrina oficial o con documentos que tratan de zanjar cuestiones discutibles. Lo que hay que enseñar a los cristianos es a vivir la experiencia del Dios de Jesús. Solo ahí encontraremos la liberación de toda opresión. Solo teniendo la misma vivencia de Jesús, descubriremos la libertad para ser nosotros mismos.

Meditación

Venid a mí todos, dice Jesús.
Él conoce a Dios y él nos lo puede revelar.
Debemos superar todo prejuicio
y aceptar ese Dios como el único que puede liberarnos.
Todo dios, que venga de otra parte
o que nos hayamos fabricado nosotros, será opresor.
Mientras más agobiados nos sintamos,
más necesitaremos al Dios de Jesús.

Fray Marcos
https://www.feadulta.com


Jesús inaugura la Misión desde la paz, pequeñez y pobreza
Romeo Ballan, MCCJ

Este pasaje del Evangelio de Mateo hay que leerlo en paralelo con el del evangelista Lucas (10), el cual coloca este mismo episodio de la vida de Jesús en un contexto misionero: la vuelta gozosa de los discípulos después de su primera experiencia de misión. Aunque fue limitada en el espacio y en el tiempo, la experiencia había sido eficaz, capaz de someter incluso a los demonios. Jesús invita a los discípulos a no gozar por esto, sino más bien porque sus nombres “están escritos en los cielos”, es decir, en la mano y en el corazón de Dios. Y Lucas continúa: Jesús “en aquella hora se estremeció de gozo en el Espíritu Santo y dijo: «Te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra…» (10,20s). Estas breves palabras son otra revelación de la Trinidad Santa: Padre, Hijo y Espíritu.

El texto de Mateo (11) se encuentra en el corazón de su Evangelio y los estudiosos lo definen como una gran manifestación del misterio de Dios, un himno de júbilo en la Trinidad Santa. Es el ‘Magníficat’ de Jesús, una expresión de su mundo interior, así como lo expresa el de María (Lc 1). En efecto, esta plegaria de Jesús, narrada por Mateo y Lucas, recoge el programa de las Bienaventuranzas (Mt 5,3s), con una especial atención a los pobres, a los mansos, afligidos, puros, misericordiosos, artífices de paz, perseguidos… La página de Mateo nos ofrece una mirada panorámica sobre todo el Evangelio de Jesús, que gira aquí en torno a algunos temas fundamentales: la alabanza al Padre, Señor y Creador (v. 25); la vida de íntima comunión de la Trinidad (v. 27); la actitud amorosa y activa de Jesús frente al sufrimiento humano, brindando alivio a los que están “cansados y agobiados” (v. 28); la nueva escuela y el estilo del Maestro, que dice a todos: “Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón y encontrarán su descanso” (v. 29-30). Estamos en la escuela de un Maestro especial: si lo contemplamos en la pobreza de Belén y en la humillante derrota del Calvario, entenderemos cuán diferentes son los caminos humanos y los de Dios (Is 55,8-9).

Después de un período de polémicas con escribas y fariseos, y de abandonos por parte de algunos discípulos, el balance humano de ese nuevo Maestro era seguramente decepcionante. Jesús, sin embargo, lejos de abandonar su misión o de retirarse, se reafirma en el camino emprendido, alaba y da gracias al Padre por haber escogido a la gente sencilla, a los pequeños, a los últimos como destinatarios privilegiados de sus extraordinarias revelaciones (v. 25-26).

El ideal de la Iglesia es hacerse discípula de Cristo, tanto en el mensaje como en el estilo, hasta poder decir a todos los pueblos: vengan a mí todos, “cansados y oprimidos” de todos los tiempos y lugares… aprendan de mí que soy manso y humilde… encontrarán alivio y mi yugo les será llevadero. Este es el rostro auténtico y más atractivo de la Iglesia, el único que interesa a la gente, y que los misioneros y toda la comunidad cristiana están llamados a encarnar y proponer. Entre las imágenes más bellas de la Iglesia se encuentran estas dos: la posada y la casa de Pablo. La posada, casa para todos (pandokéion), a la cual el buen samaritano llevó al pobre hombre caído en manos de los bandidos (Lc 10,34); y la casa de Pablo, el cual, cuando llegó prisionero a Roma, vivía en una casa alquilada, donde acogía a todos, anunciaba el Reino de Dios y enseñaba a Jesucristo con toda franqueza (Hch 28,30-31). Dos imágenes que hablan de abertura y acogida, anuncio con pobreza y humildad, valentía evangélica (parresía). Al comienzo de su pontificado, el Papa Francisco dio una prueba de estos valores evangélicos en el viaje a Lampedusa (8 de julio de 2013), su primera visita fuera de Roma. Desde ese mar de tragedias inhumanas, lanzó al mundo entero un fuerte llamado a la acogida y a la solidaridad, partiendo de las preguntas que Dios dirigió a Adán y a Caín después de su pecado.

Hace algunos años (2003) fui invitado a participar en Guatemala en un Congreso misionero para todo el continente americano con un tema significativo: “La misión desde la pequeñez, la pobreza y el martirio”. La Iglesia misionera ofrece a menudo esta imagen de acogida, humildad y austeridad, sobre todo en los países pobres del planeta, pero también en los recodos de las metrópolis más industrializadas. Este estilo de vida y de misión, inaugurado por Jesús, es posible (II lectura) en la medida en que el Espíritu de Dios habita en nosotros. Gracias a su presencia, los frutos asegurados serán la vida, la paz (v. 9.13). El profeta Zacarías (I lectura) presenta el ideal de un rey justo, pacífico y humilde, que cabalga en un asno (v. 9), destruirá los carros y los caballos de guerra y tendrá un claro programa de paz para todas las naciones (v. 10).


“PEQUEÑO”: EL ÚNICO TÍTULO RECONOCIDO EN EL CIELO
Fernando Armellini

Introducción

En las asambleas públicas, en las comidas en común, en los viajes en caravana, en cualquier ocasión, la sociedad judía se planteaba siempre la cuestión de quién era más grande, a quién correspondía el mayor honor.

En esta carrera hacia los primeros puestos se han visto incluidos hasta los bienaventurados del cielo –catalogados en siete categorías con los mártires a la cabeza– e incluso el Dios de Israel, quien no podía ser menos que las divinidades griegas o egipcias –que invariablemente recibían el título de “grande”. Por eso Salomón proclamaba: “El Señor es el más grande de todos los dioses” (Éx 18,11) y Moisés aseguraba a los israelitas: “ElSeñor, su Dios, es Dios de dioses y Señor de señores” (Dt 10,17).

En los últimos años antes de Cristo, las afirmaciones sobre la grandeza de Dios se habían multiplicado desmesuradamente. Dios era “el altísimo”, “el grandísimo” (Est 8,12q); “el Señor grande y glorioso, admirable en su poder e invencible” (Jdt 16,13), y se esperaba, en consecuencia, una manifestación de su grandeza: “Esperamos la manifestación de la gloria de nuestro gran Dios y Salvador” (Tit 2,13), leemos en la noche de Navidad.  

Dios ha aparecido en toda su grandeza como un niño débil, pobre e indefenso, “envuelto en pañales”, hijo de una dulce y premurosa madre de catorce años. Este ha sido el comienzo de su manifestación, cuyo momento culminante ha tenido lugar en la cruz. Desde aquel día, todos los criterios de grandezas han cambiado radicalmente. 

Primera lectura: Zacarías 9,9-10

9Alégrate, ciudad de Sión: grita de júbilo, Jerusalén; mira a tu rey que está llegando: justo, victorioso, humilde, cabalgando un burro, una cría de burra. 10Destruirá los carros de Efraín y los caballos de Jerusalén; destruirá los arcos de guerra, proclamará la paz a las naciones; dominará de mar a mar, del Gran Río al confín de la tierra.

Esta profecía se pronunció cuando Israel ni siquiera era una nación independiente. No estaba en guerra con nadie, era un pueblo insignificante en el panorama internacional, una colonia, explotada y oprimida por potencias extrajeras. El período histórico es el inmediatamente posterior a las conquistas de Alejandro Magno.  

En esta coyuntura difícil, la hija de Sión o hija de Jerusalén es invitada a un gran gozo yalegría (v. 9). Sión era el nombre de la colina sobre la que se había construido la ciudad de David; poco después se convirtió en sinónimo de Jerusalén. Con la expresión hija de Sión o hija de Jerusalén se indicaba la zona más pobre de la ciudad, el suburbio que había surgido al norte de la misma (como una extensión, como una hija de la capital) con la llegada de los fugitivos de Samaría, destruida por Asiria en el 721 a.C. 

Es a estos prófugos, a estas personas indigentes y traumatizadas, a quienes el profeta se dirige para anunciarles alegría y esperanza: un rey justo y victorioso está a punto de llegar e inaugurará una era de paz y prosperidad.  

La dinastía de David hacía siglos que había desaparecido. El rey que “libra al pobre suplicante, al humilde y al desvalido, se apiada del pobre y del débil y los rescata de la opresión y la violencia” (Sal 72,12-14) no puede ser un hombre sino el mismo Dios.

Hasta aquí, ninguna novedad respecto a lo prometido por otros profetas. “El Señor dentro de ti es el rey de Israel” había profetizado Sofonías (Sof 3,15). La sorpresa viene a continuación: el salvador no llegará a la cabeza de un fuerte ejército, cabalgando fogosos corceles, al mando de carros de guerra, pisoteando enemigos hechos prisioneros, sino que entrará en Jerusalén “justo, victorioso, humilde, montado en un burro, una cría de burra” (v.9).  

Dotar al ejército de una potente caballería había sido siempre un sueño de los reyes de Israel; para procurársela, habían llegado hasta a vender a los hijos de su pueblo como esclavos y mercenarios de los egipcios (cf. Dt 17,16). Dios, por el contrario, quiere poner fin a esta manía de poder y de grandeza: “Aquel día, oráculo del Señor, les aniquilaré su caballería y destruiré sus carros” había dicho por boca del profeta Miqueas (Miq 5,9).

En la segunda parte de la lectura (v. 10) se describe el reino pacífico inaugurado por el Señor: el arco de guerra será quebrado y la paz, anunciada a todas las gentes. El reino se extenderá del Mediterráneo al Golfo Pérsico y del río Éufrates hasta la extremidad de la tierra. Según la geografía de aquel tiempo, estos eran los confines del mundo. 

Con esta profecía, Zacarías cambia totalmente el concepto de realeza: el soberano no es más aquel que es servido, sino el que pone a los otros en el centro de sus atenciones y cuidados. No son los débiles los que tienen que someterse a él, sino que es el rey el que tiene que estar al servicio de los débiles. Su fuerza es lo que los hombres consideran debilidad. Jesús cumplirá al pie de la letra esta profecía al entrar en Jerusalén montado en un burro. Con este gesto mostrará que es el rey pacífico anunciado por Zacarías.  

Segunda lectura: Romanos 8,9.11-13

9Pero ustedes no están animados por los bajos instintos sino por el Espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en ustedes. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no le pertenece.11Y si el Espíritu del que resucitó a Jesús de la muerte habita en ustedes, el que resucitó a Cristo de la muerte dará vida a sus cuerpos mortales por el Espíritu suyo que habita en ustedes. 12Hermanos, no somos deudores de los bajos instintos para vivir a su manera.13Porque, si viven de ese modo, morirán; pero, si con el Espíritu dan muerte a las bajas acciones, entonces vivirán.

Los hombres mueren y también Jesús, siendo hombre, muere; debe morir. Sin embargo, Jesús ha resucitado. ¿En virtud de qué poder? En la lectura de hoy Pablo dice que esto ha sucedido porque Jesús tenía en sí mismo el Espíritu en plenitud, la potencia del Dios (v. 11).

La vida del hombre tiene un principio y un fin, pero la vida de Dios no tiene ni principio ni fin. Jesús ha muerto a la vida material, pero el Espíritu que estaba en Él lo ha resucitado, ha hecho que continuara viviendo de la vida de Dios.

De esta verdad concluye Pablo que, habiendo recibido nosotros el mismo Espíritu, ya no podemos morir. En el momento en que nuestra vida bilógica llegue a su fin, el Espíritu que ha resucitado a Jesús resucitará también nuestros cuerpos mortales (v. 11).

En la segunda parte de la lectura (vv. 12-13), el Apóstol indica cuáles son las consecuencias morales que se derivan de la nueva condición en la que ha entrado quien ha recibido el bautismo: debe hacer las obras que están en sintonía con la vida de Dios, con los impulsos del Espíritu; si el creyente vive “según la carne” tomará decisiones de muerte.

Evangelio: Mateo 11,25-30

25En una ocasión Jesús tomó la palabra y dijo: “¡Te alabo, Padre, Señor de cielo y tierra, porque, ocultando estas cosas a los sabios y entendidos, se las diste a conocer a la gente sencilla! 26Sí, Padre, ésa ha sido tu elección. 27Todo me lo ha encomendado mi Padre: nadie conoce al Hijo, sino el Padre; nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo decida revelárselo. 28Vengan a mí los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré.29Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy tolerante y humilde de corazón, y encontrarán descanso para su vida. 30Porque mi yugo es suave y mi carga ligera”.

Al inicio de su vida pública, junto al lago de Galilea, Jesús suscitó bastante entusiasmo y obtuvo un notable éxito; pronto, sin embargo, comenzaron los conflictos, las incomprensiones y la hostilidad. Muchos discípulos, desconcertados por sus propuestas, lo abandonaron (Jn 6,66). Efectivamente ni sus propios parientes creían en Él (cf. Jn 7,5). Con Él permaneció un escaso grupo de seguidores pertenecientes a las clases más pobres y despreciadas de la sociedad judía (cf. Jn 6,67-69).  

Nuestro pasaje es el epílogo de un capítulo lleno de tensiones y polémicas. Se ha abierto con la crisis de fe del Bautista que ha enviado a algunos de sus discípulos a preguntar a Jesús: “¿Eres tú el que había de venir o tenemos que esperar a otro?” (Mt 11,3). El texto continúacon el severo juicio de Jesús sobre su generación (cf. Mt 11,16-19) y las amenazas: “¡Ay de ti, Corazaín, ay de ti Betsaida!” (Mt 11,21-24).  

A mitad de su vida pública, el balance de la labor de Jesús es decepcionante. Frente a un fracaso tal, nosotros nos hubiéramos quedado con los brazos caídos; Jesús, sin embargo, se alegra y bendice al Padre por todo lo sucedido. La exclamación solemne con que se inicia el pasaje de hoy es una de las pocas oraciones de Jesús narradas por los evangelios: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque, ocultando estas cosas a sabios y entendidos, se las diste a conocer a la gente sencilla” (v. 25).

Los sabios e inteligentes vienen, con frecuencia, citados juntos y, la mayoría de las veces, en sentido peyorativo. Son aquellos que se profesan devotos buscadores de la sabiduría, que incluso piensan tener el monopolio de ella, pero que, en realidad, viven envueltos en estupideces y se deleitan en vanas disquisiciones. Contra estos tales había sentenciado el profeta Isaías: “¡Hay de los que se tienen por sabios y se creen inteligentes!” (Is 5,20-21). Jesús no los excluye de la Salvación; se limita a constatar un hecho: los pobres, los humildes, las personas marginadas han sido los primeros en aceptar su palabra de liberación.

Es normal, dice, que esto suceda porque son los pequeños, más que nadie, los que sientennecesidad de la ternura de Dios; tienen hambre y sed de justicia; lloran y viven en el lutoesperando que el Señor intervenga, levante sus cabezas y los llene de júbilo. Son bienaventurados porque ha llegado para ellos el reino de Dios. Después añade: “Sí, Padre;esa ha sido tu elección” (v. 26).  

Aún hoy sigue profundamente enraizada en muchos creyentes la convicción de que Dios es amigo de los buenos y de los justos, se complace en los que se comportan bien y apenas aguanta a los pecadores. Este es el “dios creado” por “los sabios y los inteligentes”: meroproducto de la lógica y los criterios humanos. El Padre de Jesús, por el contrario, va en busca de aquellas personas que nosotros tiramos a la basura, privilegia a los despreciados, a los que no son tenidos en cuenta por nadie, a los pecadores públicos (cf. Mt 11,19), a las prostitutas (cf. Mt 21,31), porque todos estos son los que más necesitan de su Amor. Los ricos, los saciados, quienes se sienten orgullosos de su saber, no sienten la necesidad de este Padre;siguen aferrados a sus propios dioses. Llegarán también ellos a la Salvación, es cierto; pero solo cuando se hayan hecho “pequeños”. Su problema, sin embargo, es el de llegar tarde, el de desperdiciar un tiempo precioso. 

En la segunda parte del pasaje (v. 27) Jesús formula una importante afirmación: “Nadie conoce al Hijo sino el Padre; nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo decida revelárselo”. El verbo conocer en la Biblia no significa haber contactado o encontrado algunas veces una persona. Significa “haber tenido de ella una experiencia profunda”. Se emplea, por ejemplo, para indicar la relación íntima que tiene lugar entre un hombre y una mujer (cf. Lc 1,34).  

Solo el Hijo tiene un conocimiento pleno del Padre. No obstante, El puede comunicar esta experiencia suya a quien quiere. ¿Quién tendrá la disposición justa para acoger su revelación? Los pequeños, naturalmente. Los escribas, los rabinos, aquellos que han sido instruidos hasta en los más mínimos detalles de la Ley, están convencidos de poseer el pleno conocimiento de Dios, de ser capaces de discernir lo que está bien; se presentan como guías de ciegos, como luz para los que están en las tinieblas, como educadores de los ignorantes, como maestros de los simples (cf. Rom 2,18-20); pero todos éstos, si no renuncian a su actitud de “sabios e “inteligentes”, se autoexcluirán de la verdadera y gratificante experiencia del amor de Dios.

La última parte del pasaje (vv. 28-30) se refiere a la opresión que los “pequeños”, elpueblo simple de la tierra, sufren a manos de los “sabios” e “inteligentes”. Estos (los escribas y fariseos) han estructurado una religión complicadísima, hecha de reglas minuciosas, de prescripciones imposibles de observar; han cargado sobre los hombros de gente ignorante “cargas insoportables, pero ellos ni siquiera mueven un dedo para llevarlas” (Lc 11,46). 

La Ley de Dios es, sí, un yugo; el sabio Ben Sirá recomendaba a su hijo: “Mete los pies en sus cadenas y ofrece el cuello a su yugo, arrima el hombro para cargar con ella y no te irrites con sus ataduras… al fin alcanzarás su descanso” (Eclo 6,24-28). Pero la religión predicada por los maestros de Israel se había convertido en un yugo opresor. Los pobres no solo se sentían desamparados en este mundo, sino también rechazados por Dios y excluidos del mundo futuro. Sabían que no podían observar las disposiciones dictadas por los rabinos y estaban convencidos, por tanto, de ser impuros. “Esa maldita gente que no conoce la Ley”,declaraba el sumo sacerdote Caifás (Jn 7,49). 

A estos pobres, descarriados y desorientados, dirige Jesús la invitación de liberarse del miedo y de las doctrinas asfixiantes que les habían sido inculcadas. Acojan mi Ley –recomendaba– que se resume en un único mandamiento: el amor al hermano. No propone una moral más fácil o permisiva, sino una ética que va derecha a lo esencial y no hace desperdiciar energías en la observancia de prescripciones que tienen “apariencia de sabiduría” (Col 2,23) pero que en realidad carecen de todo valor.  

Su yugo es suave. Ante todo, porque es el suyo: no en el sentido de que haya sido impuesto por Él sino por haberlo cargado Él mismo en primer lugar. Jesús se ha inclinado siempre ante la voluntad del Padre; la ha abrazado libremente, sin, al mismo tiempo, dejarse imponer nunca preceptos humanos (cf. Mc 7). Su yugo es suave porque solamente quien acoge la sabiduría de las bienaventuranzas experimenta la alegría y la paz.  

Finalmente, la invitación: “Aprendan de mí, que soy tolerante y humilde de corazón” (v.29). Esta afirmación nos deja, quizás, un poco perplejos porque parece un autoelogio, merecido, cierto, pero quizás poco oportuno. ¡No hay nada de vanagloria en estas palabras! “Aprendan de mí” significa simplemente: no sigan a los maestros que se comportan como dueños de sus conciencias, que predican un Dios que no está de parte de los pobres, de los pecadores, de los últimos, y enseñan una religión que mata la alegría con sus fastidiosos detalles y absurdidades.  

Jesús se presenta como tolerante y humilde de corazón. Son los términos que encontramos en las bienaventuranzas y que no hacen referencia a los tímidos, a los mansos, los tranquilos, sino a los pobres y oprimidos, aquellos que, aun sufriendo injusticias, no recurren a la violencia.  

A todos estos pobres de la tierra, Jesús les dice: “Yo estoy de su parte; soy uno de ustedes; también yo soy pobre y rechazado. El pasaje del evangelio de hoy es motivo de reflexión personal y comunitaria. ¿En qué Dios creemos: en el de los “sabios” o en el revelado en Jesús? ¿Para quiénes es relevante nuestra comunidad: para los que están convencidos de merecer los primeros puestos o para quien se siente indigno de cruzar el umbral de la Iglesia?

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