Texto Base: 1Cor 15,14-27; Jn 1; GS 18; AG 24b

1.- FINALIDAD DE LA MEDITACION 

La realidad de la muerte ilumina, desde la fe, nuestro presente: nos hace ver con una nota de especial seriedad (y no de terror) la verdad o falsedad de los caminos que vamos recorriendo. Es lo que nos sugiere el texto del Deuteronomio: “Mira, yo pongo ante ti vida y felicidad, muerte y desgracia” (30,15). Me se ofrece allí la posibilidad de un discernimiento de la situación en que estoy metido: de muerte o de vida, de realización o de frustración de mi ser y se me induce a tomar opciones concretas. En este sentido la meditación sobre la muerte no tiene nada de evasivo. No es el pensar pagano que se expresa en un lamento: “! Ay, ¡fugaces se escapan mis años!”, sino el pensar práctico en la urgencia de situarme en aquella dirección de la que viene la vida, que es la dirección marcada por Jesús. 

Sólo así mi muerte será una participación en su muerte, que fue la culminación de una praxis salvadora, una muerte en la que Jesús venció y salvó. También mi muerte, participación de su muerte, puede llegar a ser una contribución eficaz, fecunda, al proceso de liberación de mi pueblo y del mundo entero (AG 24b). 

¿No fue así contribución fecunda la muerte de Mons. Romero y de todos los mártires de ayer y del momento presente? 

Muertes que han vencido la violencia de los elementos naturales o la violencia humana que las causaron, han embotado el aguijón de las ideologías, que las justificaron como defensa del “orden”, han violentado en su serena paz la arrogante violencia de sus criminales. En esas muertes, como en la de Jesús, la debilidad del justo se torna vehículo eficaz para el despliegue de la omnipotencia salvadora de Dios. En ella se realiza la parábola de Jesús: “si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn. 12,24). 

¿Y no podemos contemplar bajo esta luz la muerte de Daniel Comboni, un cristiano caído en el campo de batalla gritando: “Nigricia o muerte!”?

2.- LA MUERTE DE LA PERSONA

a). La muerte como proceso

La muerte de la persona es el momento culminante de un proceso comenzado en el mismo momento de la concepción. Cuando se procrea un hijo, al dar la existencia, se le da contemporáneamente como su destino inexorable la cita con la muerte. En efecto, el nuevo ser hermano, lo quiera o no, desde el primer instante de su concepción, empieza a caminar de modo infalible hacia la muerte más o menos aplazada en el tiempo. 

Este acontecimiento extremo se manifiesta desde ya en el conjunto de “pasividades de disminución” (T. de Chardin), esto es una serie de muertes que van interrumpiendo en nosotros los procesos de vida, detienen o echan a perder posibilidades de ser, recortan o deterioran la calidad de nuestra expresión ante los demás y ante el mundo. Enfermedades fisicas o psíquicas, accidentes o fracasos imprevistos, pérdidas, etc., constituyen el morir constante, el ir disminuyendo.  A todos les aguarda un día u otro alguna experiencia negativa; hay quienes la tuvieron ya desde el nacimiento, quedando limitados en alguna parte de su o organismo o de su interior. Y todos, en fin, suportamos la más ineludible de todas: el desgaste del tiempo, el pasar, el envejecimiento. 

Al fin y al cabo, podemos afirmar que estamos constantemente abocados a un continuo y progresivo eñanir que desemboca en el fin de la vida. 

b). Fenomenología de la muerte

La muerte como fin ineludible de la vida es un hecho complejo, una experiencia absoluta, irrepetible, incomunicable, por ser experiencia de la no-experiencia del fin. Los elementos más salientes que podemos captar en este hecho son: 

10. La desintegración fisiológica

La muerte implica ante todo la desintegración más o menos rápida, pero irreversible, de las funciones fisiológicas y de sus estructuras anatómicas: es el fin de la vida física.

20. El aniquilamiento de las relaciones que constituyen al hombre

La muerte se manifiesta como una ruptura de relaciones mantenidas por la vida, y en primer lugar de aquellas que los amigos y otras personas mantenían o pudieron mantener con la persona desaparecida: es el fin de la vida familiar y social. La ruptura se ha consumado no por una decisión de la voluntad, sino por una ley inexorable que acompaña el fenómeno de la vida. La herida es profunda, herida que afecta no al desaparecido sino a los que quedan. 

La muerte bajo el aspecto de ruptura de relaciones se presenta como: 

  • Una orden o acción de desahucio sin posibilidad de interponer apelación: ¡déjalo todo y márchate! 
  • Un naufragio: todo lo adquirido y construido a lo largo de tantos años deshace de una vez: amistades, especializaciones, grados académicos, cargos importantes, etc.
  • El cierre de una exposición: procuro poner en muestra mis cualidades, mis experiencias espirituales, mis actuaciones iluminadas en campo teológico, político, social y pastoral, me siento importante e indispensable ante el mismo Dios y a los demás, pues soy el único que entiende lo que está pasando en el mundo y cual es la terapia a adoptar. 
  • El momento de la mas absoluta soledad: se quisiera compartir lo incomunicable: la muerte se vive en soledad: los otros acompañan, pero hasta un cierto límite, detrás del cual está el moribundo solo. 

En efecto la muerte es el momento de la incomunicabilidad absoluta. En la medida en que una persona se aproxima a la muerte, nosotros entendemos siempre menos lo que pasa en ella. Imaginamos, suponemos, pero siempre menos entendemos algo, hasta que se entra en la absoluta incomunicabilidad, en la absoluta incapacidad de dar y recibir. 

Cada muerte contiene esta señal de misterio absoluto, ¡cargado además con el peso de la definitividad! 

“Es la primera vez que veo morir a alguien que amo… El que va a morir es mi padre… Me he detenido durante un largo rato a contemplar su rostro. 

Su mirada, poco a poco, se desvía de las nuestras.

Otra sorpresa más: tiene miedo. “Tengo miedo” … Toda la familia está a su alrededor con un respeto sagrado; su esposa lo cuida con una delicadeza y un amor admirable. Sin embargo, él, mi padre, se ve solo. Lo dice. Le decimos que estamos con él, que rezamos por él. Responde: “No, estoy solo” (Thierry Maertins).

30. La ruptura de la relación de la persona consigo misma

En la muerte la soledad llega a su cumbre con el apagarse de la conciencia. El “yo”, que ya está solo, entra en una absoluta oscuridad: se quiebra la relación de la persona consigo misma, su conciencia desaparece, se desvanece. El “yo” entra en el sueño de la muerte, de la cual jamás se despertará por su propria capacidad. Sin duda, la desintegración del psiquismo puede empezar mucho antes de que falle el corazón definitivamente, pero una vez acabado todo, ningún destello de consciencia emergerá de la noche. 

De este proceso nace el horror terrible de la muerte, el horror de no ser, captado en la negatividad de la privación. No es la ausencia, sino el vacío, el antro, el abismo infinito. Frente a él non está simplemente lo otro, lo distinto, el ser, sino que parece más bien una nube que todo lo intoxica, una ponzoña que todo lo pudre y lo corroe, haciéndolo todo vano e insignificante (Dicc. Teol. Int., pág. 621). 

Por esto la muerte es el más terrible de los momentos terribles, es la bajada a los infiernos de nosotros mismos (L. Boff). 

3.- EL ROSTRO DE LA MUERTE A LA LUZ DE LA FE

a). La muerte come kenosis radical y cumplimiento

El hombre religioso avista en el apagón total y tremendo de la muerte un vislumbre de luz, destinada a convertirse en aurora de vida nueva bajo la potente acción de Dio, que se baja en e1 pozo de nuestra muerte sacándonos a fuera y lanzándonos en una vida que nos espera “más allá” de los límites del mundo visible. 

En efecto el hombre de todos los tiempos advierte en él la presencia de una “semilla de eternidad”, siente que hay algo en él (su “yo” = su espíritu) que está por encima del tiempo y de la misma muerte y que está invisiblemente unido a la eternidad. 

El “yo” que en la muerte lo pierde todo, hasta su propia conciencia, de planta que era se torna semilla, pero una semilla nueva, conteniendo en si toda su memoria genética (de naturaleza y de gracia fruto de su llamamiento a la existencia y al Bautismo) para convertirse en nueva criatura. 

El “yo” a la luz de la fe es experimentado como una “chispa de vida” que ni siquiera la muerte puede apagar. Una chispa de vida que se queda sepultada bajo la ceniza y el polvo a que la muerte reduce a la persona y que el soplo vivificador del Espíritu de Dios hará revivir, dándole como que nuevo sentido y una nueva manera de relacionarse consigo misma, con los demás y el universo entero: nace el “cuerpo espiritual” que sin perder las características fundamentales del yo humano (conocer-querer-amar), empieza a vivir en una situación nueva, desprendido de la materia y en contacto inmediato con Dios . 

“Después de esta vida, Dios mismo será nuestro lugar”. Lo afirma San Agustín en su comentario al Salmo 30. Al escribir esto, ¿se dio cuenta él que nos regalaba resumido en media línea un tratado de escatología de mil páginas? 

No hay otro lugar en la vida futura sino Dios.

Dios en cuanto llama al hombre a comparecer ante Él, es la muerte; en cuanto juez es el juicio; en cuanto beatificante, es el cielo; en cuanto ausente, es el infierno; en cuanto purificador, es el purgatorio (J. M. Cabodevilla).  

b). Vista en esta perspectiva la muerte es la situación de soledad, de pobreza absoluta en cuanto condición necesaria para la irrupción definitiva de la riqueza divina en nosotros.

“De repente comprendo, Señor, que Tú nos quieres sin nada; sin dinero, sin casa, sin amigos, sin hijos; pobres de verdad, tal vez por primera vez.

Si Tú mismo, Señor, estuviste solo y desnudo ante la muerte, ¿no fue para compartir nuestra pobreza antes que el Padre te colmase con sus riquezas? “(Thierry Maertens, citado en “Celebración cristiana de la muerte”, pág.71). 

c). La muerte es una debilidad incurable que permite a Dios penetrar definitivamente en nosotros. 

“En si la muerte es una debilidad incurable de los seres corporales, complicada en nuestro Mundo por la influencia de un pecado original.

La muerte es el tipo y el resumen de estas disminuciones contra las que nos es preciso luchar sin poder esperar como resultados del combate una victoria personal directa y a la vez inmediata. Pues bien, el gran triunfo del Creador y del Redentor, en nuestras perspectivas cristianas, es haber transformado en factor esencial de vivificación lo que es en sí una fuerza universal de disminución y de separación.

Dios, para penetrar definitivamente en nosotros, debe en cierto modo hondarnos, vaciarnos, hacerse un lugar. Para asimilarnos en él, debe manipularnos, refundirnos, romper las moléculas de nuestro ser.

La Muerte es la encargada de practicar hasta el fondo de nosotros mismos la abertura requerida. 

Nos hará experimentar la disociación esperada. Nos pondrá en el estado orgánico que se requiere para que penetre en nosotros el Fuego di vino. Y así, su poder nefasto de descomponer y de disolver se hallará puesto al servicio de lo más sublime de las operaciones de la vida, lo que era por naturaleza vacío, laguna, retorno a la pluralidad, puede convertirse, para cada existencia humana, en plenitud y en unidad con Dios” (T. de Chardin). 

d). La muerte es el fin del estado de vía, de la prueba: es tiempo de dar cuenta de la vida, de cómo fue vivida, de lo que se ha hecho de ella: la situación del hombre en la eternidad es el resultado de su maduración en la justicia y en la caridad en esta tierra: “Dice el Espíritu, que descansen de sus fatigas, pues sus obras los acompañan” (Ap 14, 13). Tendrá valor todo lo que fue obrado en la justicia y en la caridad. 

4.- DOS MANERAS DE MORIR. 

A partir de esta perspectiva de fe hay dos maneras de morir: la muerte del justo y la muerte del fracasado

a). La muerte del justo. 

En el canto de Simeón (Lc 2,29-32), en el último verso del canto de Zacarías (Lc 1, 79) y en Efesios 5,14 (“Despierta tú que duermes y levántate de entre los muertos y te iluminará Cristo”), vemos que en la muerte hay una visita de la luz y de la paz. Cristo es la luz, el sol que nace en oriente, él es también nuestra paz (Ef 2,14), es decir el don supremo del Padre que satisface todas nuestras aspiraciones de felicidad y bienestar. 

Así, pues, la tiniebla del moribundo cede paso a la claridad del Sol que nace en su horizonte. Y al moribundo se le permite ir hacia la paz, sus pasos son guiados por el camino de la paz. La muerte del justo es la cumbre en la cual alcanza su plena asimilación a Jesucristo y ejerce en sumo grado la vida teologal (fe-esperanza-caridad) que le fue infundida en el Bautismo. 

“… Sabemos que la vida del cristiano es un sacrificio continuo que sólo puede culminar en la muerte. Sabemos que, de igual modo que Jesucristo, al entrar en el mundo, se consideró y ofreció a Dio como holocausto y verdadera víctima… así también, lo que se realizó en Cristo Jesús ha de realizarse en todos sus miembros…”. 

Puesto que Dios ve a los hombres sólo a través de su Mediador Jesucristo, los hombres han de verse a sí mismos y a los demás hombres sólo a través de Jesucristo… 

Consideramos, pues la muerte de Jesucristo y no sin Jesucristo. Sin Él, la muerte es terrible, espantosa, horror de la naturaleza. En Jesucristo viene a ser completamente distinta: amable, santa, alegría del creyente. En Jesucristo todo es dulce, incluso la muerte. 

Para ello sufrió y murió, para santificar a la muerte y a sus dolores. Para eso, Él, como Dios y como hombre, fue todo lo que hay de grande y de abyecto, para santificar en sí todos los casos, excepto el pecado … 

Así son las cosas por lo que se refiere a nuestro Señor. 

Veamos ahora qué es lo que sucede en nosotros. Desde el momento de nuestra entrada en la Iglesia…, quedamos ofrecidos y santificados. Esta ofrenda como sacrificio perdura toda nuestra vida y se consume en la muerte. Entonces el alma se desprende verdaderamente de todos los vicios y de todo amor a lo terreno, cuyo contagio la mancha siempre en esta vida, consumando así su inmolación y siendo acogida en el seno de Dios. 

¡No nos aflijamos, pues, como los paganos que no tienen esperanza! No hemos perdido al padre en el momento de su muerte: lo habíamos perdido ya, por decirlo así, cuando entró en la Iglesia por el Bautismo. Desde entonces pertenecía a Dios; su vida estaba consagrada a Dios; sus acciones pertenecían al mundo sólo en cuanto ordenadas a Dios. En su muerte se desprendió totalmente del pecado… y en ese momento Dios lo acogió y su sacrificio alcanzó culminación y coronamiento…” (Carta de Pascal a su hermana sobre la muerte de su padre, en “Celebración cristiana…”). 

b). La muerte del fracasado

Puede haber otra clase de muerte: en la más absoluta oscuridad, “afligidos como los que no tienen esperanza” (1Tes 4,13). Una vida sin sentido, cerrada obstinadamente a la comunidad, hará que la muerte sea el más tremendo desgarramiento de la presencia de los otros a los que se ha negado. No hay compañía que le sostenga, por no haber habido solidaridad. Nuestra vida que es un tejido de relaciones, ha resultado en ese sujeto de negaciones de los demás. El cristianismo nos dice que “nadie vive para sí, ni muere para sí, en la vida y en la muerte somos del Senos” (Rom 14,7).

Pero podemos pensar en alguien que obstinadamente ha cerrado sus oídos el clamar de los demás, se ha ido haciendo sordo a la petición que son los demás y ha querido vivir para sí. Su muerte, ¿no será también un morir para sí, un morir solitario? La soledad del que muere tras una vida para los demás, es un enfrentar solo, no solitario, el trance supremo; es una soledad que va a ser llenada por la Presencia: todo el pueblo al que se entregó vive solidariamente con él esa muerte suya y ve en ella un sentido, Cristo también lo envuelve con su luminosa presencia y manifiesta que esa muerte es de Él (somos del Señor), coparticipación de su muerte redentora. 

En cambio, la otra muerte es solitaria, el que la enfrenta no vive esa serena soledad que anuncia compañía, sino el aislamiento que aboca al vacío. Por eso decimos que la muerte condensa todos los caminos emprendidos o intentados, haciéndolos convergir o en el camino de la paz o en el camino de la frustración. 

5.- APRENDER A MORIR 

Para que la muerte no nos sorprenda como un ladrón y podamos vivirla como un acto positivo. el más radical, operoso y fecundo de nuestra vida, el primer paso a dar es él de integrarla en nuestra vida como una meta a alcanzar. una meta en la que expresamos lo mejor de nuestra condición de hermanos insertados en el Señor Jesús por el Bautismo. 

Esto implica que yo acepte el hecho que la muerte ha de llegar, y ha de llegar para mí. No sé cuándo, cómo y dónde llegará. Sin embargo, llegará y llegará pronto. En efecto, todo lo que de mi vida ha pasado, ya pertenece a la muerte. Además, moriré una sola vez: e1 acto de mi vida, el último y definitivo, que no puedo repetir. 

El campo de entrenamiento que nos prepara a una norte positiva y fecunda, está constituido por la manera cómo enfrentamos “las pasividades de disminución de la vida “, es decir esas muertes cotidianas que no acompañan desde el nacimiento. 

En efecto, o asumimos -desde la fe y nuestro compromiso cristiano- ese morir como un morir con Cristo que hace con que todos esos males se puedan siempre convertir, de alguna manera, en bienes o vehículos de nuevas superaciones, o lo soportamos amargamente, desde actitudes más o menos doloristas, tanto más lamentables cuanto que generan un dolor solitario, infecundo y sin dignidad y muchas veces agresivo contra los demás. Desde la fe se me ofrece integrar esos males de “muerte” en la Pascua de Jesús, que ha logrado que ningún mal sea en adelante tan mortífero que mate en mí el gusto de vivir. 

Esta experiencia en el morir en Cristo viene a ser, en definitiva, la única garantía para un Proyecto pascual personal de vida coherente y realista: la garantía de poder proyectar siempre un futuro sin miedos ni ensoñaciones, con la serena conciencia de la ambigüedad–limitación de nuestras respuestas, de modo que ninguna “muerte” ni decepción posterior mate el gusto de vivir. 

De este continuo morir en Cristo me doy cuenta de que: 

  • Las cosas terrenas pasan, desaparecen; yo mismo paso y voy desapareciendo con ellas. Entonces mi tarea principal, ayudado por la luz que es Cristo, es encontrar el verdadero y último sentido de las cosas y de mis relaciones con ellas. 
  • Debo comprometerme con las realidades terrestres, con la liberación de mi pueblo y de los pueblos del mundo entero, pero mi acción no puede favorecer la construcción de un mundo cerrado en sí mismo que acaba en el no sentido, sino un mundo destinado a encontrar su plenitud en Cristo. En efecto, soy en el mundo un peregrino caminando lado a lado con otros peregrinos y al mismo tiempo constructor del mundo definitivo en solidaridad con los demás. 

Peregrinando por este mundo siguiendo a Jesucristo seremos constructores de un mundo nuevo, el Cuerpo Místico de Cristo, de aquel mundo del cual Cristo es el principio y el fin, su plenitud. A fuera de Cristo hay sólo muerte. 

P. Carmelo Casile
Perù –Huánuco, 1982-1995