
Biografía del silencio
Breve ensayo sobre meditación
Pablo d’Ors
4. Por acendrado que fuera mi interés por el silencio y la quietud, no se me ocultaba que en cualquier momento, ante el menor contratiempo o adversidad, yo podía claudicar en lo que había decidido que fuera mi práctica espiritual más decisiva. Ni decir tiene que todas las razones que encontraba para abandonar eran buenas y suficientes: el dolor de rodillas, por ejemplo (un traumatólogo me desaconsejó vivamente la postura en que meditaba), la pérdida de tiempo (los trabajos se me acumulaban), la imposibilidad de domeñar un cuerpo maleado durante cuarenta años por las malas posturas (comencé a visitar a un quiropráctico), la escasez de los resultados… Porque, y esta pregunta me la hacía yo muchas veces, ¿qué había conseguido realmente tras cientos de horas dedicadas a, sencillamente, sentarme y respirar? Todavía no sabía que la resistencia a la práctica es la misma que la resistencia a la vida. A juzgar por lo poco que sacaba en limpio de mi práctica de meditación y por el mucho sacrificio que me comportaba, todo apuntaba a que, de un modo u otro, tarde o temprano, la dejaría de lado para dedicarme a actividades que entonces juzgaba más provechosas.
Contra todo pronóstico, perseveré, inexplicablemente perseveré; y es que si la fuerza de un ideal puede ser grande, la de la realidad, cuando se está frente a ella, cuando se palpa, es misteriosamente mucho mayor. Para fortalecer mi convicción y apuntalar mi voluntad, me centré en lo que estimé que era más determinante: el silencio. Me refiero tanto a lo que hay en el silencio como al silencio mismo, que es una auténtica revelación. Debo advertir desde ahora, sin embargo, que el silencio, al menos tal y como yo lo he vivido, no tiene nada de particular. El silencio es solo el marco o el contexto que posibilita todo lo demás. ¿Y qué es todo lo demás? Lo sorprendente es que no es nada, nada en absoluto: la vida misma que transcurre, nada en especial. Claro que digo «nada», pero muy bien podría también decir «todo».
Para alguien como yo, occidental hasta la médula, fue un gran logro comprender, y empezar a vivir, que yo podía estar sin pensar, sin proyectar, sin imaginar, estar sin aprovechar, sin rendir: un estar en el mundo, un confundirme con él, un ser del mundo y el mundo mismo sin las cartesianas divisiones o distinciones a las que tan acostumbrado estaba por mi formación.