Las “horas muertas”, reflexión sobre el ocio

Por José Julio Perlado

¿Coinciden vacaciones y fiesta?, se ha preguntado uno de los ensayistas modernos más importantes. ¿La fiesta es sinónimo de alegría y de felicidad? Ahora que en muchos países comienzan las vacaciones asoman las interrogaciones sobre el tiempo del descanso, las horas vivas – más que las “horas muertas” – sobre el regazo de un libro, acodados en un paisaje, acunados por el ritmo de los árboles que a su vez nos llega del mar.
La contemplación es una asignatura sin aprobar porque se cree que el curso de la vida es solamente agitación e inquietud, necesarias tensiones interiores y exteriores que sin embargo nos fatigan y nos llevan a soñar con el reposo, pasear los ojos sobre la Naturaleza, pasear los oídos sobre la melodía, pasear el tacto sobre la arena. Viene hasta nosotros la ensoñación pero quizá no acaba de llegar la contemplación.
En algún libro mío he recogido la frase de Santayana cuando desfilaba ante las grandes colecciones de pinturas del mundo acompañado de un amigo entendido en arte. Cuando veía a su amigo quedarse totalmente ensimismado ante una obra maestra, “entonces caía de mí mi propia carga – decía -; me daba cuenta de que todos los esfuerzos de los hombres y toda la Historia, si a algo tendían eran a ser coronados solamente en la contemplación”.
La contemplación se esconde con frecuencia en el descanso, en el ocio y en la paz, elementos todos de la felicidad. Esa ansia perpetua que lanzaba el escritor alemán Gottfried Benn al preguntar: “Una cosa es segura: cuando algo está terminado, tiene que estar perfecto; por supuesto; ¿y luego qué?”, deja al otro lado de la frase el espacio para cuanto tenemos aún que hacer, terminado el trabajo: aprender a contemplar, sumergirnos en la contemplación.
No hay más “qués” detrás del contemplar; se contempla y basta. Se recibe todo lo que llega del aire, del mar, del árbol, de la rosa cercana. Se contempla la rotundidad de un atardecer sin pensar en su utilidad porque los tonos violáceos de los atardeceres últimos “no son útiles”, son bellos, avanzan hacia nosotros con el paso silencioso de la hermosura, las arenas del mar se funden con las briznas del aire, el suave abrazo de las olas baja de las montañas, los pájaros salpican el océano y van y vienen por los cuartos del alma, entran en las habitaciones libélulas que vienen de la casa de Virginia Woolf, extiende el sol las páginas del libro, una duermevela balancea nuestra fantasía, hay un vaso de agua cristalina que pintó Gauguin para nosotros, escuchamos al fondo el verano de nuestra niñez, aquellos cánticos antes de recoger los juegos, la ventana abierta desde la que voceaba nuestra madre, de nuevo las olas tumultuosas, de nuevo el aire entre los pinos, de nuevo el sol rodando entre la arena, un niño que lo lleva de un lado para otro, el sol que de repente se alza en nuestro descanso, una moneda encima de nuestra hamaca, un fulgor.
Así paladeamos la contemplación sucesiva, nos rodea el mundo, así aprendemos a “perder el tiempo” descubriendo el tiempo, ese tiempo embozado en las prisas del trabajo que siempre nos persigue por las calles y que ahora es tiempo manso, nos ofrece la palma de su mano para dormir en él y para contemplar despiertos todos sus secretos.

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