2º Domingo
Tiempo Ordinario (A)
Juan 1,29-34


ordinario-2-a

Lecturas

Primera lectura – Isaia 49, 3. 5-6
El Señor me dijo: “Tú eres mi siervo, Israel;
en ti manifestaré mi gloria”

Salmo Responsorial – Salmo 39
Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Segunda lectura – 1 Corintios 1, 1-3
Yo, Pablo, apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios

Evangelio – Juan 1, 29-34
En aquel tiempo, vio Juan el Bautista a Jesús, que venía hacia él, y exclamó: “Éste es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo. Éste es aquel de quien yo he dicho: ‘El que viene después de mí, tiene precedencia sobre mí, porque ya existía antes que yo’. Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua, para que él sea dado a conocer a Israel”.
Entonces Juan dio este testimonio: “Vi al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y posarse sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que baja y se posa el Espíritu Santo, ése es el que ha de bautizar con el Espíritu Santo’. Pues bien, yo lo vi y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios”.


Las primeras comunidades cristianas se preocuparon de diferenciar bien el bautismo de Juan que sumergía a las gentes en las aguas del Jordán y el bautismo de Jesús que comunicaba su Espíritu para limpiar, renovar y transformar el corazón de sus seguidores. Sin ese Espíritu de Jesús, la Iglesia se apaga y se extingue.
Sólo el Espíritu de Jesús puede poner más verdad en el cristianismo actual. Solo su Espíritu nos puede conducir a recuperar nuestra verdadera identidad, abandonando caminos que nos desvían una y otra vez del Evangelio. Solo ese Espíritu nos puede dar luz y fuerza para emprender la renovación que necesita hoy la Iglesia.
El Papa Francisco sabe muy bien que el mayor obstáculo para poner en marcha una nueva etapa evangelizadora es la mediocridad espiritual. Lo dice de manera rotunda. Desea alentar con todas sus fuerzas una etapa “más ardiente, alegre, generosa, audaz, llena de amor hasta el fin, y de vida contagiosa”. Pero todo será insuficiente, “si no arde en los corazones el fuego del Espíritu”.
Por eso busca para la Iglesia de hoy “evangelizadores con Espíritu” que se abran sin miedo a su acción y encuentren en ese Espíritu Santo de Jesús “la fuerza para anunciar la verdad del Evangelio con audacia, en voz alta y en todo tiempo y lugar, incluso a contracorriente”.
La renovación que el Papa quiere impulsar en el cristianismo actual no es posible “cuando la falta de una espiritualidad profunda se traduce en pesimismo, fatalismo y desconfianza”, o cuando nos lleva a pensar que “nada puede cambiar” y por tanto “es inútil esforzarse”, o cuando bajamos los brazos definitivamente, “dominados por un descontento crónico o por una acedia que seca el alma”.
Francisco nos advierte que “a veces perdemos el entusiasmo al olvidar que el Evangelio responde a las necesidades más profundas de las personas”. Sin embargo no es así. El Papa expresa con fuerza su convicción: “no es lo mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo, no es lo mismo caminar con él que caminar a tientas, no es lo mismo poder escucharlo que ignorar su Palabra… no es lo mismo tratar de construir el mundo con su Evangelio que hacerlo solo con la propia razón”.
Todo esto lo hemos de descubrir por experiencia personal en Jesús. De lo contrario, a quien no lo descubre, “pronto le falta fuerza y pasión; y una persona que no está convencida, entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie”. ¿No estará aquí uno de los principales obstáculos para impulsar la renovación querida por el Papa Francisco?

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No recuerdo cuando comencé a vivir en el desierto, más bien lo que no consigo saber es cómo pude vivir fuera de él. Supe que era mi lugar desde que escuché de niño las palabras de Isaías: “Una voz grita: En el desierto preparad un camino al Señor, allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios” (Is 40,3) Acepté la misión que se me confiaba y me fui a conocer de cerca aquel sequedal en el que tenía que intentar trazar caminos. Al principio sólo la soledad y el silencio fueron mis compañeros y, junto con ellos, la convicción oscura de estar esperando a alguien que estaba a punto de llegar: “Mirad, yo envío un mensajero a prepararme el camino. ¿Quién resistirá cuando llegue?” (Ml 3,1-2)Lo había dicho un profeta y yo sentía arder en mi voz su misma urgencia por preparar el encuentro. ¡Llega el Ungido de Dios!” comencé un día a gritar . “Él quebrantará al opresor y salvará la vida de los pobres…” (Sal 72,8.4).

Se corrió la noticia de mis palabras y comenzó a acudir gente, movida por una búsqueda incierta en la que yo reconocía la misma tensión que me mantenía en vigilia. Algo estaba a punto de acontecer, y me sentí empujado a trasladarme más cerca del Jordán, como si presintiera que iban a ser sus aguas el origen del nuevo nacimiento que aguardábamos con impaciencia. Muchos me pedían que los bautizara y, al sumergirse en el agua terrosa del río y resurgir de ella, sentían que su antigua vida quedaba sepultaba para siempre. Les exigía ayunos y penitencia y les anunciaba que otro los bautizaría con Espíritu. Yo sólo podía hacerlo con agua: anunciaba unas bodas que no eran las mías, y yo no era digno ni de desatar la correa de las sandalias del Novio.

Antes de comenzar la temporada de lluvias, en un mediodía nubes apelmazadas y calor agobiante, se presentó un grupo de galileos y me pidieron que los bautizase. Fueron descendiendo al río, hasta que quedó en la ribera solamente uno, al que oí que le llamaban Jesús. Al principio no vi en él nada que llamara particularmente mi atención y le señalé el lugar por el que podía descender más fácilmente al agua. Estábamos solos él y yo, los demás se habían marchado a recoger sus ropas junto a los álamos de la orilla. Lo miré sumergirse muy adentro del agua y, al salir, vi que se quedaba quieto, orando con un recogimiento profundo. Tenía la expresión indefinible de estar escuchando algo que le colmaba de júbilo y todo en él irradiaba una serenidad que nunca había visto en nadie.

Se había levantado un viento fuerte que arrastraba los nubarrones que cubrían el cielo y comenzaban a caer gruesas gotas de lluvia. Un relámpago iluminó el cielo anunciando una tormenta que levantaba ya remolinos de polvo. Desde la ribera seguí contemplando al hombre que seguía orando inmóvil, como si nada de lo que ocurriese a su alrededor le afectara. Por fin, después de un largo rato y cuando ya diluviaba, lo vi salir lentamente del río, ponerse su túnica y alejarse en dirección al desierto.

Pasé la noche entera sin conseguir conciliar el sueño. Sin saber por qué, me vino a la memoria un texto profético que nunca había comprendido bien:

“Mirad, el Señor Dios llega con poder. Como un pastor que apacienta el rebaño, su brazo lo reúne, toma en brazos a los corderos y hace recostar a las madres (Is 40,10-11).Nunca había entendido por qué el Señor necesitaba desplegar su poder para realizar las tareas cotidianas de un pastor, ni por qué su venida, anunciada con rasgos tan severos por los profetas, consistiría finalmente en sanar, cuidar y llevar a hombros a su pueblo, sin reclamarle a cambio purificación y penitencia.

Y, sin embargo, aquella noche, las palabras de Isaías invadían mi memoria de manera apremiante, junto con una extraña sensación de estar cobijado y a salvo. Y textos a los que nunca había prestado atención, se agolparon en mi corazón. Era como si hasta este momento sólo hubiera hablado de Dios como de oídas, mientras que ahora Él comenzaba a mostrarme su rostro. Recordé el del galileo al que había visto orando en el río, la expresión de honda paz que irradiaba, y me pregunté si a él se le habría revelado el Dios que no es, como yo pensaba, sólo poder y exigencia, sino también ternura entrañable, amor sin condiciones como el de los padres.

Estaba amaneciendo y en los árboles de la orilla se oía el revuelo de los pájaros y el zurear de las palomas. Recordé las palabras del Cantar describiendo al novio:

“Mi amado…Sus ojos, dos palomas a la vera del agua que se bañan en leche y se posan al borde de la alberca…”(Cant 5, 10-11)

Me di cuenta sorprendido de que, al hablar del Mesías, siempre lo había hecho con imágenes poderosas como la del águila, o de fuerza avasalladora como la del león, mientras que ahora lo que me hacía pensar en él era el vuelo sosegado de las palomas.

Cuando me sobrevino el sueño, la luz se abría ya paso entre los perfiles azulados de los montes de Judea.

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Continúa la epifanía, la manifestación de Jesús. Después de la estrella de los magos y del bautismo en el Jordán, es otra vez Juan el Bautista quien señala con insistencia a Jesús como al Cordero de Dios (Evangelio). Juan ha ido creciendo en su conocimiento de Jesús: antes no lo conocía (v. 31.33), o lo conocía probablemente solo como su pariente. Ahora lo proclama Cordero de Dios (v. 29), Hijo de Dios (v. 34), lleno del Espíritu, e incluso el que ha de bautizar con Espíritu Santo (v. 33). Juan el Bautista lo declara presente: “Este es el Cordero de Dios…”, el que carga sobre sí y, de esta manera, quita el pecado del mundo (v. 29); es decir, todos los pecados.

Para quitar el pecado del mundo, Jesús no hace uso de mecanismos jurídicos exteriores, como la condonación, el indulto o la amnistía; Él bautiza en el Espíritu Santo; se trata, pues, de la inserción en el corazón de las personas de un dinamismo nuevo, el Espíritu (v. 33), la fuerza del amor, la única energía vencedora sobre todo mal humano. Justamente, porque tan solo el amor transforma y sana el corazón. Como explica el Papa Francisco, el bautismo no es un rito exterior, una formalidad, un acto de inscripción en una sociedad, sino un acto de fe y de amor, un don que enriquece a la persona que lo recibe y marca una diferencia con el que no lo ha recibido.

El segundo canto del Siervo de Yahvé (Is 49, I lectura) contiene una prefiguración del Bautismo de Jesús. Él es el verdadero ‘talya’ (palabra aramea utilizada por Juan el Bautista para decir cordero y siervo): es el cordero pascual, inmolado, que quita, cargándolos sobre sí mismo, los pecados del mundo entero; el siervo, llamado desde el vientre materno (v. 5), que se convierte en luz de las naciones, con una misión universal de salvación que sobrepasa los límites nacionales para llegar hasta el confín de la tierra (cfr. v. 6; Lc 2,30-32; Hch 13,47). El salmo responsorial canta la disponibilidad de Jesús – y de la Iglesia evangelizadora – para asumir esta misión sin restricciones ni fronteras: “¡Aquí estoy, Señor!”

Cabe subrayar un detalle importante: Juan habla de “pecado del mundo”, en singular, no de los pecados en plural. Según las primeras páginas de la Biblia, desde siempre el pecado de los orígenes, la causa de toda acción pecaminosa (violencia, odio, injusticia, falsedad…) es el egoísmo-orgullo: el no fiarse de Dios, la arrogancia de considerarse autosuficientes, capaces de prescindir de los demás, e incluso de Dios. La expresión “Cordero de Dios”, utilizada por el Bautista, está cargada de evocaciones bíblicas y de aplicaciones misioneras. Evoca, ante todo, al cordero pascual, cuya sangre fue signo de salvación del exterminio en la noche del éxodo de Egipto (Ex 12,23); remite, asimismo, a la imagen del Siervo sufriente y silencioso, que cargaba con el pecado de la muchedumbre (cfr. Is 53,12). Y finalmente, la expresión del Bautista evoca el sacrificio de Abraham, en el que Isaac se salvó y Dios mismo proveyó el cordero para el holocausto (Gn 22,7-8): no ya el hijo de Abraham, sino el mismo Unigénito Hijo de Dios. En todas las religiones del mundo suele ser el hombre el que sacrifica algo para Dios. Aquí, en cambio, está la novedad de la fe cristiana: es Jesucristo, el cordero-víctima inocente, el que por amor entrega su vida por nosotros.

El progresivo descubrimiento e identificación con Jesús hacen de Juan el Bautista un modelo para la Iglesia misionera y, en ella, para cada evangelizador y evangelizadora: Juan cree en Jesús, lo reverencia, lo anuncia presente, da testimonio de Él hasta derramar su sangre. Juan es consciente que él mismo no es el Mesías, sino una voz que lo anuncia y le prepara el camino; rebosa de gozo por su crecimiento (Jn 3,29-30), y no le importa desaparecer. Descubrimos en Juan aspectos similares al rol de Benedicto, el Papa emérito desde hace ya siete años.

La Iglesia sigue señalando a Jesús con las palabras de Juan; lo hace en la Eucaristía-comunión: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado…”, y lo repite en el anuncio y servicio propios de la misión. El mensaje misionero de la Iglesia será tanto más eficaz y creíble cuanto más sea – al igual que en Juan el Bautista – fruto de contemplación, libertad, austeridad, valentía, profecía, expresión de una Iglesia servidora del Reino, firme en “hacer causa común” (S. Daniel Comboni) con la familia humana en sus sufrimientos y aspiraciones. Solo así, como para Juan el Bautista, la palabra del misionero podrá suscitar nuevos discípulos de Jesús (cfr. Jn 1,35-37).

Esta ha sido también la vocación misionera de San Pablo, apóstol enamorado de Jesucristo: lo menciona cuatro veces en los tres versículos de la II lectura. Su amplio saludo a todos los santificados en Cristo Jesús (bautizados), “llamados a ser santos” (v. 2), sintoniza muy bien con la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos (18-25 de enero). El Ecumenismo y la Misión constituyen un binomio vital e irrenunciable para la Iglesia de Jesús. Por eso, la unidad de la Iglesia está orientada a la misión: unidos “para que el mundo crea” (Jn 17,21). ¡Unidos para ser creíbles! Unidos para vencer el mal y las divisiones, para quitar el pecado del mundo, es decir, el egoísmo, con la ternura, la sencillez, la no violencia: con el programa de las Bienaventuranzas.


Introducción

No hay pagina de la Escritura en la que no aparezca de un modo u otro el tema de la vocación. “En el principio” Dios llama las criaturas a la existencia (cf. Sab 11,25), llama al hombre a la vida y cuando Adán se aleja de él le pregunta: “Dónde estás?” (Gen 3,9). Llama a un pueblo y lo escoge entre todos los pueblos de la tierra (Dt 10,14-15); llama a Abrahán, Moisés, los profetas y les confía una misión a cumplir, un plan de salvación que llevar a cabo. Llama por nombre también a las estrellas del firmamento y estas responden: “¡Aquí estamos!” y gozan y brillan de alegría para aquel que les ha creado (Bar 3,34-35). Comprender estas vocaciones equivale a descubrir el proyecto que Dios tiene acerca de sus criaturas y acerca de todo hombre. Ninguno y nada es inútil: cada persona, cada ser tiene una función, una tarea que cumplir.

“De Egipto he llamado a mi hijo”, declara el Señor por boca de Oseas (Os 11,1) y Mateo (Mt 2,15) aplica esta profecía a Jesús. Sí, también él tiene una vocación: regresar de la tierra de esclavitud, recorrer las etapas del éxodo, superar las tentaciones, y alcanzar con todo el pueblo la libertad.

¿Y nuestra vocación?

“Dios nos ha llamado para una vocación santa” (2 Tim 1,9), nos ha llamado “mediante el evangelio que predicamos a compartir la gloria de Cristo Jesús, nuestro Señor” (2 Tes 2,14).

Los caminos que conducen a esta meta son diferentes para cada uno de nosotros: existe el camino para quien está casado o soltero, está el camino de los sanos y el de los enfermos, de los viudos, de los separados, de los novios. Lo que importa es escuchar y descubrir dónde Dios quiere conducir a cada uno y caminar de manera que “se muestren dignos de la vocación que han recibido” (Ef 4,1). “Ángel del Señor” es quien se acerca al hermano y lo ayuda a discernir y a seguir el camino trazado para el por Dios.

Primera Lectura: Isaías 49,3.5-6

49,3: El Señor me dijo: “Tú eres mi siervo, de quien estoy orgulloso.” 49,5: Y ahora habla el Señor, que desde el vientre me formó siervo suyo, para que le trajese a Jacob, para que le reuniese a Israel 49,6: tanto me honró el Señor, y mi Dios fue mi fuerza: “Es poco que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel; te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra.” – Palabra de Dios

Hemos ya encontrado en la fiesta del Bautismo de Jesús al “siervo del Señor” del cual se habla en la lectura. Hoy es él mismo quien nos narra su vocación.

Como otros personajes del Antiguo y Nuevo Testamento (Jeremías: Jer 1,5; el Bautista: Lc 1,15; Pablo: Gal 1,15), también él ha sido elegido por Dios desde el seno materno y enviado a cumplir una gran misión.

Es difícil establecer si el profeta se refiere a un personaje histórico real (¿Jeremías? ¿Moisés?) o si, por “siervo del Señor” se ha de entender la colectividad de Israel. El primer versículo de la lectura de hoy parece favorecer la segunda interpretación (v. 3) , pero todo lo que sigue después parece contradecirla: Israel hubiera sido enviado por el Señor…ha reunir a Israel (v. 5).

La identificación mas coherente y respetuosa con el texto es, probablemente, aquella que lo considera una personificación del “resto fiel de Israel”. Sería por tanto la imagen de las personas piadosas que en medio a un pueblo que se ha alejado de su Dios, han sabido resistir a las lisonjas del paganismo.

Estamos en Babilonia en el siglo VI a.C. Desde décadas atrás los israelitas se encontraban humillados y entristecidos en tierra extranjera. Han abandonado ya todos los sueños de grandeza y cuando piensan en su pasado glorioso, experimentan solamente disgusto y desconsuelo. “Cántennos un canto de Sion”, piden aquellos que los han deportado (Sal 137,3). ¿Cómo entonar un himno de victoria, coreado por sus padres en la orilla del mar Rojo, ahora que son esclavos y están alejados de su patria?

En esta situación humanamente sin esperanza, el pequeño resto, el Israel-fiel es llamado por el Señor, que le encomienda una doble tarea: reunir a todos los hijos de su pueblo dispersos entre las naciones y traerlos de nuevo a la tierra de sus padres (v. 5) y convertirse en luz y signo de salvación hasta los confines de la tierra (v. 6).

La elección de este Siervo es contraria a toda lógica humana. La tarea para la que ha sido llamado puede ser llevada a cabo solo por alguien que disponga de dotes y medios excepcionales. Por el contrario es justamente a través de este siervo débil que el Señor ha decidido manifestar “su gloria” (v. 3). Él lo ama y le da su fuerza (v. 5).

No sabemos en qué personaje histórico se haya inspirado el profeta cuando dibuja la figura del “Siervo del Señor”. Lo cierto es que los primeros cristianos han visto sus características perfectamente reproducidas en Jesús. Como el “Siervo”, Jesús ha desarrollado su misión comenzando por reunir “las ovejas perdidas de la casa de Israel” (Mt 10,6) y ha querido que su luz resplandezca sobre todo en Galilea: en “país de Zabulón y de Neftalí, el pueblo que habitaba en tinieblas vio una gran luz” (Mt 4,15-16). Después, como la del “Siervo de Israel” (Is 49,4), también la actividad de Jesús a favor de Israel se ha cerrado con un fracaso, con una muerte ignominiosa, pero Dios ha intervenido y ha cambiado en triunfo la aparente derrota. Después de la Pascua, la misión de Cristo se ha extendido –como la del “Siervo”– al mundo entero: “Vayan, pues”, ha ordenado a los discípulos; “y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos… y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado a ustedes. Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de los tiempos” (Mt 28,19-20).

Segunda Lectura: 1 Corintios 1,1-3

1,1: Pablo, apóstol de Cristo Jesús por decisión de Dios que lo ha llamado, y de Sóstenes, nuestro hermano, 1,2: a la Iglesia de Dios que está en Corinto: a ustedes que Dios santificó en Cristo Jesús. Pues fueron llamados a ser santos con todos aquellos que por todas partes invocan el Nombre de Cristo Jesús, Señor nuestro y de ellos. 1,3: Reciban bendición y paz de Dios Padre y de Cristo Jesús, el Señor. – Palabra de Dios

La primera Carta a los Corintios –de donde se sacará la segunda lectura de los próximos seis domingos– fue escrita por Pablo para resolver algunos graves problemas surgidos en aquella comunidad: anarquía y desorden durante las celebraciones eucarísticas, desacuerdos y celos, poca claridad sobre algunas cuestiones morales, confusión de ideas respecto a la resurrección de los muertos. Hoy nos viene propuesta la introducción de esta carta. En ella se indican los remitentes, (Pablo y el hermano Sóstenes) y los destinatarios (la Iglesia que reside en Corinto) y viene dirigida a los fieles el augurio de gracia y paz. Tres versículos solamente, pero en los que se acentúan temas teológicos que vale la pena poner de relieve.

En primer lugar Pablo se presenta como apóstol por vocación. Apóstol es aquel que es enviado a predicar el evangelio allí donde todavía no ha sido anunciado, es quien siembra la simiente, de la que nace, germina y crece hasta alcanzar su pleno desarrollo, la Comunidad. Mas adelante en la carta, Pablo empleará justamente esta imagen: “yo planté, Apolo regó, pero el que hizo crecer fue Dios” (1 Cor 3,6).

Antes de entrar en el asunto de los problemas que intenta afrontar (cosa que hará en términos muy severos) siente la necesidad de hacerles recordar y justificar la propia autoridad.

A diferencia de los rabinos y maestros de su tiempo, no apela a los estudios que ha hecho, ni a la sabiduría, ni a la experiencia que ha acumulado a lo largo de los años. Apela a su vocación, a la llamada personal que ha recibido de Dios.

He aquí de nuevo el tema de la vocación que habíamos encontrado en la primera lectura; también Pablo ha sido escogido y se le ha confiado una tarea: ser apóstol. Recuerda esta vocación para preparar a los Corintios a acoger sus palabras, exhortaciones, decisiones: no expone doctrinas propias, sino que habla en el nombre de Dios que lo ha enviado.

Además Pablo en el v. 1 cita a Sóstenes. ¿Quién es éste? Los Hechos de los Apóstoles mencionan un cierto Sóstenes, jefe de la Sinagoga de Corinto; este junto a otros judíos, un día han arrastrado Pablo al tribunal para que fuera condenado por blasfemia. Ante el procónsul Galeón, que entre incrédulo y divertido asistía a una discusión de bien poca importancia para él, el debate teológico cada vez mas encendido había terminado en pelea. Quien tuvo la peor parte fue justamente Sóstenes quien –no se sabe por qué razón– fue golpeado por sus propios correligionarios (Hch 16,12-17). Si se trata de la misma persona se puede concluir que los golpes recibidos… han servido para hacerle entrar en razón.

Destinataria de la carta es –como hemos ya hemos indicado– la “Iglesia de Dios que está en Corinto” (v. 2). Es la “Comunidad”, el “grupo de cristianos” de aquella ciudad. Iglesia significa: “gente convocada”, “gente llamada por Dios”. Es de nuevo el tema de la vocación que regresa: si los corintios se han convertido en creyentes es porque Dios los ha “llamado”, los ha “elegido”.

Los cristianos de Corinto son santos convocados (v. 2). “Santo” significa “separado”, puesto aparte, reservado a Dios. Los corintos son santos porque son diferentes de los paganos. No viven en un gueto, alejados de los otros –esto sería contrario al evangelio que los quiere “sal de la tierra” (Mt 5,13) y “levadura” que hace fermentar la harina (Mt 13,33)– son separados porque llevan una vida guiada por principios diferentes a la de los paganos. Pablo recuerda esta santidad para introducir avisos severos contra comportamientos morales de algunos miembros de aquella comunidad.

Finalmente es de señalar la insistencia del Apóstol sobre la unidad que debe reinar entre los creyentes de Cristo. Los corintios no pueden olvidar que su comunidad es parte de la iglesia universal. La definición que viene dada de esta iglesia: son todos aquellos que en cualquier lugar invocan el nombre del Señor Jesucristo (v. 2).

Más adelante se comprenderá (lectura del próximo domingo) la razón de este aviso: está preparando una intervención dura contra las divisiones y los desencuentros que se han manifestado en la comunidad.

Evangelio: Juan 1,29-34

1,29: En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: “Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. 1,30: Éste es aquel de quien yo dije: Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo. 1,31: Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel. 1,32: Y Juan dio testimonio diciendo: He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. 1,33: Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo. 1,34: Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.” – Palabra del Señor

Los tres evangelios sinópticos inician el relato de la vida pública de Jesús recordando su bautizo. Juan ignora este episodio y sin embargo dedica un amplio espacio al Bautista. Lo encuadra desde los primeros versículos en una perspectiva original: más que como precursor, lo presenta como “el hombre enviado por Dios a dar testimonio de la luz” (Jn 1,6-8). Su vida y su predicación suscitan interrogantes, expectativas y esperanzas en el pueblo, incluso circula la voz de que él sea el Mesías. Una delegación de sacerdotes y levitas van más allá del Jordán para interrogarlo con el fin de aclarar su identidad y su quehacer. El respondió que no era el Mesías… “yo bautizo con agua, pero entre ustedes hay alguien a quien no conocen, que viene detrás de mi y no soy digno de soltarle la correa de sus sandalias” (Jn 1,19-28).

Es en este contexto donde se inserta nuestro episodio. Entra en escena el protagonista –Jesús– evocado hace poco por el Bautista en el debate que ha tenido con los enviados de los judíos. Al verlo venir hacia el exclama: “Ahí está el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (v.29).

Es una afirmación que es –como veremos– densa de significados y evocaciones bíblicas.

El Bautista muestra haber intuido la identidad, desconocida por muchos todavía, de Jesús. ¿Cómo ha llegado a descubrirla y por qué la define con una imagen tan singular? Nunca en el Antiguo Testamento una persona ha sido llamada “cordero de Dios”. La expresión señala el punto de llegada de su largo y ciertamente fatigoso camino espiritual; ha comenzado de hecho desde la ignorancia mas completa: “yo no lo conozco”, repite por dos veces (vv. 31.33).

Quien quiera alcanzar “la plenitud del conocimiento de Cristo” (Fil 3,8) debe comenzar a tener conciencia de la propia ignorancia. Es extraña –decíamos– la imagen del cordero de Dios. El Bautista tenía a disposición otros términos: pastor, rey, juez severo. Esta última expresión la ha usado también: “viene uno más fuerte que yo…. ya empuña la horquilla para limpiar su cosecha y reunir el trigo en el granero, y quemará la paja en un fuego que no se apaga” (Lc 3,16-17). Pero –en su mentalidad– ninguna resumía su descubrimiento de la identidad de Jesús mejor que aquella de cordero de Dios.

Educado probablemente entre los monjes esenios de Qumrán, había asimilado la espiritualidad de su pueblo, conocía la historia y estaba familiarizado con las Escrituras. Israelita piadoso, sabía que sus oyentes, al oír citar al cordero, habrían intuido inmediatamente la alusión al cordero pascual cuya sangre puesta sobre los dinteles de las casas en Egipto había librado a sus padres de la masacre del ángel exterminador. El Bautista ha intuido el destino de Jesús: un día sería inmolado como cordero, y su sangre habría quitado a las fuerzas del mal la capacidad de hacer daño; su sacrificio habría liberado al hombre del pecado y de la muerte. Notando que Jesús había sido condenado al mediodía de la vigilia de Pascua (Jn 19,14) el evangelista Juan ha querido señalar ciertamente este mismo simbolismo. Era en realidad la hora en la que en el Templo los sacerdotes comenzaban a inmolar los corderos.

Hay una segunda alusión en las palabras del Bautista. Quien tiene presente las profecías contenidas en el libro de Isaías –y todo israelita las conocía muy bien– no puede menos de percibir la alusión al fin ignominioso del siervo del Señor del que hemos oído hablar también en la primera lectura de hoy. He aquí como el profeta describe su camino hacia la muerte: “fue llevado cual cordero al matadero, como una oveja que permanece muda cuando la esquilan…ha sido contado entre los pecadores, cuando llevaba sobre sí el pecado de muchos e intercedía por los pecadores” (Is 53,7.12).

En este texto la imagen del cordero es asociada a la destrucción del pecado.

Jesús –quería decir el Bautista– tomará sobre sí todas las debilidades, todas las miserias, toda la iniquidad de los hombres y con su mansedumbre y con el don de su vida, las aniquilará. No eliminará el mal concediendo una especie de amnistía, una sanación, un perdón; lo vencerá introduciendo en el mundo un dinamismo nuevo, una fuerza irresistible –su espíritu– que llevará los hombres al bien y a la vida.

El Bautista tiene en mente una tercera resonancia bíblica: el cordero se asocia también al sacrificio de Abrahán. Isaac mientras caminaba junto a su padre hacia el monte Moria, pregunta: “he aquí el fuego y la leña, pero ¿dónde esta el cordero para el holocausto? Abrahán responde: “Dios mismo proveerá el cordero” (Gen 22,7-8).

“¡He aquí el cordero de Dios!” –responde ahora el Bautista– es Jesús, dado por Dios al mundo para que sea sacrificado en sustitución del hombre pecador merecedor de castigo.

También los detalles del relato del Génesis (cf. Gen 22,1-18) son bien conocidos y el Bautista los aplica a Jesús. Como Isaac, él es ahora hijo único, el bien Amado, aquel que lleva la leña dirigiéndose al lugar del sacrificio. A él se adaptan también los detalles añadidos por los rabinos. Isaac –decían estos– se había ofrecido espontáneamente, en vez de huir se había entregado al Padre para ser amarrado sobre el altar. También Jesús ha dado libremente su vida por amor.

En este punto surge la pregunta si de verdad el Bautista habría tenido presente todas estas alusiones bíblicas cuando por dos veces, dirigiéndose a Jesús, había declarado: “He aquí el cordero de Dios” (Jn 1,29.36).

Él, quizás no, pero ciertamente los tenía presente el evangelista Juan que quería ofrecer una catequesis a los cristianos de sus comunidades y a nosotros.

En la segunda parte del pasaje bíblico (vv.32-34) viene presentado el testimonio del Bautista: él reconoce como “hijo de Dios” a aquel sobre el que ha visto descender y posarse el Espíritu. Se refiere a la escena del bautismo narrada por los sinópticos (cf. Mc 1,9-11). Juan introduce sin embargo un detalle significativo: el Espíritu es visto no solo descender sobre Jesús, sino permanecer en él.

En el Antiguo Testamento se habla a menudo del Espíritu de Dios que toma posesión de los hombres dándoles fuerza, determinación, coraje, hasta hacerlos irresistibles. Se habla que ha bajado sobre los profetas que son habilitados para hablar en nombre de Dios; pero la característica de este Espíritu es ser provisorio: permanece en estas personas privilegiadas hasta que han llevado a término su misión, después las deja y ellas regresan a la normalidad, desaparece su habilidad, inteligencia, sabiduría, fuerza superior. En Jesús por el contrario el Espíritu permanece de modo duradero, estable. La estabilidad en la Biblia es atribuida solo a Dios: solo Él es “el viviente que permanece para siempre” (Dn 6,27); solo su palabra “permanece para siempre” (1 P 1,25).

A través de Jesús el Espíritu ha entrado en el mundo. Ninguna fuerza adversaria lo podrá jamás expulsar o vencer y desde él será difundido sobre cada persona. Es el bautismo, “en el Espíritu Santo”, anunciado por el Bautista (v. 33). Unidos íntimamente a Cristo como los sarmientos a una vid vigorosa y llena de savia, los creyentes producirán frutos abundantes (cf. Jn 15,5), morarán en Dios y Dios en ellos (cf. 1 Jn 4,16), recibirán la estabilidad del bien que es propia de Dios, porque mientras “el mundo pasa con su codicia quien hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1 Jn 2,17).

Es este el mensaje de esperanza y alegría que a través del Bautista, Juan desde la primera página de su Evangelio quiere anunciar a sus discípulos. No obstante el evidente poder sobrecogedor del mal en el mundo, lo que le espera a la humanidad es la comunión de vida, “con el Padre y con su Hijo Jesucristo”. Estas cosas –dice Juan– las escribo para que “la alegría de ustedes sea perfecta” (1 Jn 1,3-4).

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