El notable escritor francés León Bloy (1846-1917) termina su libro “La mujer pobre” con una frase estremecedora y memorable: “Solo existe una tristeza, la de no ser santo”.

All-Saints

“En toda alma hay un “abismo de misterio”. Cada cual tiene su precipicio, que ignora y no puede conocer (…) Se te ha dicho que tienes un alma inmortal que hay que salvar, pero nadie te ha dicho que esta alma es un abismo en el cual todos los mundos podrían hundirse, en el cual el Hijo de Dios mismo, creador de todos los mundos, se ha hundido; que esta alma es el sepulcro de Cristo, por cuya liberación, en tiempos lejanos, tantos sacrificaron la vida. Te han dicho también que Jesús murió por ti, por tu alma; sin embargo, no sabes que, aunque estuvieras sola en el mundo, si fueras la única hija de Adán, la segunda persona divina se habría encarnado y hecho crucificar por ti, como lo ha hecho por miles de millones de seres, y que por lo tanto eres particular e inefablemente preciosa, desde el momento en que el universo fue creado para ti sola (…) Ciertamente te han hablado de la Comunión de los santos (…), antídoto o contrapartida de la dispersión de Babel. Ella demuestra una solidaridad humana tan divina, tan maravillosa, que es imposible a un ser humano no responder por todos los otros, en cualquier tiempo que ellos vivan, en el pasado o en el futuro” (Carta de León Bloy a una joven, en 1912).

“Cuanto más profundamente esté el alma unida a Dios, y cuanto más desinteresadamente se haya entregado a su gracia, tanto más fuerte será su influencia en la configuración de la Iglesia. Y viceversa, cuanto más profundamente esté sumergida una época en la noche del pecado y en la lejanía de Dios, tanto más necesitará de almas que estén íntimamente unidas a El. Aún en estas situaciones Dios no permite que falten tales almas. En la noche más oscura surgen los más grandes profetas y los santos. Sin embargo, la corriente vivificante de la vida mística permanece invisible. Seguramente, los acontecimientos decisivos de la historia del mundo fueron esencialmente influenciados por almas sobre las cuales nada dicen los libros de historia. Y cuáles sean las almas a las que hemos de agradecer los acontecimientos decisivos de nuestra vida personal, es algo que sólo sabremos el día en que todo lo oculto será revelado” (Edith Stein).


tutti i santi

La fiesta de Todos los Santos
Mauricio Zundel

Un ser lleno de sí mismo nos da siempre una impresión de vacío tanto más intensa cuanto mejor dotado sea. Sus dones permanecen extranjeros al egoísmo animal con que él se ama, y uno siente que él los traiciona porque se glorían de sí mismos dándose una fachada detrás de la cual no hay nadie.

Porque la persona es el ser fuente que restituye los dones que ha recibido en un brote de amor en el cual se puede sentir el Amor hacia el cual está orientado su rostro. Justamente, lo propio del genio es que nos pone en contacto con más que él mismo.

Pero el privilegio de la santidad es todavía mayor: el genio supremo en que todo el ser no es sino transparencia de Dios. La admiración y el amor que nos inspira no tiene otro objeto: la Presencia divina en que se eclipsan, es lo que nos fascina en los santos, y si los seguimos, es para que nos introduzcan mediante su amistad en el diálogo de Amor en que la criatura se pierde en Dios.

La fiesta de Todos los Santos que nos asocia en la ofrenda que hacen de sí mismas todas las almas eternamente consumidas en el Amor, que la historia haga o no memoria de su paso por la tierra, es pues por excelencia la Fiesta de Dios en que se canta la Trinidad divina en el coro de los Santos.

Al hacernos entrar en esta inmensa procesión de luz y de amor, la Iglesia nos lleva al centro de todas las ternuras. Pues finalmente, ¿cómo llegamos a la intimidad de los que amamos sino intercambiando a Dios, único que nos hace verdaderamente interiores a ellos y a nosotros mismos?

Ahora mismo nos unimos unos a otros a través del Cielo. Mediante el Más Allá, interior, es como se establecen los lazos de las amistades más caras.La muerte no cambia nada en las relaciones cuyo secreto es lo Eterno, y las personas que amamos, aunque estén fuera de la vista, siguen viviendo en lo más íntimo nuestro, en Dios que es la Vida de nuestra vida. Para encontrarnos con ellos, basta recogernos en el silencio de nosotros mismos, unirnos a la Presencia que contiene nuestra propia presencia.

Entonces continúa la conversación inefable cuyo único texto es la única Palabra y con ellos entramos desde ahora en la Fiesta triunfante de todos los Santos, donde el amor de Dios y el amor del hombre son un mismo amor.

Homilía de Mauricio Zundel, en 1947