
Biografía del silencio
Breve ensayo sobre meditación
Pablo d’Ors
9. Uno de los primeros frutos de mi práctica de meditación fue la intuición de cómo nada en este mundo permanece estable. Que todo va cambiando es algo que ya sabía antes —es obvio—, pero al meditar, comencé a experimentarlo. También nosotros cambiamos, y ello por mucho que nos empeñemos en vernos como algo permanente o duradero.
Esta esencial mutabilidad del ser humano y de las cosas es —así lo veo ahora— una buena noticia. Lo curioso es que este descubrimiento me vino por medio de la quietud. Todo sucedió como expondré a continuación: al meditar constaté cómo cuando me detenía en alguno de mis pensamientos, este se desvanecía (algo que, ciertamente, no sucedía cuando miraba a una persona, cuya consistencia es independiente de mi atención). A mi modo de entender, esto demuestra que los pensamientos son escasamente fiables mientras que las personas, por el contrario, aunque solo sea porque tienen un cuerpo, lo son en un grado bastante mayor.
Decidí entonces que, en adelante, no pondría mi confianza en algo que se desvanecía con tanta facilidad. Decidí dejarme guiar por lo que permanece, puesto que solo eso es digno de mi confianza. ¿En qué confío yo? Esta es, según presiento, la gran pregunta. Aceptar esta constante mutabilidad del mundo y de uno mismo no es tarea fácil, principalmente, porque hace inviable cualquier definición que sea cerrada. Los seres humanos solemos definirnos por contraste o por oposición, lo que es tanto como decir por separación y división. Pues es así, dividiendo, separando y oponiendo como precisamente nos alejamos de nosotros mismos. Definir a una persona y no aceptar su radical mutabilidad es como meter a un animal en una jaula. Un león enjaulado no es un león, sino un león enjaulado; y eso es muy distinto.
Desde mi presente —e intento concretar—, no puedo condenar a quien fui en el pasado por la sencilla razón de que aquel a quien ahora juzgo y repruebo es otra persona. Actuamos siempre conforme a la sabiduría que tenemos en cada momento, y si actuamos mal es porque, al menos en ese punto, había ignorancia. Es absurdo condenar la ignorancia pasada desde la sabiduría presente.